Bolsonaro y la democracia
Según el politólogo y profesor de la UFMG Carlos Ranulfo Melo, es probable que el candidato presidencial Jair Bolsonaro (PSL) avance a la segunda vuelta y rompa la polarización establecida desde 1994 entre los partidos PT y PSDB. Sin embargo, cree que este movimiento "muestra que nos enfrentamos a algo más profundo que un fenómeno electoral. Estamos presenciando la formación de lo que podría convertirse en la base social de un movimiento —no necesariamente un partido— de ideología autoritaria de derecha en el país".
Por Carlos Ranulfo Melo, en Observatorio Electoral Según las encuestas más recientes, Bolsonaro pasará a la segunda vuelta y logrará romper la polarización establecida desde 1994 entre los partidos PT y PSDB. En intentos anteriores, Ciro Gomes (1998 y 2002) y Marina Silva (2010 y 2014) intentaron hacerlo adoptando dos estrategias distintas.
En el caso de Ciro, el objetivo era desplazar al PT (y a Lula), reemplazándolo como referente de centroizquierda, opuesto al programa de reformas neoliberales implementado por los gobiernos del PSDB. Esta es, por cierto, la misma estrategia adoptada ahora, amenazada por el ascenso de Haddad en las encuestas. Marina, a su vez, intentó cambiar el eje programático en torno al cual se desarrollaba la carrera presidencial. Para ello, se presentó como una alternativa a la "vieja política", materializada, según su discurso, en la disputa entre miembros del PT y del PSDB.
A pesar de las diferencias necesarias, Bolsonaro sigue la estrategia de Marina y ha logrado desviar el foco del debate. Por un lado, retira del centro de atención la discusión sobre la política económica y el papel del Estado en la reducción de las desigualdades que afectan al país. Por otro lado, contrasta el arreglo institucional derivado de la Constitución de 1988 con la necesidad de un gobierno "fuerte", con un perfil marcadamente autoritario y decidido a pisotear cualquier derecho y garantía que se le presente.
En otro contexto, tal intento estaría condenado al fracaso. El discurso burdo del candidato difícilmente prosperaría si no fuera por los excesivos esfuerzos de un sector del poder judicial y de los medios tradicionales por criminalizar la política y echar a la basura todo lo que la democracia brasileña ha acumulado en las últimas décadas. Bolsonaro es uno de los productos deseados por algunos, aunque no todos, que han participado en la iniciativa de "limpiar" la política brasileña.
En cualquier caso, cabe destacar que el desempeño del candidato del PSL en las encuestas demuestra que nos encontramos ante algo más profundo que un fenómeno electoral. Estamos presenciando la conformación de lo que podría convertirse en la base social de un movimiento autoritario de derecha —no necesariamente un partido— en el país. En su versión más extrema, presenciamos algo impensable hace apenas unos años: grupos de ciudadanos que claman abiertamente por el regreso de los militares al poder.
Desde una perspectiva electoral, este proceso se traduce en que Bolsonaro está logrando, de forma aparentemente irreversible, expulsar el sentimiento anti-PT del PSDB y traerlo a su propio bando. En elecciones anteriores, el PSDB mantuvo el sentimiento anti-PT dentro de los límites de una confrontación sistémica, enmarcándolo en un discurso a favor de una agenda de reformas centrada en la reanudación de los estándares ortodoxos de política económica como condición para el crecimiento sostenible. En esta trayectoria, Aécio Neves constituyó una excepción al argumentar, en la campaña de 2014, que el PT era la causa de todos los males de Brasil y, tras el cierre de las urnas, declararse derrotado por "una organización criminal". Bolsonaro lleva a Aécio al extremo al proponer la eliminación de sus adversarios y utilizar el sentimiento anti-PT como arma para atacar la democracia.
Si hay algo indudable, es que Bolsonaro y su compañero de fórmula constituyen una amenaza para la democracia. En un trabajo reciente, Scott Mainwaring y Aníbal Pérez-Liñan (Democracias y Dictaduras en América Latina, publicado por Cambridge University Press) demuestran convincentemente que la variable con mayor impacto en el mantenimiento de las democracias en América Latina es el grado de compromiso normativo con la democracia demostrado por los actores políticos más influyentes. Y en este sentido, el candidato presidencial y su compañero de fórmula ya han demostrado de qué lado están: elogian a los torturadores y ensalzan el legado de la dictadura militar, defienden las normas y procedimientos autoritarios como modelo a seguir, tratan a los opositores como enemigos, desprecian a las minorías e ignoran los derechos humanos.
El problema se agrava cuando sectores del mercado se suben al mismo barco. Confiados en la varita mágica vendida en la gasolinera de Ipiranga, aceptan un autoritarismo explícito a cambio de una solución económica que les conviene. Con ello, demuestran su bajo compromiso con la democracia y su disposición a apoyar otras aventuras como, en palabras del vicepresidente Mourão, un "autogolpe".