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Jair de Souza

Economista egresado de la UFRJ, máster en lingüística también de la UFRJ

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¿Está todo bien con los seguidores de Bolsonaro?

Es de suma importancia considerar que el daño más grave fue causado por la orientación clasista con la que el bolsonarismo llevó a cabo su política.

¿Todo bien con el bolsonarismo? (Foto: Agência Brasil/Reproducción)

¿Cómo olvidar que Bolsonaro fue elevado a la presidencia de la nación bajo una intensa campaña mediática que lo presentó como una figura intrépida ajena a la política, imbuida de una férrea determinación para poner fin al horrendo robo de dinero público que había existido en nuestro país hasta entonces? La corrupción, tal como los principales medios de comunicación se habían esmerado en consolidar en la imaginación popular, era casi exclusivamente resultado de las prácticas de los políticos tradicionales, especialmente aquellos vinculados a ideales de izquierda, los llamados "populistas".

Así pues, a pesar de haber pasado más de treinta años actuando como político profesional en los rangos inferiores del parlamento y de haber estado involucrado en los planes más deplorables, Bolsonaro fue reinventado como si fuera la redención moral del pueblo brasileño para contrarrestar el bandolerismo, que estaría simbolizado ante todo por Lula y el PT.

Debemos recordar que, desde el primer día de su gobierno en 2003, se activaron todos los mecanismos de los medios corporativos con el propósito de demonizar la imagen de Lula y transformarlo en el epítome de la corrupción, o, para ser aún más precisos, del ladrón.

La mayor dificultad para lograr este objetivo fue la falta de pruebas que corroboraran lo que la prensa capitalista pretendía consolidar como verdades absolutas. Sin embargo, no faltaron los intentos: se investigó minuciosamente toda la vida personal y financiera de Lula, así como la de su familia, en busca de cualquier rastro que pudiera incriminarlo. Desafortunadamente para quienes iniciaron este proceso, no lograron encontrar ni una sola prueba que demostrara claramente la implicación de Lula, o de su familia, en ningún caso de malversación de fondos.

Ante esta imposibilidad, los dueños de nuestros grandes medios de comunicación corporativos decidieron recurrir a las enseñanzas del principal teórico de la propaganda nazi de Hitler, es decir, optaron por poner en práctica la tesis que afirma: "Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad".

En consecuencia, el nombre de Lula quedó asociado a todos los escándalos de corrupción (reales, imaginarios o inventados) que se denunciaban en el país. Cualquier mención del líder del Partido de los Trabajadores en el noticiero televisivo más visto del país iba inevitablemente acompañada de imágenes de oleoductos que vertían dinero sucio procedente de la corrupción. ¿O estoy exagerando?

Como bien saben los defensores del método de comunicación goebbelsiano, desde el momento en que la conciencia social se ha visto abrumada por la tesis que promueven, cualquier medida adoptada en consonancia con ella tiende a ser aceptada sin mucha resistencia por el público que fue el objetivo —o víctima— de dicha tesis.

Esto fue lo que hizo posible la condena y encarcelamiento de Lula en el caso del triplex de Guarujá. El proceso comenzó cuando la cadena Globo difundió con énfasis una escandalosa historia de corrupción que involucraba a Lula y un apartamento en Guarujá que supuestamente le pertenecía y que había sido remodelado por una gran constructora como pago por facilitar negocios ilícitos relacionados con Petrobras. Por absurda, ridícula y falsa que fuera esta noticia, fue reproducida intensiva y acríticamente por todos los medios de comunicación como si fuera prueba irrefutable del carácter criminal de Lula y su gobierno. Dado que gran parte de la población ya había sido adoctrinada para aceptarla como cierta, no hubo grandes conmociones cuando se produjo la condena y el encarcelamiento de Lula.

Hoy, tras conocerse finalmente la verdad sobre este caso, queda más que demostrado que Lula fue víctima de una de las farsas más indecentes jamás orquestadas por una conspiración mediática, legal y parlamentaria. Sí, ahora está más que claro. Sin embargo, las desgracias sufridas por nuestro pueblo como consecuencia de este crimen perpetrado contra la nación tardarán mucho en sanar. Nuestros medios corporativos, cuando se atreven a hablar sobre este episodio, pretenden desentenderse por completo de lo sucedido.

