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Luis Pellegrini

Luís Pellegrini es periodista y editor de la revista Oásis

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Teherán al borde de una crisis hídrica. Esto expone el fracaso de un modelo.

La crisis en la capital iraní es la confirmación de un desastre anunciado.

Vista de Teherán (Foto: Majid Asgaripour/WANA (Agencia de Noticias de Asia Occidental) vía Reuters)

La capital iraní, Teherán, se encuentra hoy en el centro de una de las advertencias ambientales más graves del siglo XXI: el riesgo real e inminente de un agotamiento total del agua. Esto no es una exageración retórica ni una ficción distópica. Es el resultado de décadas de mala gestión, expansión urbana descontrolada, explotación depredadora de los recursos naturales y un clima en rápida evolución. La ciudad, con casi nueve millones de habitantes, sufre, día tras día, la agonía de los embalses, la escasez de lluvias y una demanda que ya no puede ser cubierta por los sistemas de suministro tradicionales.

Mientras las cifras en los gráficos se desploman y el agua desaparece —los principales embalses que abastecen a Teherán tienen niveles extremadamente bajos, algunos a menos del 8-10% de su capacidad—, se multiplican los informes de cortes, racionamiento severo y presión de agua insuficiente. En barrios enteros, la idea de los "grifos secos" ha dejado de ser una metáfora para convertirse en una posibilidad concreta. Las autoridades admiten, por primera vez, que la capital podría enfrentarse a escenarios de "Día Cero", el momento en que el sistema colapse por completo. Se anuncian medidas de emergencia tarde, cuando la lógica debería haber sido la prevención, no una carrera desesperada.

La imagen que emerge es la de una metrópolis que ha crecido sin respetar sus límites ecológicos. Irán ha invertido fuertemente en agricultura de regadío e infraestructura hidráulica durante décadas, extrayendo mucho más de los acuíferos y ríos de lo que estos pueden ofrecer. Teherán se ha vuelto dependiente de presas vulnerables a los patrones de lluvia, precisamente el elemento más afectado por el calentamiento global. El resultado no sorprende; es simplemente la confirmación de un desastre anunciado.

Pero sería un error considerar a Teherán como una excepción distante o como un problema exclusivamente iraní. La crisis hídrica que la asola lleva las marcas universales de nuestro tiempo: urbanización acelerada, colapso climático, mala gobernanza y consumo insostenible. Ciudades de Oriente Medio, el norte de África, Latinoamérica e incluso la Europa mediterránea ya experimentan fenómenos similares. El caso iraní sirve de espejo y de advertencia. São Paulo, la mayor ciudad del "país del agua", Brasil, ya ha vivido situaciones análogas en varias ocasiones. Ahora mismo, si no llueve pronto y con fuerza, los paulistas tendrán que enfrentarse a un racionamiento severo. Por no mencionar el desagradable sabor turbio que adquiere el agua del grifo en esas épocas.

 

La política, tanto nacional como internacional, debe reconocer que el agua será cada vez más un factor de estabilidad o de agitación. La escasez no solo afecta la salud y la seguridad alimentaria, sino que también erosiona la confianza, multiplica las tensiones sociales y presiona a gobiernos ya de por sí frágiles. Pocos recursos son tan esenciales y tan políticamente explosivos como el agua.

El comentario necesario, por lo tanto, no se limita a Teherán, sino al mundo que seguimos construyendo: un mundo que vive como si sus recursos fueran infinitos, incluso cuando gritan lo contrario. La crisis hídrica iraní, que hoy atormenta a una importante capital, presagia un futuro que muchos países aún insisten en ignorar.

La tragedia de Teherán no puede ni debe normalizarse; es decir, no se debe atribuir la responsabilidad únicamente a factores naturales. Si no sirve como advertencia global, otras metrópolis seguirán el mismo camino, quizás de forma irreversible. El tiempo para evitar el colapso ya no se mide en décadas, sino en años o meses. La pregunta que queda es simple e inquietante: ¿está el mundo dispuesto a escuchar antes de que sus propios recursos también se sequen?

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

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