Jesse: Lava Jato no creó ningún mecanismo eficaz para combatir la corrupción.
La Operación Lava Jato cumplirá cinco años de actividad a finales de 2018; llega al final de este lustro con la incorporación de su figura principal, Sérgio Moro, al gabinete del próximo gobierno brasileño; uno de los puntos que suscita debates –y críticas– es la opinión de que la operación trató de forma desigual los presuntos casos de corrupción en los ámbitos público y privado.
Rafael Tatemoto (Brasil de Fato) - La Operación Lava Jato cumplirá cinco años de actividad a finales de 2018. Concluye este lustro con la incorporación de su figura principal, Sérgio Moro, al gabinete del próximo gobierno brasileño. Uno de los puntos que suscita debates —y críticas— es la percepción de que la operación trató de forma desigual los presuntos casos de corrupción en los ámbitos público y privado.
Francisco Fonseca, profesor de Ciencias Políticas en la Pontificia Universidad Católica (PUC) y la Fundación Getúlio Vargas (FGV) de São Paulo, considera que Lava Jato es la culminación de una larga tradición en la política brasileña: el uso de la retórica anticorrupción para debilitar a los opositores políticos. Para él, la operación funciona como una cortina de humo.
“Podemos hacer un recorrido por la historia, pensar por ejemplo en lo que fue el lacerdismo en la UDN. El lacerdismo se hizo conocido por hacer acusaciones de corrupción, que, dicho sea de paso, ellos mismos practicaban. Es un discurso eminentemente instrumental”, afirma.
Carlos Lacerda, líder de la Unión Democrática Nacional (UDN), utilizó la corrupción como parte de su oposición contra tres presidentes: Getúlio Vargas, Juscelino Kubitschek y João Goulart. Por otro lado, dos presidentes hasta 2018 fueron elegidos con base en el mismo discurso de depuración: Jânio Quadros, el «candidato escoba», y Fernando Collor, el «cazador de maharajás».
Según el sociólogo Jessé Souza, Lava Jato operó desde sus inicios bajo la premisa (errónea, según él) de que el Estado es la principal fuente de corrupción en el país.
"La Operación Lava Jato parte de la idea de que el problema de Brasil es la corrupción política. El discurso era que cambiaría Brasil y limpiaría el país eliminando la corrupción política. Lo que yo digo es que la corrupción política es un chivo expiatorio para captar la atención de la gente, mientras que la élite terrateniente es la que realmente roba en el mercado", afirma.
Según él, una clara indicación de que Lava Jato se centra en castigar a los funcionarios públicos y no a los empresarios es el hecho mismo de que la mayoría de los acuerdos de culpabilidad son realizados por agentes privados contra los políticos, y no al revés.
Sérgio Moro, por ejemplo, llegó incluso a decidir que los organismos públicos que exigían reembolsos a las empresas —investigadas en Lava Jato— debido a contratos irregulares, debían detener las acciones de cobro, ya que esto perjudicaría los acuerdos extrajudiciales que constituían la base de la operación.
El autor también cita como ejemplos de «robo» los altos tipos de interés que ciertos sectores imponen al Estado brasileño, transformando la deuda pública —«un fraude», en su opinión— en una fuente permanente de ingresos para los especuladores financieros. Souza, evidentemente, utiliza la idea de corrupción en un sentido no estrictamente legal, relacionado con el hecho de que los bienes públicos se apropian, de alguna manera, mediante la búsqueda de rentas, como en el ejemplo dado. Por otro lado, su postura contrasta con lo que él entiende como la visión «sociológica» de los investigadores de Lava Jato: la del patrimonialismo.
Tal como lo presenta Raymundo Faoro en "Os Donos do Poder" (Los dueños del poder), la hipótesis del Estado patrimonialista propone, en términos generales, que Brasil heredó de las sociedades ibéricas un Estado premoderno y atrasado dominado por una élite política corrupta, que impidió el pleno desarrollo de la sociedad capitalista.
