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Washington Araújo

Máster en cine, psicoanalista, periodista y conferenciante, es autor de 19 libros publicados en varios países. Profesor de comunicación, sociología, geopolítica y ética, cuenta con más de dos décadas de experiencia en la Secretaría General del Senado Federal. Especialista en inteligencia artificial, redes sociales y cultura global, desarrolla una reflexión crítica sobre políticas públicas y derechos humanos. Produce el podcast 1844 en Spotify y edita el sitio web palavrafilmada.com.

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Vivir es, sobre todo, aprender a decir adiós.

La vida exige muchas despedidas de nuestra parte, pero ninguna tan cruel como presenciar la muerte de aquello que nos hizo completos, mientras aún respiramos.

Playa Tamandaré, en el Área de Protección Ambiental de la Costa de Coral (Foto: Fernando Frazão/Agência Brasil)

La vida, vista con calma, es un calendario lleno de despedidas. Una secuencia de despedidas que se entrelazan como cuentas invisibles, formando la cadena secreta de nuestra existencia. 

Estamos hechos de llegadas y de partidas, pero es en nuestras despedidas donde más nos reconocemos, porque en ellas se revela la fragilidad y la grandeza del ser humano.

El primer adiós nos es impuesto incluso antes de recordarlo. Es la dolorosa ruptura con el vientre materno. Allí, en la oscuridad amniótica, lo teníamos todo: comida, calor, el latido constante de un corazón que nos mecía. Y de repente, somos arrancados de esta perfección y arrojados al resplandor, al frío, a las lágrimas. La primera lección de la vida es decir adiós al lugar más seguro que jamás conoceremos.

Crecemos y aprendemos a sonreír, a jugar, a confiar. Nuestros primeros amigos de la infancia son cómplices de la inocencia: compartimos dulces, canicas y sueños improvisados ​​en las aceras. Pero el tiempo pasa rápido, y basta con un cambio de barrio, ciudad o país para perderlos. Un día nos damos cuenta de que esas risas ya no resuenan en la misma esquina. Esta despedida prematura nos enseña que la amistad, por dulce que sea, no es inmune al destino.

Y entonces llega el amor, en su forma inaugural. El primer amor es una revolución para los sentidos: las mariposas en el estómago, la ilusión de conocer a alguien, el beso que parece abarcar el universo entero. Pero tarde o temprano, la vida nos impone otra despedida: este amor, que creíamos eterno, se desvanece en silencio, dejando solo el recuerdo de cómo fue amar por primera vez. Es una despedida cruel porque no solo termina con una relación, sino con la inocencia misma de creer que el amor bastaba para ser feliz.

Con el tiempo, cruzamos el umbral de la juventud y nos dirigimos a la universidad. Allí, pasamos años sentados entre exámenes, libros y sueños. Ese espacio se convierte en una extensión de nosotros mismos. Pero un día, en la graduación, nos ponemos la toga y el birrete para una despedida definitiva. Es una despedida de la escuela que nos ha acompañado desde la infancia. Cerramos un ciclo de aprendizaje formal, dejando atrás pasillos que ya no nos pertenecen.

Pronto, la vida nos presenta una nueva etapa: elegimos a alguien para compartir nuestro destino. Nos casamos. Formamos una nueva familia. Pero casarse también significa decir adiós: a la soltería, a la libertad individual, al hogar paterno que nos acogió durante tanto tiempo. En ese momento, cruzamos el umbral que separa la juventud de la madurez, llevándonos con nosotros una silenciosa despedida de los muros donde crecimos.

Llegan los hijos, y con ellos otro profundo corte. Ya no nos pertenecemos por completo. Lo que antes eran preocupaciones personales ahora se disuelve en el cuidado constante de este ser frágil que lo exige todo de nosotros. Dormimos poco, pero soñamos mucho. El llanto de cada noche nos recuerda que nos despedimos de una vida dedicada exclusivamente a nosotros mismos, para dar paso al amor más radical que existe: el que nos entrega a otro sin esperar nada a cambio.

Y hay despedidas que duelen sin previo aviso. 

El día que perdemos a nuestro padre es como un inicio de obra. Es como si el pilar que sostenía parte de nuestro mundo se derrumbara. Lo que queda es el silencio de la silla vacía, el consejo que ya no escucharemos, la mano firme que ya no nos guiará. Es una despedida que arranca lo que nos queda de infancia, incluso cuando ya somos adultos.

Más tarde, cuando le toca a nuestra madre, la despedida es aún más dolorosa. Es como si la vida nos hubiera arrebatado nuestro último refugio. Sin su mirada, el mundo parece más frío, más desierto. Es una despedida que duele profundamente porque, al perder a nuestra madre, también perdemos al último testigo de nuestros orígenes. Es la despedida definitiva a nuestro refugio emocional, la más dolorosa de todas hasta que la muerte nos reclama.

El tiempo, con su ritmo implacable, nos obliga a otros sacrificios: nos despedimos de la juventud cuando nuestro cuerpo ya no sigue el ritmo de nuestro espíritu; nos despedimos de la salud cuando nuestras fuerzas flaquean; nos despedimos de los amigos que se van, uno a uno, llevándose consigo fragmentos de nuestra historia. Incluso nos despedimos del espejo cuando nos devuelve un rostro que ya no reconocemos como el nuestro.

Y así continuamos, de despedida en despedida, hasta el momento final: el momento en que cerramos los ojos para siempre. Pero quizá la muerte no sea el final, sino simplemente la metamorfosis final. Quizá sea la mayor de todas las despedidas, la que abre, paradójicamente, a un reencuentro.

Miguel Torga, con la lucidez de quien sabe mirar profundamente, escribió: «Toda vida humana es una despedida breve o prolongada, que comienza al nacer y parece terminar el día de la muerte». Tenía razón. Vivir es soportar pérdidas sucesivas, y es en este movimiento de desapego donde reside nuestra grandeza.

Y lo recuerdo porque, al revisitar la vida y la obra del gran poeta portugués Miguel Torga —ese hombre de raíces y horizontes, que en 1993 recibió el Premio Montaigne y transformó sus propias despedidas en material literario—, comprendí mejor que vivir no es sólo llegar, conquistar y permanecer. 

Vivir es, ante todo, aprender a decir adiós.

*Este es un artículo de opinión, responsabilidad del autor, y no refleja la opinión de Brasil 247.