Cuando los oprimidos alaban al opresor: una conversación en Johannesburgo
'Mientras la crítica no sea también cultural, simbólica y educativa, la injusticia seguirá encontrando a quienes la defienden.'
Recorrí Johannesburgo como brasileño blanco, cargando con el peso de una historia que no viví, pero que inevitablemente me atraviesa. En una conversación informal, escuché algo de un sudafricano negro que me desconcertó profundamente. Reconoció sin vacilar la brutal desigualdad educativa impuesta por el apartheid, recordó la discriminación diaria, la violencia del régimen y la exclusión sistemática de la población negra. Sin embargo, concluyó, casi como si afirmara un hecho objetivo: «Cuando los blancos gobernaban, la ciudad estaba mejor cuidada; ellos gobernaban mejor».
La frase no se pronunció con odio ni con aparente sumisión. Se dijo con naturalidad. Y ahí es precisamente donde radica el problema.
Paulo Freire ayuda a ilustrar esta paradoja al hablar de la internalización del opresor. La dominación prolongada no solo afecta a los cuerpos y las oportunidades; moldea la conciencia. Con el tiempo, los oprimidos llegan a interpretar el mundo basándose en los valores de quienes siempre han ostentado el poder. Conceptos como «buena gestión», «orden» y «eficiencia» dejan de percibirse como construcciones históricas y comienzan a parecer atributos casi naturales de ciertos grupos. Elogiar al antiguo dominador, incluso después de la liberación formal, no es una contradicción: es un legado de la opresión.
Frantz Fanon describió este proceso mostrando cómo los colonizados aprenden a verse a través de los ojos del colonizador. Incluso cuando cae el régimen político, el imaginario persiste. La verdadera descolonización, nos recuerda Fanon, no es meramente institucional; también debe ser psicológica y simbólica. Sin esto, la libertad es incompleta.
Antonio Gramsci, a su vez, nos ayuda a comprender por qué estas ideas sobreviven al paso del tiempo. El poder no se sustenta únicamente en la fuerza, sino en la construcción de un sentido común. Durante décadas, a Sudáfrica se le enseñó a asociar el gobierno blanco con el orden y el gobierno negro con el caos. Cuando esta narrativa se cristaliza, comienza a ser reproducida incluso por quienes más la sufrieron, ahora como si fuera una opinión individual y no el resultado de un proceso histórico.
Pierre Bourdieu llamaría a esto violencia simbólica: una dominación tan efectiva que prescinde de la coerción explícita. Los criterios utilizados para juzgar la realidad son los mismos que sustentaron la desigualdad. Ignora el hecho de que los recursos, la infraestructura y las inversiones se destinaron casi exclusivamente a una minoría. Se comparan resultados profundamente desiguales como si hubieran surgido de las mismas condiciones.
Como hombre blanco, escuchar esa frase en Johannesburgo no me dio derecho a estar de acuerdo ni a corregirla con arrogancia. Sin embargo, me dio la responsabilidad de reconocer cómo la dominación opera más allá de las leyes y regímenes formales. El fin del apartheid no destruyó automáticamente los sistemas que generó.
Freire, Fanon, Gramsci y Bourdieu, cada uno a su manera, advierten del mismo riesgo: la mayor victoria de la opresión es cuando llega a ser defendida por los propios oprimidos como si fuera eficacia, mérito o nostalgia de un tiempo “más organizado”.
Nombrar estos mecanismos no se trata de reabrir heridas del pasado. Se trata de evitar que sigan infectando el presente. Porque mientras la crítica no sea también cultural, simbólica y educativa, la injusticia seguirá encontrando a quienes la defienden, incluso entre quienes más la han sufrido.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



