Desarme: El títere que ni siquiera Lula pudo lograr que fuera elegido.
Según Lula, el estatuto de desarme no solo buscaba frenar el uso de armas de fuego, sino también interrumpir el suministro de armas a la delincuencia organizada por parte de particulares y desarticular las bandas criminales. Esta justificación resultó infundada.
«Creo que estamos haciendo un regalo a los miles o millones de brasileños y brasileñas que, anónimamente, han luchado y dedicado parte de sus vidas para que veamos disminuir la violencia en nuestro país». Con estas palabras, el entonces presidente Lula sancionó, hace casi diez años, el llamado Estatuto de Desarme. Lula se refería a que la sanción tuvo lugar el 23 de diciembre y vinculó la ley a un regalo de Navidad. Fue, en efecto, un caballo de Troya.
Según el entonces presidente, la ley no solo buscaba limitar el uso de armas de fuego, sino también interrumpir el suministro de armas a la delincuencia organizada por parte de particulares y desarticular a las bandas criminales. Esta justificación resultó infundada, otra farsa de falsas promesas. Los ciudadanos fueron desarmados, pero, como demuestran las estadísticas, el abundante armamento en los arsenales de los delincuentes no se vio afectado. Al contrario, su uso contra ciudadanos indefensos se facilitó enormemente gracias al «regalo» de 2003.
Dos años después de la aprobación de la ley en el Congreso, se celebró el referéndum. Lula y Fernando Henrique Cardoso, del PT y el PSDB, junto con otros partidos, personalidades y medios de comunicación, unieron fuerzas para prohibir la venta legal de armas de fuego en Brasil. En tan solo 20 días de campaña oficial, se derrumbaron más de 10 años de adoctrinamiento a favor del desarme. El títere de Lula era frágil y se rompió. Casi 60 millones de brasileños dijeron un rotundo «no» al desarme. Ni siquiera el entonces presidente había obtenido una votación tan contundente, ni su emblemático «títere», como, según él, está demostrando ser su sucesor.
Aun estando hecha trizas, ampliamente rechazada y demostrada su ineficacia, la ley de desarme fue impulsada por la actual presidenta, especialmente gracias a los esfuerzos obsesivos de su ministro de Justicia, José Eduardo Cardozo. El resultado es el creciente rechazo a la ley vigente, como lo demuestra la encuesta realizada por la Agencia Câmara sobre su derogación, en la que ya se han registrado más de 50 respuestas, de las cuales el 95% se muestra a favor de poner fin a la política nacional de desarme.
Se trata de cifras récord para este tipo de encuesta y se refieren al apoyo masivo al Proyecto de Ley 3722/12, presentado por el diputado federal Rogério Peninha Mendonça (PMDB/SC), que establece un nuevo sistema de control de armas más racional que se alinea con la voluntad popular, devolviendo a los ciudadanos la posibilidad de la autodefensa y recuperando para la seguridad pública el temor, actualmente inexistente, a la reacción de las víctimas por parte de los delincuentes.
Queda por ver si el Gobierno Federal y sus socios en materia de desarme comprenderán las sucesivas y cada vez más contundentes manifestaciones populares sobre el tema, o si seguirán insistiendo en una fórmula obstinada para el fracaso, como quien ve la repetición de un partido de fútbol esperando un resultado diferente.
Pero una cosa ya es segura: en lo que respecta a la población, el desarme seguirá siendo el obstáculo que se interpone en la garganta de todos aquellos con tendencias autoritarias que insisten en crear un Estado que ostente el monopolio de la fuerza, favoreciendo únicamente a quienes, contraviniendo cualquier ley, atacan a los ciudadanos que deberían ser el objetivo de la protección del Estado.
