Una reflexión autocrítica: una apuesta por el futuro.
Mi compromiso es estar vigilante para no contribuir a situaciones que puedan generar opresión en cualquier eje de dominación, especialmente el heteropatriarcado.
A lo largo de mi vida personal y profesional, además de mi labor como intelectual, profesora y activista, siempre he defendido los derechos humanos, especialmente los derechos de las mujeres, de los pueblos indígenas y de las minorías más desfavorecidas en el contexto social, cultural, económico o de cualquier otro tipo.
El fenómeno del machismo, como problema social e interpersonal con profundas raíces en nuestro espacio cultural, nos afecta a todos en nuestras relaciones humanas, particularmente cuanto más nos alejamos del presente, cuando la conciencia es mayor, aunque todavía insuficiente.
Nací en 1940 y pertenezco a una generación donde los comportamientos inapropiados, incluso abiertamente sexistas, tanto en la interacción social como en el lenguaje, eran aceptados por la sociedad. No siempre es fácil darse cuenta conscientemente de que uno está incurriendo en comportamientos que antes no se consideraban inapropiados. No se trata de justificar comportamientos pasados, sino simplemente de reconocer algo que puede ocurrir y resultar en acciones improductivas. Reconozco que en ciertos momentos pude haber sido el autor de algunos de estos comportamientos. En ese sentido, lamento que algunas personas hayan sufrido o sentido incomodidad, y por ello les debo una disculpa.
Este reconocimiento mío no implica en modo alguno que admita los graves hechos que se me han atribuido, y nunca dejaré de defender la dignidad e integridad que he construido a lo largo de más de 50 años de esfuerzo y dedicación.
En este contexto, no puedo más que seguir dedicando todos mis esfuerzos a profundizar en la promoción de una cultura institucional e interpersonal de prevención, detección, condena y eliminación de las conductas sexistas en sus diversas manifestaciones.
Los intelectuales que, como yo, hemos reconocido desde hace tiempo que una dimensión de la dominación en las sociedades contemporáneas es el heteropatriarcado, tenemos una obligación especial de vigilancia —no sólo epistemológica sino también práctica, emocional e interpersonal— para evitar la contradicción entre lo que defendemos teóricamente y sus acciones concretas en las relaciones interpersonales e institucionales.
Hasta que la cultura feminista no esté plenamente consolidada, hay que tener presente que, en la gran mayoría de los casos, las mujeres no han encontrado instrumentos institucionales y de comunicación adecuados para dar voz a sus reivindicaciones, hacer reconocer su sufrimiento injusto y obtener la reparación que se considera adecuada.
Debemos estar siempre alerta, ya que la violencia contra las mujeres puede manifestarse de múltiples maneras. Por ello, es necesario continuar el estudio a fondo del fenómeno, los factores que lo promueven, sus impactos y las acciones para erradicarlo. Los casos particularmente graves de violencia de género deben ser identificados rigurosamente y sancionados eficazmente por el sistema de justicia penal, con pleno respeto al derecho a la defensa y otros principios de la justicia democrática. Los casos menos graves deben ser tratados según los principios de la justicia restaurativa, que implican el reconocimiento del sufrimiento injusto, iniciativas conjuntas (mediadas o no por terceros) de atención y sanación. Lo importante es que la evaluación y la decisión en todos los casos fortalezcan la cultura feminista, no la debiliten.
Como ocurre con todos los procesos interpersonales, existen complejidades y excepciones; deben evitarse las tácticas de linchamiento y cancelación, garantizando los derechos ampliamente reconocidos de la justicia democrática. Siempre he argumentado que, dado que las principales formas de dominación moderna son, además del heteropatriarcado, el capitalismo y el colonialismo (racialización de cuerpos y culturas o de prácticas que se desvían de la cultura eurocéntrica dominante), debe buscarse una articulación entre la cultura y las luchas feministas, por un lado, y la cultura y las luchas anticapitalistas y anticolonialistas, por otro.
Si en algún momento he dejado de defender y difundir estos principios, o no he hecho todo lo que debía, esa omisión no hace más que reforzar mi compromiso, ahora más que nunca, de promoverlos y defenderlos.
Mi compromiso futuro es estar cada vez más alerta para evitar involucrarme o contribuir, incluso involuntariamente, a situaciones que puedan generar malestar u opresión en cualquier eje de dominación, con especial atención al heteropatriarcado. Este no es un compromiso nuevo, sino su consolidación a través de un proceso de maduración y aprendizaje que enfatiza el deber de ser socióloga de mis propias circunstancias y de leer el mundo a través de las herramientas que tenemos a nuestra disposición en 2023.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
