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Entre los más violentos del mundo

Se ha argumentado que cuanto más estrictas sean las prohibiciones sobre la posesión y porte de armas de fuego por parte de los ciudadanos, menor será la violencia. Sin embargo, un estudio publicado recientemente demuestra que este argumento no se ajusta a la realidad.

Algunos parlamentarios, ONG y otros líderes de opinión han utilizado datos sobre el aumento de la violencia, especialmente en América Latina, para justificar la importancia de las políticas de desarme. Según ellos, cuanto mayores sean las restricciones a la posesión y porte de armas de fuego, menor será la violencia. Sin embargo, otro estudio reciente demuestra que este discurso no se ajusta a la realidad.

Un estudio realizado por la ONG mexicana Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, que identificó las 50 ciudades más violentas del mundo, concluyó que los países con políticas restrictivas de armas de fuego presentan mayores índices de violencia que otros. Un duro golpe para quienes llevan años afirmando que el desarme es el camino hacia una sociedad pacífica.

Un ejemplo de cómo el discurso del desarme se aleja de la realidad se observa en México. El país prohíbe portar armas y mantiene normas estrictas sobre su posesión; sin embargo, nueve de sus ciudades figuran entre las más violentas y ocupa el segundo lugar en el ranking junto con Acapulco, que registra 142,88 muertes por cada 100.000 habitantes.

Las principales causas de violencia señaladas por la ONG mexicana no son nuevas: drogas, pandillas e impunidad. El estudio también destaca que las armas legales «forman parte del derecho fundamental de toda persona a la legítima defensa (en momentos y lugares donde la policía no está presente para protegerla)».

De los 34 países incluidos en el estudio, Brasil ocupa el puesto 13 con una tasa de 29,68 homicidios por cada 100.000 habitantes. En el ranking de las 50 ciudades más violentas del mundo, 15 se encuentran en Brasil. Maceió encabeza la lista en sexto lugar, con casi 86 homicidios por cada 100.000 habitantes, seguida de João Pessoa (10º), Manaus (11º), Fortaleza (13º), Salvador (14º), Vitória (16º), São Luís (23º), Belém (26º), Cuiabá (28º), Recife (30º), Goiânia (34º), Curitiba (42º), Macapá (45º), Belo Horizonte (48º) y Brasilia (49º), que se incorporó a la lista en 2012.

La supuesta trivialización de la compraventa de armas en Estados Unidos es una de las respuestas más frecuentes a las masacres ocurridas en los últimos años; sin embargo, contrariamente a lo que se cree sobre el desarme, el país no figura entre los peores. Por el contrario, es Latinoamérica la que acapara la mayor atención, con 41 de los 50 países peor clasificados.

El ranking lo encabeza San Pedro Sula, Honduras, con 169 homicidios por cada 100 habitantes. Le siguen Acapulco, México (143 por cada 100) y Caracas (118). Estados Unidos está representado en la lista por seis ciudades: Nueva Orleans (17.º), Detroit (21.º), San Juan (33.º), San Luis (40.º), Baltimore (41.º) y Oakland (43.º).

El estudio saca a la luz una verdad, hasta ahora conocida solo por quienes se oponen a mayores controles sobre el comercio y la posesión de armas: «El desarme no disuade a los delincuentes violentos, que siempre encuentran la manera de obtener armas. Las prohibiciones solo desarman a personas inocentes y las dejan más vulnerables a los delincuentes».

La solución a la violencia se compone de dos tipos principales de acción: la lucha sistemática y creciente contra la impunidad y la actuación policial para prevenir delitos y castigar a los delincuentes, con el debido respeto a los derechos fundamentales de las personas. Esto se demuestra con una amplia experiencia internacional y ha resultado eficaz en ciudades como Ciudad Juárez, México, que durante tres años consecutivos (2008, 2009 y 2010) ocupó el primer lugar entre las ciudades más violentas y actualmente se encuentra en el puesto 19.

Según el estudio, en los últimos 14 meses, Juárez ha experimentado un descenso real en la tasa de homicidios, de 229 por cada 100 habitantes en 2010 a 56 en 2012: una disminución de casi el 76%.

Es evidente que Brasil persiste en su empeño por seguir el camino equivocado en la lucha contra la violencia, atacando las causas equivocadas, promoviendo medidas casi siempre inútiles y buscando alcanzar fines que, por consiguiente, se vuelven inalcanzables. Es necesario replantearse la situación y cambiar cuanto antes.