Violaciones de los derechos humanos en la sociedad del espectáculo.
Bajo la creencia de que el país se salvará mediante una cruzada para moralizar las costumbres políticas, las operaciones del grupo de trabajo de Curitiba han ocupado la agenda nacional desde 2014. Movilizan esperanzas y pasiones, acumulan éxitos innegables, pero también errores que amenazan el estado de derecho.
En tiempos de pasiones exaltadas, emociones a flor de piel y convicciones moldeadas por el fenómeno de la posverdad, conviene recordar... Doce hombres y una sentenciaOriginalmente escrita para el teatro y posteriormente adaptada al cine, la historia gira en torno al juicio de un joven acusado de asesinar a su propio padre. De ser declarado culpable, será condenado a muerte.
Doce jurados se reúnen para decidir el destino del joven. Existe una norma que establece que el acusado solo puede ser declarado culpable por unanimidad. Comienza el debate. Cada jurado presenta sus convicciones e interpretaciones de los hechos. Finalmente, once de los jurados emiten un veredicto de culpabilidad.
Un miembro del jurado duda de la culpabilidad del joven e intenta convencer al grupo. El intento de persuadirlo se basa en preguntas sobre detalles relevantes: ¿a qué hora y durante cuánto tiempo pasó un tren por la escena del crimen? ¿Habría sido posible oír con claridad una frase pronunciada entre el ruido del tren en movimiento? ¿Qué modelo de cuchillo se utilizó? ¿En qué tienda se compró el arma?
En el apasionante debate, el intento de revocar el veredicto lo lidera un solo acusado, pero la subjetividad de todos los miembros del jurado queda al descubierto, a veces de forma incisiva, a veces sutil. La obra confronta al espectador con la inmensa responsabilidad y el extremo cuidado que se requieren para condenar a una persona por algo que no hizo, o para absolverla, lo que en este caso penaliza indirectamente a la sociedad.
Sin Spoiler En cuanto al final, la lección que deja es contundente: la justicia y la injusticia se encuentran en una delgada línea. Es necesario extremar la precaución.
En estos tiempos de judicialización generalizada y protagonismo judicial, comienzan a surgir advertencias por parte de entidades representativas de la sociedad respecto a conductas que, además de destruir los derechos individuales, constituyen una falta de respeto hacia un conjunto de leyes diseñadas para proteger actividades profesionales de gran relevancia social.
Bajo la creencia de que el país se salvará mediante una cruzada para moralizar las costumbres políticas, las operaciones del grupo de trabajo de Curitiba han ocupado la agenda nacional desde 2014. Movilizan esperanzas, pasiones, acumulan éxitos innegables, pero también errores que amenazan el estado de derecho.
Recientemente, han salido a la luz vídeos y audios relacionados con la práctica del periodismo y el derecho. Como es sabido, la ética profesional de ambas profesiones se basa en el servicio a la sociedad y la garantía de los derechos individuales y colectivos.
Aunque parezca increíble, incluso un juez del Tribunal Supremo vio sus conversaciones "grabadas" y expuestas sin ninguna razón justificada. Y en la televisión nacional.
En el caso de la prensa, a los periodistas se les garantiza la confidencialidad de sus fuentes como medio para recabar y difundir información de interés público. Los abogados, en cambio, ejercen la abogacía como instrumento y garantía del derecho a una defensa plena, prerrogativa también asegurada por el texto constitucional.
Injustamente atrapados en el torbellino de actos delictivos sin que las autoridades prestaran atención a la violación de sus derechos profesionales, periodistas y abogados quedaron indebidamente expuestos en el espectáculo de las acusaciones.
Los hechos son graves. Existen escuchas telefónicas autorizadas legalmente para vigilar a personas clave en las investigaciones. De hecho, hay diálogos que revelan el funcionamiento interno de un sistema político al borde del colapso, lo cual, cabe destacar, representa un grave peligro para la salud de la democracia.
Pero estos mismos “objetivos” recibieron, como era de esperar, numerosas llamadas telefónicas —de familiares, conocidos, profesionales, etc.— cuyo contenido resulta irrelevante para cualquier investigación. De este modo, tanto periodistas como abogados se ven “abrumados” por la divulgación de conversaciones que, cabe reiterar, no aportan ningún valor a los procedimientos en curso, sino que generan una vergüenza y una exposición innecesarias.
Cabe señalar que el propio Reglamento de Intercepción Telefónica, Ley 9.296 del 24 de julio de 1996, en su artículo 9, establece que las grabaciones que no sean relevantes para la evidencia serán destruidas.
Para comprender las responsabilidades y funciones, el juez tiene la obligación legal de descartar todo aquello que no guarde relación con el objeto de las investigaciones y las indagaciones correspondientes. En momentos como estos, esta obligación cobra aún mayor relevancia e importancia.
Al divulgar escuchas telefónicas que no revelan actos o hechos delictivos, sino conversaciones y diálogos no siempre relacionados con los hechos investigados, las autoridades cometen un error que puede tener implicaciones para la violación de otras garantías y derechos importantes (individuales o colectivos).
En el caso de los periodistas, esto constituye una violación de la confidencialidad de las fuentes, garantizada por el Artículo 5 de la Constitución Federal, que establece: "A toda persona se le garantiza el acceso a la información y se protege la confidencialidad de las fuentes cuando sea necesario para el ejercicio de la profesión".
La propia Federación Nacional de Periodistas (Fenaj) señaló, en nota (24 de mayo de 2017) que “los casos de falta de respeto a la Constitución han aumentado en los últimos años”.
Es innegable que la lucha contra los abusos políticos debe ser ejemplar. Pero, en aras del consenso social en torno a la indispensable moralización de las costumbres políticas, no deben suprimirse derechos tan preciados para la sociedad.
La amenaza a los periodistas tiene consecuencias que trascienden el ámbito laboral de estos profesionales. Se trata de comprender que todos estaremos en riesgo si se desmantelan los principios y prerrogativas consagrados en la joven y ya tan debilitada Constitución Federal; su propósito es proteger a toda la sociedad.
¿Cómo enseña? Doce hombres y una sentenciaHacer justicia es rozar la injusticia. Nunca se puede ser demasiado precavido.
*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.
