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Paulo Moreira Leyte

Columnista y comentarista en TV 247

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La vacuna contra la malaria reconoce a los científicos perseguidos por la dictadura.

"El inicio de la vacunación en los países más pobres del mundo utiliza datos producidos por la generación de investigadores obligados a abandonar el país por el régimen de 64", escribe Paulo Moreira Leite, de Periodistas por la Democracia.

La malaria en África (Foto: Karel Prinsloo)

La noticia de que la OMS ha lanzado una campaña de vacunación contra la malaria llama la atención sobre una enfermedad conocida desde la Antigua Roma y que sigue suponiendo un reto para la medicina mundial. 

Presente en 87 países, incluido Brasil, donde hace dos años se registraron 153.000 casos, el 99% en la región amazónica, la geografía de la malaria es una parábola perfecta para describir las relaciones entre los sistemas de salud y el poder económico. 

En 2019, la malaria infectó a 229 millones de personas en todo el mundo y causó 409.000 muertes. Nada menos que el 99% de las víctimas se concentran en las regiones más pobres de África, el principal objetivo de la campaña anunciada por la OMS. 

La decisión de producir la vacuna contra la malaria implica el reconocimiento del trabajo de dos científicos que se vieron obligados a abandonar Brasil debido a la persecución política del régimen militar tras el golpe de Estado de 64. 

Hijos de inmigrantes judíos que se trasladaron a Brasil para escapar del nazismo, Ruth Sontag Nussenzweig (1928-2018) y Arthur Nussenweig se conocieron en la Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo, donde comenzaron una carrera como investigadores, centrándose inicialmente en la enfermedad de Chagas y, más tarde, en la malaria. 

En 1964, bajo la atmósfera de opresión ideológica y persecución política instaurada por el golpe militar, que impulsó la caza de mentes independientes en los círculos académicos, ambos se vieron obligados a abandonar el país. Tarde o temprano, el mismo proceso afectaría a científicos sociales como Florestan Fernandes, economistas como Celso Furtado y pedagogos como Paulo Freire. 

En 1970, después del AI-5 (Acta Institucional No. 5), la dictadura, de un solo golpe, eliminó al 14% de los investigadores de Fiocruz, en un episodio conocido como la "Masacre de Manguinhos", debido al daño que la decisión causó a diversas ramas de la ciencia brasileña.

Obligados por la presión política, miles de profesores se vieron forzados a abandonar el país. Fue en la Universidad de Nueva York donde Ruth Nussenweig realizó los descubrimientos científicos considerados esenciales para la producción de la vacuna contra la malaria que utilizará la OMS, contribuyendo al bienestar de millones de personas. 

Y así termina una historia que nos enseña una lección del siglo XX muy útil para el siglo XXI. 

En octubre de 2021, el país lamentó 600.000 muertes por Covid-19, una tragedia exacerbada por el oscurantismo de Bolsonaro. 

En un Brasil gobernado por un presidente que favorece a los herederos políticos de Adolf Hitler —quien persiguió a los padres de Ruth y Arthur Nussenweig— es fácil evaluar todo lo que el país ha perdido con una historia de violencia, injusticia y brutalidad.   

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*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.