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Mauricio de Morais

Diputado de Estado (PT-SP)

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¿Tarcísio tendrá con Sabesp la misma mano firme que Lula tuvo con Enel?

La crisis con Enel no sólo puso de manifiesto la fragilidad del sistema eléctrico.

São Paulo (SP) - 23/07/2024 - Ceremonia de privatización de Sabesp en la Bolsa de Valores de São Paulo (B3) (Foto: Rovena Rosa/Agência Brasil)

A finales de 2025, el gobierno de Lula tomó una decisión firme y necesaria: iniciar el proceso de rescisión del contrato de concesión con Enel. Esta medida se produjo tras otra grave crisis que afectó a la empresa, cuando un fuerte vendaval azotó la ciudad de São Paulo, derribando árboles sobre el tendido eléctrico y dejando a miles de personas sin electricidad durante días. Una vez más, las familias se quedaron a oscuras, con la comida pudriéndose en refrigeradores que no funcionaban. Los negocios se paralizaron y los servicios esenciales se vieron afectados.

La decisión del gobierno federal demostró firmeza y reafirmó un principio básico que ha sido sistemáticamente atacado en Brasil: el interés público debe prevalecer sobre el lucro privado. La rescisión de un contrato de concesión no es un gesto trivial. Es una medida extrema, prevista por ley, adoptada únicamente cuando el concesionario incumple reiteradamente sus obligaciones y demuestra incapacidad para prestar un servicio adecuado a la población.

En el caso de Enel, los hechos hablan por sí solos. Fallas recurrentes, respuestas lentas, falta de inversiones estructurales y una incapacidad crónica para afrontar eventos predecibles, como las fuertes lluvias de verano, conforman una historia difícil de refutar.

Pero la crisis no solo expuso la fragilidad del sistema eléctrico. En la misma semana en que miles de paulistas se quedaron sin electricidad, se multiplicaron los informes de residentes que también se quedaron sin agua. Sabesp, responsable del suministro de agua y saneamiento, también enfrenta graves problemas. La diferencia radica en que, en este caso, la responsabilidad directa recae en el Gobierno del Estado de São Paulo, actualmente presidido por Tarcísio de Freitas.

Desde la privatización de Sabesp por el propio Tarcísio en julio de 2024, los indicios de deterioro del servicio se han ido acumulando a un ritmo acelerado. La lógica del lucro ha comenzado a guiar decisiones que deberían tener como eje central la garantía de un derecho fundamental: el acceso al agua y al saneamiento.

Empleados de carrera, con décadas de experiencia y conocimientos técnicos acumulados durante más de 50 años de servicio, fueron despedidos. En su lugar, proliferaron los contratos subcontratados y temporales, lo que debilitó la estructura técnica de la empresa y comprometió su capacidad de respuesta ante emergencias.

Los efectos de esta política ya son visibles. Se han registrado fugas de aguas residuales sin tratar en diferentes regiones del estado, lo que expone graves deficiencias en el mantenimiento, la supervisión y el control ambiental del sistema. Estos problemas no surgen de la nada: son consecuencia directa de la reducción de personal, el debilitamiento de la ingeniería interna y la priorización de la reducción de costos en detrimento de la calidad del servicio.

Las promesas de saneamiento universal para 2029, repetidas como un mantra por los defensores de la privatización, esconden riesgos evidentes. Cuando la inversión no se amortiza rápidamente, la tendencia es al abandono o a una mala prestación del servicio. Las comunidades periféricas, las zonas rurales y las regiones alejadas de los grandes centros urbanos corren el riesgo de quedar rezagadas. Quienes más necesitan el saneamiento público podrían verse excluidos.

Todo esto agravó el escándalo que supuso el proceso de privatización de Sabesp. El gobierno de Tarcísio cedió el control de la empresa. A partir de ese momento, las decisiones estratégicas comenzaron a ser tomadas por el sector privado: recortes de personal, planes de expansión, fijación de tarifas y prioridades de inversión comenzaron a seguir la lógica del mercado, no las necesidades de la población.

Nos enfrentamos a un riesgo real de crisis hídrica, con los embalses operando a sus niveles más bajos en los últimos 10 años. Sabesp ha gestionado este problema de forma deficiente, imponiendo una reducción diaria de la presión del agua en los hogares. Esta medida no resuelve la crisis y, además, perjudica a la población más vulnerable, que vive en las afueras y las zonas altas de la ciudad, donde el suministro de agua tarda más en normalizarse.

Lo cierto es que Sabesp debe estar preparada para contingencias, como el aumento del consumo provocado por las altas temperaturas o la disminución de las precipitaciones en los embalses. Así como el gobernador Tarcísio exige eficiencia a Enel para afrontar fenómenos extremos, como fuertes vientos y lluvias torrenciales, Sabesp también debe asumir la misma responsabilidad.

Ante este escenario, la pregunta es inevitable: ¿tendrá el gobierno de Tarcísio la misma valentía que demostró el gobierno de Lula en el caso Enel? ¿O seguirá observando desde la distancia la degradación de un servicio esencial, mientras la población paga la factura?

El contraste es evidente. Mientras el gobierno de Tarcísio de Freitas construye un discurso plagado de promesas de eficiencia y modernidad, pero actúa al servicio de los intereses del mercado financiero y de Faria Lima (el distrito financiero de São Paulo), el presidente Lula demuestra, en la práctica, un compromiso con la población.

Ante los repetidos fracasos de Enel, Lula no dudó en confrontar al capital privado e iniciar la rescisión de un contrato que ya no servía al interés público. Mientras tanto, en São Paulo, ante el colapso de Sabesp, Tarcísio prefiere proteger la lógica del lucro y guardar silencio. Uno gobierna para garantizar derechos; el otro, para complacer a los inversores. La historia, una vez más, deja claro de qué lado se ha posicionado cada uno.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

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