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Emerson Barros de Aguiar

Escritor, bioeticista y profesor universitario

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Cuando no hay Lula

La ausencia de Lula expone el vacío simbólico de la izquierda, debilita el debate emocional y abre espacio para que el miedo se convierta en la identidad política de Brasil.

Brasilia (DF) - 12/10/2025 - Presidente Luiz Inácio Lula da Silva (Foto: Agência Brasil/EBC)

Hay momentos en la historia política en que las contiendas electorales dejan de ser una simple confrontación entre programas para convertirse en una lucha por el sentido, la pertenencia y el apoyo simbólico. Es en estos momentos que el peso de la ausencia de un líder popular carismático se revela con una claridad casi brutal. «Cuando no hay Lula» no es solo una observación sobre un nombre específico, sino sobre un tipo particular de liderazgo que se echa mucho de menos cuando la sociedad se sumió en un estado de miedo, frustración y desánimo.

Lula no es solo un político experimentado, ni un simple negociador hábil. Encarna una biografía colectiva. Su trayectoria personal funciona como una metáfora viviente de la posible, aunque imperfecta, e interrumpida movilidad social. En sociedades profundamente desiguales, esta identificación no es un detalle: es un eje estructurante de la confianza política. Cuando alguien como él existe en el campo progresista, la política no se limita a promesas futuras; se ancla en memorias concretas, en recuerdos de tiempos en que la vida parecía menos dura para los oprimidos. Cuando no está Lula, este puente entre el pasado vivido y el futuro deseado se rompe.

En estos escenarios, la izquierda suele insistir en la racionalidad de su discurso, en la corrección técnica y en la superioridad moral de sus propuestas. Todo esto es importante, pero insuficiente. La política, especialmente en tiempos de crisis, no se rige principalmente por la razón, sino por el miedo y la esperanza. Cuando la esperanza no tiene rostro, el miedo encuentra terreno fértil. Y el miedo, históricamente, ha sido el combustible más eficiente para los movimientos autoritarios de derecha. Entienden, quizás mejor que sus adversarios, que las personas en dificultades no buscan proyectos sofisticados, sino protección simbólica, por ilusoria que sea.

Cuando no hay Lula, la izquierda habla, pero no se le escucha; argumenta, pero no se moviliza; gobierna, pero no crea vínculos. Carece de alguien capaz de traducir las complejidades a un lenguaje afectivo, de hablar de economía contando historias, de hablar del Estado como se habla de cuidado, dignidad y una mesa abundante. Carece de alguien que no parezca un gerente distante, sino un igual, un igual, alguien que "sabe cómo es". Sin esto, la política progresista empieza a sonar abstracta, incluso cuando es correcta.

La ausencia de un liderazgo carismático también produce otro efecto silencioso y corrosivo: la fragmentación. Sin un polo simbólico fuerte, las fuerzas de izquierda se dividen en disputas internas, guerras de pureza ideológica y competencias por pequeños espacios de poder. Cada grupo se dirige a su propio público, refuerza sus propias certezas y pierde la capacidad de construir una narrativa común. Lula, con todas sus limitaciones y contradicciones, siempre funcionó como este eje unificador, capaz de mantener unidas a diversas corrientes en torno a un mínimo común. Sin Lula, la izquierda tiende a convertirse en un archipiélago de buenas intenciones aisladas.

Al mismo tiempo, la derecha ocupa el espacio emocional que quedó vacante. Se presenta como una voz firme en medio del caos, como una promesa de orden ante la inseguridad, como una respuesta simple a problemas complejos. Importa poco si estas respuestas son viables o justas. Lo que importa es que ofrezcan una sensación de control. Sin una figura popular que dispute este terreno afectivo, la izquierda observa cómo la derecha transforma el resentimiento en identidad política y el miedo en votos.

Es necesario comprender que el carisma de Lula no es simplemente una habilidad personal ni un talento retórico. Es el resultado de una historia social específica, una experiencia concreta de pobreza, exclusión y ascenso social que resuena en millones de personas. Por lo tanto, no se trata de "fabricar" un nuevo Lula como estrategia de marketing. Se trata de reconocer que, sin un liderazgo arraigado en la vida real de la gente, la política progresista corre el riesgo de convertirse en un ejercicio administrativo desalmado, incapaz de inspirar lealtad en tiempos difíciles.

Cuando no hay Lula, la izquierda gobierna a la defensiva permanente. Necesita explicar demasiado, justificar demasiado, conceder demasiado. Y, al explicar, pierde la batalla del sentimiento. La política se convierte en un campo donde la razón habla en voz baja y el miedo grita con fuerza. En estas condiciones, la derrota no es solo electoral; es simbólica. Se pierde la capacidad de hacer creer a la gente que el futuro puede ser mejor que el presente.

Por lo tanto, reflexionar sobre "cuando no hay Lula" es, fundamentalmente, reflexionar sobre la necesidad de reconectar la política con la experiencia concreta de la mayoría. No como un culto a un líder específico, sino como una advertencia histórica. Las sociedades desiguales, marcadas por frustraciones acumuladas, no sobreviven políticamente solo con buenos gestores y discursos correctos. Necesitan líderes que encarnen la posibilidad de la dignidad, que ofrezcan esperanza con rostro humano. Cuando esto falta, el vacío no dura mucho. Se llena. Y casi siempre por quienes saben explotar el miedo mejor que nadie.

