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Paulo Moreira Leyte

Columnista y comentarista en TV 247

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La firme postura de Lula contra los golpistas merece aplausos.

La decisión del presidente reafirma su compromiso con la democracia y rompe con la tradición de tolerancia institucional hacia las medidas autoritarias.

Luiz Inácio Lula da Silva (Foto: Marcelo Camargo/Agência Brasil)

En un país conocido por sus atajos y buena voluntad, sobre todo cuando beneficia a los ricos y poderosos, el veto de Lula al proyecto de ley que habría reducido las condenas de los condenados por el intento de golpe de Estado del 8 de enero merece una celebración nacional. «Los enemigos de la democracia intentaron destruir un país justo y menos desigual», explicó Lula. Y con razón.

No hablamos de una legislación igual a las demás. Castigar a los movimientos golpistas es una medida necesaria en un país donde los golpes militares y las tomas de poder son un elemento dañino y permanente del panorama político.

Los golpistas, victoriosos o derrotados, han recibido con frecuencia un trato indulgente -e incluso cómplice- por parte de la Justicia, que les ha garantizado comodidad e impunidad, contribuyendo a hacer de nuestra República una institución debilitada.

Al vetar una iniciativa que era un puro sabotaje al régimen democrático, Lula adoptó una postura indispensable en los tiempos actuales, cuando basta mirar un mapa del mundo para comprender la importancia de cualquier medida capaz de fortalecer una democracia.

¿Alguna duda?

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

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