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Albañil: La agresividad de los candidatos refleja los malos resultados en las encuestas

"Geraldo Alckmin, Marina Silva y Ciro Gomes están demostrando, a través de los ataques que han comenzado a difundir y los blancos de sus críticas, lo conmocionados que están por la creciente entrada de Fernando Haddad en la carrera", afirma el periodista Fernando Brito de Tijolaço.

Albañil: La agresividad de los candidatos refleja su baja posición en las encuestas (Foto: Izquierda: Paulo Whitaker - Reuters / Centro: Adriano Machado - Reuters / Derecha: Sul 21)

Por Fernando Brito, de ladrillo La información –mucho más detallada que la que se hace pública– sobre cada candidatura presidencial no puede enunciarse explícitamente, sino que termina entendiéndose a través de las reacciones verbales de los candidatos.

Cuanto más agresivos son, peores son los escenarios que se desarrollan ante sus ojos.

Geraldo Alckmin, Marina Silva y Ciro Gomes están demostrando, a través de los ataques que han comenzado a lanzar y de los blancos de sus críticas, lo conmocionados que están por la creciente y seria entrada de Fernando Haddad en la carrera.

El primero apeló directamente a los votantes de Jair Bolsonaro, afirmando que él es el "pasaporte para el regreso del PT", con la esperanza de que esto atraiga a la derecha. Basta con leer las noticias para ver que ocurre lo contrario: son los aliados "leales" del centro quienes, tras "lularizar" en el noreste, están "jugando como leyendas" en el sur.

La situación de Marina Silva es peor porque ni siquiera cuenta con un partido político ni tiempo en televisión. Cualquier camino en estas elecciones le resultaría extremadamente difícil, incluso presentándose como "la buena partidaria de Lula" y apoyándose en sus orígenes de clase trabajadora. Sin embargo, nada puede ser más fuerte que su resentimiento, su mal carácter, el rencor que emana de sus declaraciones, antes contra Dilma Rousseff, pero ahora contra el propio Lula, a quien llama "corrupto".

Ciro es el caso más complejo. Existe, de hecho, un núcleo de simpatía por sus posturas nacionalistas y la trayectoria que ha seguido desde que dejó el PSDB a mediados de los noventa. Pero también ha sido experto en autodestruir su percepción de alguien con la prudencia que se requiere de un líder. Ayer, al llamar a Hamilton Mourão, el general del excapitán Bolsonaro, una "bestia de carga" y decir que "metería al comandante del Ejército en la cárcel", se mostró como un hombre bravucón, por no decir irresponsable ante las enormes amenazas que sufrimos, lo cual es obvio.

Dos candidatos quedan fuera de este acalorado intercambio: Jair Bolsonaro y Fernando Haddad.

El excapitán, de la forma más inimaginable y trágica, corre un grave riesgo médico, pero goza de perfecta salud electoral. El brutal ataque con cuchillo de la semana pasada reafirmó aún más sus intenciones de voto y dificultó que sus oponentes lo atacaran en una cama de hospital. Su ausencia en televisión se ve claramente compensada por su sobreexposición mediática, que, además, disimula cada vez menos su adhesión a la postura derechista de "esto es lo que tenemos".

Salvo los errores —y no faltan entre su círculo político no cualificado—, su séquito no añade ni un gramo a la enorme resistencia que ya ha suscitado. Lo cual, en su caso, es casi un milagro.

En cuanto a Haddad, las críticas que enfrenta son precisamente los méritos que le permiten llegar a la segunda vuelta: ser el representante de Lula en las urnas. No se ha dejado llevar por la vanidad, haciendo declaraciones de independencia que solo servirían para crear intriga, una maleza que prospera en la política y siembra la duda entre los votantes.

Los medios de comunicación se están volviendo locos tratando de provocarlo, como lo hizo Miriam Leitão, quien, en un momento grotesco, días después de repetir lo que le dictaban por el auricular, pasó a criticar a Haddad por ser la voz de Lula.

Poco se le puede exigir en términos de programa o de pruebas de que las propuestas que presenta son factibles: lo son y lo han sido durante los gobiernos de Lula.