Por otro lado, existe abundante evidencia documentada que atestigua el inmenso robo perpetrado por aquellos a quienes los grandes medios presentaban como adalides de la lucha contra la corrupción. Los fiscales del caso Lava Jato fueron responsables de desviar miles de millones (repito, miles de millones) de reales de fondos públicos. En cuanto a los líderes del movimiento de Bolsonaro, además de su práctica tradicional de malversación, sus vínculos con grupos paramilitares y su gigantesca e inexplicable acumulación de bienes raíces, su verdadera naturaleza quedó completamente al descubierto con la revelación del flagrante esquema de robo de joyas perpetrado por su patriarca. En este momento, resulta muy difícil encontrar a alguien sinceramente dispuesto a seguir defendiendo la honestidad y la integridad moral del liderazgo de Bolsonaro.

Sin embargo, aprovechando que ya no cabe duda de la deshonestidad que caracteriza a los líderes del movimiento de Bolsonaro, quisiera reflexionar sobre lo siguiente: ¿Cómo evaluaríamos al gobierno de Bolsonaro si no se hubieran producido sus horribles casos de robo y corrupción? En otras palabras, ¿qué pasaría si los partidarios de Bolsonaro fueran honestos?

Por extraño que nos parezca, estos casos de robo y malversación en el gobierno de Bolsonaro...

Estos acontecimientos distan mucho de representar lo peor que sucedió durante ese período. Tanto es así que, incluso si nada de esto hubiera ocurrido, desde el punto de vista de la mayoría popular, seguiríamos enfrentándonos a una de las administraciones gubernamentales más nefastas de toda nuestra historia. La motivación que me lleva a afirmar esto se basa fundamentalmente en la idea de que el rumbo de una sociedad estratificada en clases antagónicas siempre se define por los enfrentamientos propios de la lucha de clases.

Lógicamente, la corrupción en sí misma nunca beneficia a ninguna clase social. Sin embargo, esto no implica que su eliminación mejore necesariamente la situación de todos. El punto más importante a observar respecto a nuestros gobernantes se refiere a los intereses de clase con los que se identifican. El bolsonarismo, por ejemplo, está completamente en sintonía con las aspiraciones de las clases dominantes y siempre ha operado en su nombre. Por lo tanto, suponiendo, hipotéticamente, que los líderes de Bolsonaro fueran personas honestas, debemos evaluar quiénes se habrían beneficiado de las decisiones políticas que tomaron durante su gobierno.

Es imposible ignorar que las medidas económicas implementadas por el gobierno de Bolsonaro fueron perjudiciales para los intereses de la mayoría popular. La autonomía del Banco Central, por ejemplo, significó sustraer uno de los principales instrumentos de la política económica del control de los líderes nacionales electos. En lugar de seguir las directrices de los representantes elegidos por el pueblo, en la práctica, el Banco Central comenzó a servir exclusivamente a los intereses del reducido grupo de multimillonarios que controlan nuestro sistema financiero.

También podemos hablar de las escandalosas privatizaciones de empresas públicas, como Eletrobrás, que transfirieron a manos de grandes capitalistas privados (extranjeros y nacionales) lo que antes pertenecía a todo el pueblo. En este sentido, la venta de importantes refinerías de Petrobrás a precios irrisorios fue otro hito de esta política que siempre buscó favorecer a sectores poderosos de las clases dominantes.

Es evidente que si los líderes de Bolsonaro hubieran actuado únicamente con la intención de beneficiar a los dueños del gran capital, sin exigir nada más allá de lo estipulado por la ley, estos se habrían sentido aún más satisfechos. Sin embargo, para la inmensa mayoría de la población, la diferencia habría sido imperceptible. Las sumas de dinero público que los partidarios de Bolsonaro malversaron para su propio beneficio solo habrían servido para incrementar la porción que se apropiarían los representantes directos del capital, sin generar ningún beneficio para el resto de la nación.

Como consecuencia de todo lo expuesto anteriormente, resulta innegable que la maldad del gobierno de Bolsonaro supera con creces el carácter mafioso de sus exponentes más prominentes. El robo de joyas y la apropiación ilegal de recursos representan, sin duda, una inmoralidad que debía combatirse. Sin embargo, es fundamental considerar que el daño más grave y devastador fue causado por la orientación de clase con la que el bolsonarismo llevó a cabo su política. Las clases dominantes siempre han gozado de privilegios. Por lo tanto, su oposición al bolsonarismo nunca fue efectiva. Para los sectores populares, en cambio, no solo es importante la honestidad personal de un líder, sino también conocer con qué intereses de clase se identifica.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.