Santa Catarina, laboratorio del bolsonarismo y del asesinato de Orelha.
La advertencia central del análisis es inequívoca: Santa Catarina no es una excepción regional; es un precursor histórico.
Mientras algunos en el debate público insisten en declarar la muerte del bolsonarismo, la realidad brasileña apunta a un escenario más inquietante: la extrema derecha no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. Y ningún estado expresa mejor esta metamorfosis que Santa Catarina, hoy el territorio más pro-Bolsonaro del país.
En el programa "20 Minutos", el analista Breno Altman recibió a la periodista y profesora Amanda Miranda para discutir una cuestión central del momento político actual: ¿el bolsonarismo está colapsando o simplemente recomponiéndose?
Cuando el análisis se centra en Santa Catarina, la respuesta se vuelve inquietante. El estado aparece no solo como un bastión electoral de la extrema derecha, sino como un ecosistema ideológico funcional, donde el bolsonarismo ya no depende exclusivamente de Jair Bolsonaro para existir.
Allí, la extrema derecha no opera únicamente durante los ciclos electorales. Organiza valores, moldea comportamientos y estructura una cosmovisión autoritaria y violenta que se reproduce en la vida cotidiana.
Santa Catarina encarna el bolsonarismo.
Según Amanda Miranda, Santa Catarina representa una etapa avanzada del fenómeno Bolsonaro. El apoyo a la extrema derecha no se limita al voto: se ha convertido en una identidad social, un símbolo de pertenencia y un código cultural.
Bolsonarismo en Santa Catarina:
- Organiza las relaciones profesionales y comunitarias;
- Circula en escuelas, iglesias, asociaciones empresariales y redes sociales;
- y se presenta como "normalidad política".
Esto no es conservadurismo clásico. Es una cultura política autoritaria, sustentada por un sentimiento radical anti-PT, el rechazo al Estado de bienestar y la normalización de la violencia simbólica —y, en algunos casos, física— contra los opositores políticos.
En este contexto, los discursos contra la Corte Suprema, la prensa, las universidades y los movimientos sociales no causan vergüenza. Circulan como sentido común.
Una base social segura y legítima
A diferencia de otros estados donde el bolsonarismo decayó después de 2022, en Santa Catarina se mantiene seguro, organizado y socialmente legítimo. Su base incluye:
- sectores importantes de la clase media urbana;
- propietarios de pequeñas y medianas empresas;
- segmentos industriales;
- grupos que asocian las políticas sociales con “amenazas” económicas o morales.
La retórica del orden, el mérito y la fuerza sustituye al debate democrático. La excepción se convierte en la regla. El autoritarismo deja de ser tabú.
Otros polos del bolsonarismo
Santa Catarina no es un caso aislado. Es el punto más avanzado de un fenómeno que también se manifiesta, con distinta intensidad, en otras regiones.
En el Medio Oeste, el bolsonarismo se basa en la agroindustria y la retórica antiambiental. En el interior de São Paulo, combina el conservadurismo empresarial con un sentimiento anti-PT histórico. En Paraná, especialmente en las zonas urbanas e industriales, reproduce un patrón similar al de Santa Catarina, aunque menos homogéneo.
La diferencia en Santa Catarina está en la densidad cultural: allí, el bolsonarismo no sólo disputa elecciones: moldea valores y comportamientos.
Santa Catarina como precursora de Brasil
La advertencia central del análisis es inequívoca: Santa Catarina no es una excepción regional; es un precursor histórico.
El Estado funciona como un laboratorio donde la extrema derecha:
- Aprenda a sobrevivir sin un líder carismático;
- radicalizar el discurso sin perder apoyo social;
- y pone a prueba los límites de la democracia sin un aislamiento político relevante.
En escenarios de crisis económica, inestabilidad institucional o intensificación de la guerra cultural, este modelo puede extenderse a otras regiones.
2026: Menos Bolsonaro, más bolsonarismo
El principal riesgo para 2026 no es sólo Jair Bolsonaro —actualmente debilitado legalmente mientras cumple una condena de 27 años en la prisión de Papudinha— sino la consolidación de un bolsonarismo post-Bolsonaro: menos personalista, más ideológico y con más raíces sociales.
Este movimiento tiende a:
- ejercer presión constante sobre el gobierno de Lula;
- para presionar al Tribunal Supremo Federal;
- Erosionar la confianza en la prensa y atacar la ciencia;
- y mantener viva la lógica de la deslegitimación electoral.
Cuando la barbarie se convierte en método.
Al comentar, en el Programa 20 Minutos, el asesinato del perro Orelha —un animal anciano y dócil golpeado hasta la muerte por adolescentes en Santa Catarina—, Breno Altman resumió el sentimiento de quienes aún se niegan a normalizar el horror: "Cuanto más aprendo sobre la humanidad, más me gustan los perros"..
No era ironía. Era un diagnóstico.
A continuación, Breno planteó la pregunta que recorre todo este artículo: ¿La tortura y el asesinato brutal de un ser indefenso no forman parte del mismo proceso de brutalización social alimentado por el discurso extremista?
El crimen conmocionó al país y sacó a la gente a las calles. Pero tratarlo como un incidente aislado es negarse a ver la realidad. La violencia extrema no surge de la nada. Se enseña, se legitima y se normaliza.
El bolsonarismo no se limita a atacar las instituciones. Devalúa la vida, transforma la empatía en debilidad y convierte la crueldad en identidad política. Cuando este discurso arraiga, se extiende a la vida cotidiana y disuelve las restricciones morales básicas.
Espejo molesto
La muerte de Orelha expone una frontera rota. Hay entornos donde la barbarie ya no impacta. Donde la violencia circula. Donde golpear a un ser indefenso deja de ser impensable y se convierte en una noticia más.
Santa Catarina reaparece así como un espejo inquietante. No por su esencia regional, sino porque el discurso extremista encontró allí un ambiente permisivo y socialmente legitimado. Matar al perro no es una desviación. Es un síntoma.
El riesgo que el bolsonarismo representa para Brasil no se limita a las elecciones. Es la erosión del tejido moral de la sociedad, la normalización de la brutalidad y la aceptación de la violencia como lenguaje político.
Cuando una sociedad llega a este punto, la democracia ya está en peligro, no sólo por los golpes de Estado, sino porque una parte de la sociedad ha dejado de reconocer límites éticos elementales.
Santa Catarina no es un caso lejano. Es una advertencia. Ignorarlo es aceptar que la barbarie deja de ser un escándalo y se convierte en el método.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.



