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Francisco Calmón

Luchador contra la dictadura desde la adolescencia, preso en las cárceles de la dictadura desde el DOI-CODI hasta el HCE. Abogado, administrador y analista informático. Organizador de RBMVJ y Canal Pororoca. Autor y organizador de varios libros, entre ellos "60 años del golpe: Generaciones en lucha".

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Trump invade Venezuela para robar su petróleo y saquear sus riquezas.

La ofensiva de Estados Unidos expone el fracaso de las instituciones internacionales e impone a América Latina el desafío urgente de reaccionar a la lógica imperial por la fuerza.

Donald Trump - 1/3/2026 (Foto: REUTERS/Jonathan Ernst)

Las instituciones que, en teoría, deberían regular los conflictos, proteger la soberanía y contener la agresión imperialista simplemente no funcionan.

La ONU está políticamente en bancarrota. No hay resolución, mediación ni mecanismo capaz de contener las acciones de una potencia que decide imponer su voluntad por la fuerza. Trump no se detendrá con discursos, notas diplomáticas ni apelaciones morales.

La política internacional ha entrado abiertamente en el terreno del más fuerte. Este fracaso institucional expone la vacuidad de los discursos de los gobiernos latinoamericanos, incluido el brasileño. Las declaraciones de preocupación, el repudio formal o la defensa abstracta de la soberanía no alteran el verdadero equilibrio de poder.

Brasil no puede quedarse confinado en el ámbito de las promesas y declaraciones, como lo han hecho tantos otros gobiernos de la región.

El veto de Brasil al ingreso de Venezuela al BRICS fue una decisión de importancia estratégica, cuyas consecuencias ahora se están haciendo evidentes.

Basta una simple abstracción: si Venezuela se integrara al bloque, con mayor acceso a socios económicos, instrumentos financieros y canales diplomáticos propios, el costo político y material de la agresión estadounidense sería significativamente mayor. El aislamiento facilita las ofensivas imperialistas. Por lo tanto, la solidaridad genuina requiere coordinación económica, apoyo financiero, cooperación estratégica y la voluntad política para enfrentar al imperialismo no solo simbólicamente, sino también en el ámbito concreto de las relaciones internacionales.

La diplomacia, cuando no va acompañada de acciones concretas, se convierte en retórica inofensiva.

El imperialismo opera en el plano material; enfrentarlo sólo en el plano discursivo es aceptar de antemano la derrota.

Es en este punto que Venezuela enfrenta una disyuntiva histórica objetiva: resistir o aceptar como un hecho consumado la administración impuesta por Estados Unidos.

Si la red de resistencia venezolana no ha sido un farol todos estos años, entonces tendrá que expresarse ahora, de manera concreta, organizada y prolongada.

El bluff político consiste en anunciar resistencia sin llevarla a cabo.

Y fanfarronear tiene un alto precio: cuando un gobierno, un líder o una fuerza social afirma que luchará, resistirá y enfrentará al enemigo, pero se repliega ante un conflicto real, pierde legitimidad social, autoridad política y capacidad de movilización. La gente reconoce rápidamente cuando las palabras no se traducen en acciones.

Por tanto, la situación actual en Venezuela no permite ambigüedades.

La resistencia no se construye únicamente a nivel estatal; requiere organización territorial, capacidad de boicot, el aislamiento político de los agentes yanquis y sus secuaces nativos, así como el mantenimiento permanente de la movilización popular.

Si los militares, las milicias y las fuerzas organizadas aceptan la ocupación como normalidad administrativa, lo que se consolidará no es sólo una derrota gubernamental, sino una derrota popular.

La administración que Estados Unidos pretende imponer en Venezuela es, por definición, colonial y colaboracionista. No reconocerla, no normalizarla y no colaborar con ella es una condición política fundamental de cualquier estrategia de resistencia.

La pregunta que surge es sencilla: ¿comenzarán las milicias bolivarianas a sabotear la nueva administración de los colaboradores? Si no hay boicot, sabotaje, desobediencia organizada y no colaboración, perderemos ante la lógica imperialista.

Denunciar la agresión, sin medidas concretas, no altera el curso de los acontecimientos.

También hay una dimensión ética e histórica que no puede relativizarse. Los traidores de Venezuela traicionaron el espíritu de Simón Bolívar. No importa si estaban a favor o en contra de Maduro. Apoyar o aprobar la invasión de un país soberano es pisotear la propia bandera y transformarla en un manto de independencia.

La cuestión central, por lo tanto, no es solo el destino inmediato de Venezuela, sino el precedente que sienta para toda Latinoamérica. Si la agresión se consolida sin una resistencia efectiva, el mensaje que se envía al continente es inequívoco: la soberanía, la autodeterminación y la legalidad internacional no significan nada frente a la fuerza.

Podemos entonces preguntarnos si Brasil está preparado para un posible ataque o intervención de Estados Unidos, incluso en formas menos explícitas que la agresión abierta contra Venezuela. ¿Y qué hará Brasil si Colombia se convierte en el próximo objetivo? Y Cuba, ¿seguirá siendo simplemente asfixiada económicamente o volverá a sufrir ataques directos?

La política de fuerza de Trump no tiene límites, especialmente cuando se enfrenta a países latinoamericanos que mantienen relaciones comerciales, diplomáticas o incluso militares con Rusia y China.

El problema es que, a diferencia de Venezuela, no tenemos milicias populares, comités de base ni estructuras orgánicas de defensa nacional-popular, algo que Brizola imaginó en otro momento histórico con los Grupos de los Once. ¿Por qué no Grupos de los 13?

Esta ausencia revela nuestras debilidades militares y organizativas. Por lo tanto, el discurso y el análisis político no pueden disociarse de las Fuerzas Armadas, ni pueden permitirse aislarlas.

Es necesario fortalecerlas, reestructurarlas y ponerlas al servicio de un proyecto soberano. El debate sobre el armamento estratégico, incluidas las armas nucleares, no puede bloquearse con moralismos abstractos.

Vacilar, en este contexto histórico, es allanar el camino para el control imperial.

Toda nuestra solidaridad con el pueblo venezolano.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.