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Daniel Aarão Reis

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Federal Fluminense (UFF). Autor, entre otros libros, de La Revolución que Cambió el Mundo: Rusia, 1917 (Companhia das Letras).

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Ante la agresión contra Venezuela

La agresión como método revela la crisis del orden internacional y la fragilidad de las respuestas hacia el sur del continente.

Ante la agresión contra Venezuela (Foto: TeleSur)

1.

Contrariamente a lo que afirman los grandes medios de comunicación, el presidente/dictador de Venezuela no fue capturado, sino secuestrado, en un acto de clara violencia, una agresión contra las normas, tratados e instituciones que rigen la convivencia entre los Estados y las sociedades del mundo, una violación del principio consagrado de la autodeterminación de los pueblos. No es posible normalizar ni minimizar lo sucedido, pero, además de ser denunciado con la vehemencia necesaria, esta brutal acción requiere ser explicada e interpretada.

El hecho de que Venezuela sea una dictadura no justifica en absoluto una agresión externa. Si todos los países que viven bajo dictaduras fueran blanco de agresión, el mundo viviría en una guerra permanente de todos contra todos. Persistir o derrocar la dictadura en Venezuela es una decisión que recae exclusivamente en el pueblo venezolano. Lo mismo puede decirse de Cuba, Nicaragua o cualquier otra dictadura del mundo, como Irán, Arabia Saudita, Egipto, Turquía, Rusia, China y tantas otras (la lista es larga).

Además, en la extensa entrevista concedida por Donald Trump y sus cómplices tras el ataque, no se pronunció ni una sola palabra en defensa de las libertades democráticas ni de la democracia en general. En resumen, los propios agresores no justificaron el ataque en nombre de valores políticos o morales que tuvieran alguna conexión, por remota que fuera, con la democracia.

Justificaron la intervención y expusieron la confiscación, sin pudor ni restricción alguna, como expresión de intereses económicos y geoestratégicos. Se trata de compensar a las empresas estadounidenses por las pérdidas causadas por las políticas nacionalistas de los diversos gobiernos que se sucedieron en Caracas desde la década de 1970 hasta finales del siglo pasado, cuando, poco a poco, las compañías petroleras estadounidenses fueron nacionalizadas.

Además, y más importante aún, para afirmar la voluntad de poder de Estados Unidos en el continente americano, intimidando a los gobiernos al sur del Río Grande y a las potencias rivales: Estados Unidos es Lo que nuestro, de Estados Unidos, una fórmula consagrada en un texto sobre una nueva doctrina de seguridad nacional, publicado a principios de diciembre del año pasado, que describe los grandes rasgos de las ambiciones internacionales del proyecto que eligió a Donald Trump, el MAGA/Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grandeHagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande.

A diferencia de la tradición intervencionista de las grandes potencias, que disfrazaban las intervenciones/agresiones con la apariencia de altos principios y valores reconocidos y compartidos desde la victoria sobre el nazismo, la operación militar especial (término acuñado en la invasión de Ucrania por otra dictadura, la rusa) que secuestró a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, fue explicada a la manera de... gángsteres quienes exhiben sin pudor el derecho a usar la fuerza: lo hago porque puedo, porque tengo la fuerza para hacerlo.

2.

¿Cómo podemos explicar, comprender y combatir este fenómeno?

Comencemos con el contexto global. La agresión contra Venezuela, así como la invasión de Ucrania, la masacre en la Franja de Gaza y otros bombardeos quirúrgicos en diversas partes del mundo, deben entenderse como señales de un cambio de época histórica, como observó Claudio Sergio Ingerflom. en un artículo reciente, publicado en el sitio web la tierra es redonda.

En un contexto de profunda inestabilidad hegemónica, el intento de establecer un “reparto del mundo” se concreta con el llamado Corolario de Trump (Doctrina Donroe), en detrimento de los acuerdos, pactos e instituciones internacionales construidos en la posguerra.

Sin embargo, para que sea eficaz, dependerá de cómo reaccionen las principales potencias nucleares (Rusia, China) y otros actores importantes (algunos nucleares), quienes, hasta ahora, se encuentran sumidos en una profunda crisis de identidad (los principales Estados europeos) o en una posición de participantes marginales, como algunas "potencias regionales" (India, Pakistán, Indonesia, Irán, Israel, Egipto, Sudáfrica, Brasil, entre otros). Cabe destacar que la "fuerza" de las grandes potencias no es invencible y puede verse relativizada por crisis internas de legitimidad, que se exacerban en el contexto de guerras o aventuras militares.

Si esta evaluación es cierta, aún pasará algún tiempo antes de que podamos ver con claridad cómo se configurarán los nuevos patrones dominantes en las relaciones internacionales. En este contexto, la actual inestabilidad hegemónica prevalecerá, dando lugar incontrolablemente a todo tipo de guerras, ataques, agresiones e invasiones por parte de grandes potencias o potencias regionales.