Souza señala que, si bien la corrupción existe en la política, no se puede afirmar que esté subordinada a la corrupción empresarial. En su opinión, es necesario destacar que, como mínimo, una depende de la otra y, más profundamente, lo que ocurre en realidad es la imposición del poder económico sobre el poder político.
Para él, la idea de que la corrupción se concentra en el Estado es, fundamentalmente, antidemocrática y elitista, ya que considera al sistema político, elegido por voto popular, como el gran obstáculo para el libre mercado que conduciría al desarrollo. Por lo tanto, sería necesario que las fallas derivadas del ejercicio de la soberanía popular fueran corregidas por la burocracia judicial: «Lava Jato es la nueva máscara de este viejo engaño. El objetivo es criminalizar la política. El patrimonialismo es una tontería, no existe».
En este sentido, Fonseca argumenta que partes del sistema judicial han funcionado como instrumentos para los intereses de las élites económicas y políticas tradicionales, beneficiándose él mismo de cierta difuminación de las líneas entre lo público y lo privado a través de privilegios como el subsidio de vivienda recientemente revocado, tras un aumento del 16% para los magistrados del Tribunal Supremo y, por lo tanto, superando el límite salarial constitucional.
"Este es el pago que hacen las élites al otorgar una serie de privilegios al Poder Judicial. En este sentido menos riguroso, significa una forma de corrupción", afirma.
Leyes
Flávio Marques Prol, doctor en Derecho por la USP e investigador del Centro Brasileño de Análisis y Planificación (Cebrap), señala la dificultad de categorizar las formas de corrupción existentes en el país, precisamente porque no suelen hacerse públicas. Estima, en cambio, que la fórmula tradicional de políticos desviando fondos públicos probablemente ha disminuido, gracias a la existencia misma de controles externos e internos de la administración pública.
Así pues, según él, las lagunas legales más utilizadas para la corrupción son las licitaciones y los contratos públicos.
Las empresas pueden fijar precios de antemano para inflar el monto que paga el Estado en cada contrato, alternándose las ofertas ganadoras. De esta manera, obtendrían un mayor margen de beneficio manipulando el proceso de licitación. Los políticos pueden participar o no en este esquema. La formación de un cártel no siempre es necesaria: la administración pública puede favorecer a uno de los competidores, lo que garantiza a los políticos una recompensa en forma del tristemente célebre «fondo electoral discrecional».
El experto legal señala que, si bien existen cada vez más indicios de que Lava Jato actuó con motivaciones políticas, es necesario comprender mejor sus métodos en relación con las empresas y el Estado. Según él, la operación, tal como se desarrolló, se vio favorecida por la legislación vigente, la cual se reforzó a partir de 2011.
"Todavía vamos a descubrir mucho sobre Lava Jato y sus extrañas relaciones con la política. La forma en que diseñamos las instituciones que permiten que Lava Jato funcione —la negociación de penas, los acuerdos de clemencia— son instrumentos que benefician a las empresas a expensas de los partidos políticos", afirma.
El ejemplo más claro, recuerda, es el segundo formato: el acuerdo de clemencia. Este mecanismo es una especie de negociación que no se da en el ámbito penal —donde se procesa y condena a prisión a personas físicas— sino en el administrativo —donde se pueden sancionar a personas jurídicas— reduciendo, por ejemplo, las multas.
Prol sugiere que si existiera un mecanismo similar para los partidos políticos, quizás el proceso de investigación y la narrativa que lo rodea serían diferentes o incluso lo opuesto a lo que son ahora.
“Para salvarse económica y financieramente, las empresas comenzaron a señalar supuestos acuerdos de los que formaban parte, y empezaron a denunciar a otras empresas y políticos. Las demás empresas comenzaron a confesar. Todas las empresas confesaron sus delitos”, explica.
Dentro de esta dinámica, ya en 2016, Lava Jato había reducido condenas en 326 años mediante acuerdos de culpabilidad, en su mayoría relacionados con empresarios y ejecutivos.