Trump inaugura una era de incertidumbre
Trump afirma proteger al pueblo, pero sus políticas castigan a los trabajadores y jubilados estadounidenses y debilitan al propio país.
La historia política reciente nos ofrece figuras cuya imprevisibilidad y excesiva vanidad terminan convirtiéndose más en personajes que en estadistas. Donald Trump es, sin duda, una de ellas. Desde su regreso a la presidencia de Estados Unidos en 2025, no hemos presenciado un liderazgo sereno de la mayor economía del mundo, sino una serie de decisiones desastrosas que revelan a un líder atrapado en delirios de grandeza, guiado por impulsos y eslóganes vacíos.
Lo más chocante es que estas decisiones, disfrazadas de patriotismo y proteccionismo, terminan, en la práctica, penalizando a los propios trabajadores y jubilados estadounidenses, erosionando su dignidad con la misma intensidad con la que devalúan la moneda del país y reducen su poder adquisitivo.
Trump, con la pompa de quien se cree dueño de un imperio comercial del siglo XIX, impuso un arancel universal del 10% a todas las importaciones, alcanzando niveles absurdos como el 46% para los productos vietnamitas y más del 30% para los productos chinos. ¿El pretexto? "Defender el empleo estadounidense".
Pero la realidad es más amarga que su retórica. Al gravar los productos esenciales, Trump ha aumentado el costo de vida de la clase media y los más pobres, quienes dependen precisamente de los artículos más baratos, a menudo importados, para vivir con un mínimo de dignidad.
El supermercado se ha vuelto más caro. Celulares, refrigeradores, las zapatillas de tu hijo, los medicamentos de tu madre. El arancel no protege a la gente. Protege el mito, el mito de un Trump industrialista que solo existe en sus delirios de campaña.
Como si los aranceles no fueran suficientes, Trump en un momento dado provocó la devaluación del dólar debido a la incertidumbre, creyendo que eso aumentaría la competitividad de las exportaciones estadounidenses.
Pero la moneda de un país es como un reflejo de la confianza mundial en ella. Al atacar al dólar, Trump siembra incertidumbre en los mercados, ahuyenta a los inversores y convierte a los jubilados en víctimas silenciosas de una inflación persistente.
Los jubilados estadounidenses, que planearon su retiro basándose en un dólar fuerte, ahora se ven obligados a volver a trabajar para pagar la cuenta de la locura de un hombre que juega con el sistema financiero global como si estuviera jugando al Monopoly en el piso de arriba de la Torre Trump.
Trump se presenta como el salvador de la clase trabajadora, pero gobierna como un magnate vengativo. En nombre de una "América Fuerte", socava los cimientos que sustentan al pueblo estadounidense: estabilidad, previsibilidad y bienestar.
Afirma estar luchando contra China, pero con sus aranceles y la devaluación de la moneda debido a la incertidumbre, está empujando a los estadounidenses a una inflación que erosiona los salarios y destruye las pensiones. Promete proteger los empleos, pero sus medidas generan inestabilidad económica, frenan la inversión y aumentan el riesgo de despidos. Se proclama patriota, pero gobierna para su propio ego, no para el bien común.
Cuando el imperio tropieza, otros pueblos se alzan. Sin embargo, los errores económicos de Trump tienen un curioso efecto secundario: abren oportunidades para otras naciones.
Al cerrar puertas, obliga al mundo a abrir ventanas. Los países latinoamericanos, africanos y asiáticos buscan nuevas alianzas comerciales, fortalecen sus monedas locales y construyen relaciones más equilibradas, liberándose de su dependencia histórica del dólar.
La devaluación de la moneda estadounidense debido a la incertidumbre puede parecer una mala noticia para el mundo a primera vista, pero, al analizarla más de cerca, ofrece al Sur Global una oportunidad única para reconstruir su soberanía económica. Lo que Trump hace involuntariamente es permitir que otras naciones ganen terreno mientras Estados Unidos se pierde en su propio laberinto de reveses.
Los brasileños tenemos el deber de aprender de los errores ajenos. La política económica de Trump es una advertencia: el proteccionismo sin estrategia es como una medicina amarga administrada al paciente equivocado: empeora la enfermedad en lugar de curarla.
Aquí en Brasil, debemos buscar la integración internacional con inteligencia, proteger a nuestros trabajadores con políticas públicas duraderas, no con bravuconería, y fortalecer nuestra moneda con responsabilidad fiscal y visión de futuro, no con populismo cambiario.
Necesitamos líderes que piensen en grande sin desestimar a la gente, que digan la verdad sin ocultar los números, que actúen con valentía pero no impulsivamente.
Trump, en su cruzada egocéntrica, no solo perjudica a los estadounidenses. Está socavando la credibilidad de un país que siempre ha sido un símbolo de fortaleza económica, aunque controvertido. Pero quizás, al final, su vanidad sea el impulso que el mundo necesita para dejar de ver a Estados Unidos como el único modelo de progreso.
Que los trabajadores estadounidenses resistan. Que los jubilados sean escuchados. Y que los pueblos del mundo sepan que el autoritarismo económico, disfrazado de patriotismo, es siempre el camino más corto entre las promesas vacías y el desastre anunciado.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.

