Porque yo soy el otro
Así, la muerte recurrente de Mineirinho no consuela a nadie, porque, parafraseando a Rupi Kaur, los «pequeños de Mineirinho» nacen y renacen cada día, pues son las fracturas expuestas de una nación en agonía. Con Mineirinho muerto, fingimos que todo está bien, pero ni siquiera nos damos cuenta de que estamos parados en charcos de su sangre.
La intensificación de la violencia en el Brasil contemporáneo tiene profundas raíces que se remontan al periodo colonial, pasando por el Brasil Imperial, y que han desembocado en la realidad actual. En otras palabras, se trata de un fenómeno histórico para el cual nunca se ha considerado una solución, más allá de medidas sociales paliativas. Así, la ausencia de políticas públicas serias para combatir la violencia ha contribuido al aumento de la violencia urbana en el país, dada la inmensa desigualdad social que se ha arraigado en la sociedad brasileña con el paso del tiempo. En este sentido, al mostrarse incompetente e indiferente a la hora de proponer políticas públicas inclusivas, el Estado brasileño se ha acostumbrado a normalizar la situación, excluyendo y criminalizando a las personas más pobres, lo que contribuye al aumento de la población carcelaria y a la estigmatización de las personas negras. En este contexto, destaca la violencia policial, que ha sido recurrente, siendo las personas pobres, negras y marginadas las víctimas predilectas.
Atenta a los problemas nacionales y preocupada por el aumento de la violencia urbana, Clarice Lispector escribió en 1962 una crónica titulada «Un gramo de radio: Mineirinho», a petición del consejo editorial de la revista Senhor, para la que colaboraba desde 1958. El relato narra la muerte, en Río de Janeiro, de un peligroso bandido llamado José Miranda Rosa, nacido en Minas Gerais y conocido como Mineirinho. Mineirinho se hizo famoso en aquellos años por sus persistentes y peligrosos crímenes. Se dice que robaba a plena luz del día y que no temía a la policía. Existen registros de que Mineirinho ya se había fugado de prisión varias veces y del manicomio judicial en numerosas ocasiones. Sumando todas sus condenas, se dice que Mineirinho tenía por delante al menos un siglo de cárcel. Sin embargo, la población veía en Mineirinho a un héroe, una especie de Robin Hood, lo que irritaba aún más a los organismos de seguridad pública. Así, con el objetivo de recapturar al fugitivo Mineirinho, la Policía Militar de Río de Janeiro reunió un grupo de más de trescientos hombres. El resultado de la operación fue que, acorralado por la policía, Mineirinho murió abatido por al menos trece disparos.
Al abordar este tema en su columna, Clarice Lispector expresa su indignación ante la trivialización de la violencia policial y la ausencia de justicia en el país. En aquel entonces, a la autora nunca se le ocurrió que una persona, en pleno siglo XXI, pudiera ser asesinada con ochenta, noventa o incluso cien disparos por fuerzas militares pagadas para servir y proteger, sin que nadie rindiera cuentas, y mucho menos fuera condenado por ello. La columna «Un gramo de radio – Mineirinho» se publicaría por primera vez en forma de libro en 1978. Para no esquecer, con el nombre de “Mineirinho”. Respecto a cómo se sentía sobre el asesinato de Mineirinho, la narradora dijo: “Esta es la ley. Pero hay algo que, si bien el primer y el segundo disparo me brindan una sensación de alivio y seguridad, el tercero me pone en alerta, el cuarto me inquieta, el quinto y el sexto me llenan de vergüenza, el séptimo y el octavo los escucho con el corazón palpitando de horror, el noveno y el décimo me hacen temblar la boca, con el undécimo pronuncio el nombre de Dios con asombro, con el duodécimo llamo a mi hermano. El decimotercer disparo me mata, porque soy el otro. Porque quiero ser el otro.”En la inusual entrevista que concedió a TV Cultura en 1977 https://www.youtube.com/watch?v=ohHP1l2EVnUAl hablar del caso Mineirinho, Lispector declaró que, fuera cual fuese el delito, una bala bastaba. El resto, dijo, era un afán de matar. Era arrogancia. Cabe señalar que la autora ya criticaba los excesos de violencia policial en la década de 60, denunciando la modus operandi Al eliminar a quienes considera indeseables para el sistema —generalmente delincuentes pobres—, el Estado ignora las leyes y la justicia, en una flagrante violación del estado de derecho. Cabe señalar que, desde la primera publicación de la crónica mencionada, los casos de violencia policial en Brasil no han hecho más que aumentar, convirtiendo al país en uno de los más letales del mundo en cuanto a la fuerza policial, lo cual ya constituye un problema de salud pública, según la Organización Mundial de la Salud.
Así, la muerte recurrente de Mineirinho no consuela a nadie, porque, parafraseando a Rupi Kaur, los «pequeños de Mineirinho» nacen y renacen cada día, pues son las fracturas expuestas de una nación en agonía. Con Mineirinho muerto, fingimos que todo está bien, pero ni siquiera nos damos cuenta de que estamos parados en charcos de su sangre.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
