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Fei Fei es la productora y presentadora del programa Climate Watch de CGTN, un podcast centrado en la transición energética y la acción climática, y también escribe el boletín informativo Rivers and Mountains.

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En la COP30, miremos más allá de las cifras: el futuro es la adaptación.

Es hora de que los países del Sur Global se apoyen mutuamente y no se basen en promesas vacías.

El presidente Luiz Inácio Lula da Silva con el viceprimer ministro del Consejo de Estado de China, Ding Xuexiang, durante la recepción oficial de los jefes de delegación de la Cumbre del Clima (COP30), en el Parque da Cidade, en Belém (PA) - 06.11.2025 (Foto: Ricardo Stuckert/PR)

Durante muchos años, los climatólogos y los responsables políticos han centrado casi toda su atención en una sola variable: las emisiones. El seguimiento del carbono es, sin duda, esencial para la gobernanza climática. Con metodologías sofisticadas y modelos avanzados, podemos cuantificar el desempeño de países, sectores e industrias con precisión decimal.

Estas métricas también acaparan titulares en todo el mundo. Las negociaciones climáticas suelen girar en torno a cuánto prometen reducir las emisiones los países, o lo poco que finalmente cumplen. Sin embargo, diez años después del Acuerdo de París, la meticulosa contabilidad de carbono no ha evitado que nos enfrentemos de lleno a la realidad climática: tifones más intensos, sequías más severas, inviernos más crudos y veranos abrasadores ya están transformando —y, en algunos casos, arrasando— vidas enteras.

Es hora de admitirlo: las cifras de emisiones solo cuentan una parte de la historia.

La estrategia de adaptación de China

En la COP30 de Belém, China presentó formalmente su nuevo objetivo nacional de adaptación. Según un análisis del Instituto de Recursos Mundiales, la última Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC, por sus siglas en inglés) china incluye, por primera vez, el compromiso de "construir una sociedad adaptada al clima para 2035". Esto no es mera retórica: el país ya está probando 39 ciudades adaptativas y consolidando un sistema de gobernanza en tres niveles: nacional, provincial y local.

Chongqing es un claro ejemplo. Frecuentemente afectada por olas de calor, sequías, incendios forestales e inundaciones, esta ciudad del suroeste de China está expandiendo rápidamente sus sistemas de monitoreo climático para fortalecer las alertas tempranas ante eventos extremos. También está invirtiendo en la restauración de bosques y humedales; en 2022, su cobertura forestal alcanzó el 55%, casi 10 puntos porcentuales más que en 2015. Se está modernizando la infraestructura hídrica, se multiplican los sistemas de «ciudades esponja» y la adaptación ha comenzado a guiar la planificación urbana, la agricultura, la energía y el transporte.

Otro ejemplo es Jinhua, en la provincia de Zhejiang. Para garantizar un turismo seguro y adaptado a las condiciones climáticas del monte Jinhua, el departamento meteorológico local construyó una densa red de estaciones automáticas capaces de captar las particularidades del microclima. Hoy en día, genera índices específicos sobre las condiciones para acampar, la refrigeración, la nubosidad y el montañismo, lo que demuestra cómo los datos hiperlocales pueden impulsar el turismo, el ocio y la gestión de riesgos.

En el fondo, todo se reduce a la esencia de la adaptación: sistemas locales e inteligentes que protegen vidas y mantienen las economías en funcionamiento.

Cooperación Sur-Sur: El conocimiento chino se extiende más allá de sus fronteras.

En la COP29, China informó haber movilizado 1,77 billones de yuanes (aproximadamente 250 millones de dólares estadounidenses) desde 2016 a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta para financiar esfuerzos de mitigación y adaptación en más de 40 países en desarrollo.

En 2024, amplió este trabajo con la cooperación Sur-Sur centrada en la infraestructura verde, el transporte con bajas emisiones de carbono y la restauración ecológica, combinando financiación pública e inversión privada.

En noviembre, la Universidad Agrícola de Qingdao y el Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias de Uruguay firmaron un memorando de entendimiento para impulsar la investigación sobre sistemas de pastoreo y crear un laboratorio conjunto dedicado al desarrollo de modelos agrícolas bajos en carbono adaptados a los pastizales naturales uruguayos.

A principios de octubre, el vehículo número 14 millones de la nueva energía de BYD salió de la línea de montaje en Camaçari (Bahía), un hito en la industrialización del sector en la región. En marzo, Quito incorporó 60 trolebuses eléctricos Yutong a su flota de transporte público.

Desde 2023, universidades y empresas chinas y brasileñas llevan a cabo el programa de Recuperación de Suelos Degradados y Protección de Bosques Tropicales de la Amazonía. El programa se centra en la restauración de zonas agrícolas degradadas y en el desarrollo de modelos sostenibles para zonas forestales.

China también está avanzando en soluciones de vanguardia. La planta de hidrógeno y amoníaco verde de Envision Energy en Chifeng (Mongolia Interior), con una capacidad de producción de 320 toneladas de amoníaco verde al año, marca la transición del país desde proyectos piloto a un despliegue comercial a gran escala.

En Guangdong, algunos laboratorios experimentan con aerogeneradores flotantes gigantes capaces de resistir —e incluso aprovechar— la fuerza de los tifones. Mientras tanto, en Mongolia Interior, ingenieros prueban cometas generadoras de energía diseñadas para capturar vientos de gran altitud.

¿Por qué priorizar la adaptación?

Estos proyectos reales ofrecen lo que los objetivos de emisiones por sí solos no pueden: resiliencia, seguridad humana y protección inmediata. Los sistemas de alerta temprana, por ejemplo, tal vez no sean llamativos, pero salvan vidas cuando una región sufre lluvias torrenciales. Los sistemas de energía solar con baterías mantienen operativas a las comunidades durante apagones, olas de calor y crisis energéticas.

Mientras tanto, los compromisos de reducción de emisiones suelen fracasar. Los países desarrollados siguen prometiendo financiación climática, pero incumplen o retrasan su entrega de forma habitual. Los cambios en las políticas reducen las ambiciones. Ahora que las principales potencias están incumpliendo sus compromisos climáticos, confiar en promesas futuras resulta cada vez más arriesgado.

La conclusión necesaria: no esperes a los demás.

El Sur Global no puede depender de una financiación incierta ni de la inestabilidad política del Norte Global. En la COP30, las fisuras en el liderazgo climático mundial son más evidentes que nunca.

Es hora de que los países del Sur Global se apoyen mutuamente y no se conformen con promesas vacías. La experiencia china ofrece lecciones importantes: invertir en infraestructura resiliente, compartir tecnologías verdes, fortalecer las capacidades locales y priorizar soluciones prácticas en lugar de objetivos de neutralidad de carbono a largo plazo.

Si la gobernanza climática global sigue priorizando la contabilidad de emisiones sobre la resiliencia, corre el riesgo de abandonar a las poblaciones más expuestas a los impactos climáticos. El planeta no solo necesita menos moléculas de carbono, sino comunidades más fuertes.

En este momento crucial de la COP30, el Sur Global debería inspirarse en el enfoque chino: apostar por la adaptación, potenciar la innovación local e intensificar la cooperación Sur-Sur. Cuando el cambio climático se manifieste, lo que realmente importará no será cuánto CO₂ se haya evitado emitir, sino cuán preparados se estuvieran para sobrevivir.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.