Un presidente atrapado entre el mito y la verdad.
El presidente que prometió gobernar con honestidad, transparencia y eficacia, garantizando una mejor calidad de vida para los ciudadanos, fue un mito. Ahora, sus prejuicios, ignorancia, autoritarismo, desprecio por el medio ambiente y los derechos de las personas negras, las mujeres, las personas LGBTQI+, las comunidades indígenas y ribereñas, así como de los trabajadores y los pobres de este país, esa es la verdad.
Pocos días después de su investidura y algo más de dos meses después de su victoria en la segunda vuelta electoral, es posible analizar las diferencias y similitudes entre la actuación de Bolsonaro como candidato y su comportamiento como presidente. Durante la campaña electoral, Bolsonaro logró convencer a la sociedad de que era el mejor candidato para representar los intereses del ciudadano medio, mediante promesas de combatir la corrupción, una política de tolerancia cero en materia de seguridad pública y una mayor eficiencia estatal con una nueva composición ministerial que valoraba exclusivamente al personal técnico.
En nombre de estas promesas, un sector de la sociedad minimizó y subestimó su racismo, sexismo, homofobia y su evidente falta de preparación técnica y política para el cargo, tachándolos de mera estrategia electoral para promocionarse de forma controvertida, o de numerosos malentendidos en los que, reiteradamente y con ingenuidad, no supo expresarse con claridad. En resumen, se creía que todos estos prejuicios eran solo retórica y que, una vez en el poder, podría adoptar un tono conciliador y unificador, como se espera de un jefe de Estado que valora un entorno pluralista y democrático.
Esta apuesta resultó ser un grave error, pues incluso antes de asumir la presidencia, su familia ya estaba involucrada en una trama de corrupción que involucraba millones de dólares, empleados fantasma, un chofer testaferro e incluso actividades financieras sospechosas en la cuenta de la primera dama. Todo esto dentro de la oficina del presidente y de su hijo. Bolsonaro también nombró ministros mediante acuerdos políticos, negociando con bloques parlamentarios, abandonando el perfil técnico anunciado durante la campaña, y designó a nueve ministros que están acusados o bajo investigación por el sistema judicial, contradiciendo así su retórica anticorrupción.
Tras el 1 de enero, quedó claro que Bolsonaro no abandonaría la campaña para convertirse en presidente de Brasil. Su discurso de investidura estuvo plagado de ataques y reafirmaciones de la imposición de la mayoría sobre las minorías. Incluso recurrió a la desinformación, al afirmar que existe un adoctrinamiento cultural marxista en las escuelas del país y que Brasil ha comenzado a liberarse del socialismo. Estas declaraciones, además de ser falsas, son extremadamente peligrosas, ya que implican que quienes no comparten su ideología de extrema derecha ya no tendrán cabida en el país.
Además, el presidente ya ha implementado varias medidas que están causando un rápido retroceso en el país: aprobó la eliminación de la demarcación de tierras indígenas de la FUNAI y la entregó a terratenientes rurales, excluyó a las personas LGBTQI+ de la política de derechos humanos, obstaculizó el trabajo de la prensa aislando a periodistas críticos con su gobierno, nombró ministros que confunden sus posiciones ideológicas y personales con sus deberes gubernamentales, como la ministra Damares, quien organiza explícitamente su administración a través de preceptos religiosos, redujo el valor del salario mínimo y pretende reducir el impuesto sobre la renta para los más ricos mientras aumenta la carga tributaria sobre los más pobres.
En resumen, el presidente que gobernaría con honestidad, transparencia y eficacia, garantizando una mejor calidad de vida para los ciudadanos, era un mito. Ahora, sus prejuicios, ignorancia, autoritarismo, desprecio por el medio ambiente y los derechos de las personas negras, las mujeres, las personas LGBTQI+, las comunidades indígenas y ribereñas, así como de los trabajadores y las personas pobres de este país, son una realidad.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