Cuando Lula ya no pueda postularse a un cargo en Brasil, la izquierda brasileña entrará en una zona de profundo y real riesgo histórico. No se trata solo de perder una elección presidencial, sino de perder la capacidad de cuestionar el imaginario nacional cuando ya no hay un nombre capaz de ocupar el centro simbólico de la política. Las próximas elecciones, en las que Lula no se presentará, no serán una simple alternancia de candidatos; suelen marcar un cambio de era. Y la izquierda, hoy en día, está acorralada.

El primer riesgo es estructural: la izquierda brasileña se ha acostumbrado, durante décadas, a disputar las elecciones presidenciales con un referente carismático. Incluso cuando Lula no era candidato, su presencia orbitaba el proceso, legitimando nombres, transfiriendo votos y organizando afectos. Cuando esta referencia desaparece, el campo progresista se enfrenta a una dura realidad: no hay una sucesión clara, ni un liderazgo consensuado, ni una figura capaz de unificar. Y la política sin un centro de gravedad se fragmenta rápidamente.

Este vacío se produce precisamente en un contexto desfavorable. El debate público se ha centrado en temas a los que la izquierda llega tarde y a la defensiva, especialmente la seguridad pública, la delincuencia, la sensación de desorden y el miedo cotidiano. Estos temas no son nuevos, pero ahora ocupan el centro emocional del electorado. La derecha habla de seguridad con frases breves, imágenes impactantes y promesas inmediatas. La izquierda responde con datos, diagnósticos estructurales y largas explicaciones. No se equivoca, pero está desconectada del ritmo emocional de la sociedad.

Sin Lula, la izquierda pierde la capacidad de abordar temas difíciles sin parecer distante. Lula podía hablar de policía, delincuencia y orden sin ser confundido con autoritarismo porque existía una confianza afectiva. Sin esta confianza previa, cualquier discurso progresista sobre seguridad suena ingenuo o cómplice. El resultado es una trampa: si se habla de represión, se pierde la base histórica; si se habla de derechos humanos, se pierde al votante promedio atemorizado.

El segundo riesgo es la narrativa. La izquierda brasileña construyó su identidad con la promesa de inclusión social, reducción de la pobreza y ampliación de derechos. Este discurso fue sumamente poderoso y produjo resultados visibles y rápidos. Sin embargo, hoy ya no es suficiente. Las nuevas generaciones no experimentaron el antes y el después. Para ellas, las políticas sociales son un punto de partida, no un logro histórico. Sin un líder que encarne esta memoria, la izquierda pierde su ventaja comparativa y comienza a ser percibida como una fuerza más dentro del sistema.

Mientras tanto, la derecha se reinventa como "antisistema", aun estando profundamente ligada a los intereses tradicionales. Se apropia del lenguaje de la revuelta, la indignación moral, la promesa de orden y la formulación de problemas cotidianos, como la inseguridad. Y lo hace con eficacia porque ofrece algo que la izquierda, por el momento, no ofrece: pertenencia emocional y una identidad clara. En política, cuando alguien dice "nosotros" y el otro responde "depende", gana el "nosotros".

El tercer riesgo es organizativo. Sin un liderazgo presidencial sólido, la izquierda tiende a encerrarse en nichos, movimientos específicos y agendas segmentadas. Esto es importante, pero insuficiente para ganar elecciones mayoritarias. La presidencia se gana con una mayoría emocional, no solo con la razón moral. La izquierda corre el riesgo de volverse correcta, pero minoritaria; coherente, pero aislada; ruidosa en redes sociales, pero débil en las urnas.

Ante esta situación, las soluciones no son sencillas ni rápidas, pero existen.

Lo primero es reconocer el problema sin autoengaño. No habrá un "nuevo Lula" por decreto ni por decisión propia. El carisma que representa no se fabrica. Pero es posible reconstruir una cultura política popular, capaz de formar líderes con verdadero apoyo social, y no solo con un buen desempeño en debates o redes sociales. Esto requiere tiempo, presencia territorial, escucha activa y reconstruir vínculos con la vida cotidiana de las periferias, las ciudades medianas y el Brasil que no hace campaña activamente, sino que vota.

La segunda vía de avance implica afrontar la cuestión de la seguridad pública sin miedo y sin clichés. La izquierda necesita construir su propia narrativa sobre seguridad que integre la protección de la vida, el orden público y la justicia social, con un lenguaje sencillo y directo. La seguridad no puede tratarse simplemente como un efecto secundario de la desigualdad; es una demanda inmediata. Ignorarla es entregar el debate a la derecha en bandeja de plata. Abordarla requiere valentía política y capacidad de sintetizar la información.

La tercera solución es abandonar la excesiva dependencia de las elecciones presidenciales como único eje de supervivencia. La izquierda necesita reconstruir el poder local, formar cuadros, ganar elecciones a la alcaldía, gobernar bien las ciudades y generar ejemplos concretos de gestión que hablen por sí solos. Lula siempre ha sido relevante porque provenía de una base social organizada. Sin esta base renovada, cualquier candidatura presidencial será frágil, incluso si tiene buenas intenciones.

Finalmente, quizá la solución más difícil: la izquierda necesita reaprender a hablar de esperanza sin parecer ingenua, y de orden sin parecer autoritaria. Necesita recuperar la capacidad de evocar emociones sin demagogia, de simplificar sin traicionar principios.

Cuando Lula ya no está, no basta gestionar el legado; es necesario reconstruir el sentido de la política progresista para un país que ha cambiado, envejecido, se ha empobrecido en expectativas y se ha cansado de promesas abstractas y teorías obsoletas.

Si no lo hacemos, el riesgo no es solo perder las próximas elecciones presidenciales. Es perder una generación entera. Y en política, las generaciones perdidas tardan décadas en recuperarse.

Consideremos el ejemplo de Chile.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.