Consideremos ahora el impacto de estas nuevas tendencias en Estados Unidos al sur del Río Grande.

El subcontinente atraviesa un momento difícil. Políticamente fragmentado, con varios estados liderados por líderes de derecha dispuestos a mostrar la más flagrante sumisión al Gran Hermano del Norte. Las estructuras de coordinación internacional creadas en décadas pasadas están desactivadas o inoperantes. Por lo tanto, el escenario no podría ser más desfavorable para la articulación de un frente de estados-nación con una política unificada para defender intereses comunes.

Más aún, incluso dentro de Estados teóricamente gobernados por líderes asertivos y autónomos (como Colombia, Brasil o México), las divisiones políticas internas, alimentadas por la presencia de considerables fuerzas de extrema derecha, obstaculizan la formulación y definición de políticas para defender sus propios intereses.

Es en este contexto que se ha desplegado la política agresiva del actual gobierno estadounidense. La agresión contra Venezuela, la intimidación contra Panamá, las ambiciones dirigidas contra Groenlandia, el cerco y la radicalización del bloqueo contra Cuba, las amenazas a Colombia y México, y los aumentos arancelarios unilaterales perpetrados por el presidente estadounidense, que afectan incluso a Brasil, han impuesto retrocesos inaceptables y actitudes conciliadoras.

3.

No se trata de proponer grandilocuencia ni exigir confrontaciones inviables. Sabemos muy bien que solo en las fábulas infantiles el ratón logra vencer al gato. La negociación es una imposición de circunstancias, lo que no significa servilismo. Es urgente que los gobiernos de las Américas al sur del Río Grande aborden con seriedad y urgencia la necesidad de prepararse para las situaciones de crisis que pueden ocurrir en cualquier momento en el contexto de la "diplomacia coercitiva" adoptada por Estados Unidos.

Es necesario alertar y movilizar a la opinión pública, proponer resoluciones de crítica y protesta en el seno de las instituciones internacionales, movilizar aliados efectivos y potenciales, especialmente en el ámbito de las democracias y, por último, mantener un mínimo de respeto propio y un sentido de dignidad frente a amenazas injustificadas del gobierno estadounidense.

Las conversaciones entre la actual presidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, y sus aliados políticos con Chris Wright, enviado especial del gobierno de Estados Unidos, el pasado 13 de febrero, tras el secuestro de Nicolás Maduro y el bloqueo impuesto a Venezuela por buques de guerra estadounidenses, representan un nivel de bajeza pocas veces visto en los anales internacionales.

Una potencia extranjera (en este caso, EE.UU.) secuestra al presidente del país, toma el control de su economía, sin más argumento que el uso (y abuso) de la fuerza, y, frente a ello, los dirigentes políticos y militares venezolanos se pliegan ante ella. diktat y se permiten saludar, con una sonrisa, a los representantes de la potencia agresora.

De igual manera, el viaje del presidente colombiano a Washington, tras los insultos de Donald Trump, es un acto sorprendente, considerando la historia de orgullo y autonomía del líder colombiano. Incluso los gobiernos de México y Brasil están adoptando una actitud tímida, dando la impresión de que vivimos en un período de normalidad, contribuyendo a la normalización de una agresión que no puede —ni debe— equipararse a los habituales desacuerdos políticos y diplomáticos.

La pasividad de los líderes latinoamericanos y de la izquierda en general ante el asedio que Estados Unidos está llevando a cabo contra Cuba es otra expresión cuestionable de conciliación. Una actitud de avestruz. Una negación sorprendente. ¿Acaso creen que pueden conjurar el peligro con peticiones de clemencia y gestos conciliadores?

Es necesario recuperar las tradiciones históricas de resistencia. En América Latina, la revolución cubana de la década de 1960 enfrentó las amenazas e intervenciones de Estados Unidos con dignidad y valentía. En África, la revolución argelina y la saga de la lucha antirracista de Mandela en Sudáfrica son ejemplos de luchas que parecían desesperadas y que, al final, gracias a la persistencia, triunfaron.

En Asia, la lucha del pueblo vietnamita es otro ejemplo. Actualmente, la resistencia del pueblo ucraniano a la invasión rusa es un magnífico ejemplo. Si bien la situación internacional actual es muy diferente en sus aspectos fundamentales, no deben olvidarse los principios políticos y éticos fundamentales.

Lo que se puede inferir de todos los ejemplos mencionados es que los juegos de poder no siempre se resuelven a favor del más fuerte. Y que las actitudes y políticas de apaciguamiento y conciliación nunca han sido, ni serán, capaces de persuadir a los gobiernos y a las políticas de agresión.

Lo que está en juego, en definitiva, es nada menos que la supervivencia política y la dignidad de los estados y sociedades al sur del Río Grande.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.