Todas las vidas de Bahía
No es el amor al cine lo que llena las salas de cine de todo el estado, sino la pasión por una entidad mítica llamada Esporte Clube Bahia.
Que tire la primera piedra quien nunca, al menos una vez, se haya confundido al referirse a la película "Bahía, Minha Vida" como "el partido". Ha sido así todo el tiempo. Incluso los amigos con los que quedé para ir al cine a ver la obra de Marcio Cavalcante se equivocaban, de vez en cuando, con este lapsus freudiano. Era un ciclo interminable de "¿A qué hora es el partido?" y "¿Dónde vamos a ver el partido?". En el centro comercial donde fuimos a ver la... ¡ups!, la película, terminé descubriendo la razón de este error más que perdonable: no es el gusto por el séptimo arte ni la curiosidad de los cinéfilos comunes lo que llena las salas de cine de todo el estado, sino la pasión (¿devoción?) por una entidad mítica llamada Esporte Clube Bahia.
Echen un vistazo a los centros comerciales donde se proyecta el documental. Y no nos referimos a las salas de proyección ni a las colas en el vestíbulo. Observen los pasillos, las zonas de restauración, los pasillos comerciales... En serio: ¿acaso no parece el entorno de un estadio en un día de partido crucial? Personas mayores y con movilidad reducida, personas que no habían ido al cine en décadas, se han esforzado al máximo por ver jugar al Bahia. ¿He dicho jugar?... Exactamente. Por extraño que parezca, lo que los hinchas del Bahia han estado buscando allí, en la oscuridad del cine, es revivir los grandes momentos del Bahia en el campo a lo largo de sus más de cincuenta años de existencia. Revivir las emociones de partidos memorables, presenciar la actuación de ídolos eternos como Marito, Baiaco, Beijoca, Bobô... Y olvidémonos del mito de que "Bahía, mi vida" es una obra dedicada a los aficionados al fútbol. Es imposible ocultar que, en realidad, se trata de una declaración de amor (¿pasión?) por la Tricolor de Aço (apodo de Bahía), una verdadera oda a los amores posibles e imposibles que solo un corazón azul-rojo-blanco es capaz de producir.
Me encariñé con Bahía casi por ósmosis. Mi hijo menor nació hincha de Bahía (mi hija mayor descubrió sus raíces bahianas en la adolescencia, influenciada por su primer novio), y fue a través de sus alegrías y tristezas que me di cuenta: además del rojo, el azul y el blanco también son los colores que corren por mis venas. Por eso, entre un torrente de emociones, vi cómo se desarrollaban en la pantalla momentos memorables de mi vida como madre de un hincha de Bahía. La primera camiseta, el primer uniforme completo, la camiseta retro de su adolescencia que se convirtió en su segunda piel, el primer partido de fútbol al que fue con su padre, la histórica final del 7 de agosto de 1994, cuando lo acompañó su hermana, recién convertida al equipo. Mientras las escenas se reproducían en la pantalla, los recuerdos inundaban mi mente. Una película dentro de una película...
Vi a muchos hombres adultos llorando, con lágrimas que les corrían sin pudor por las mejillas. Vi a otros intentando disimular su emoción, recurriendo a las bromas. Oí aplausos, suspiros, cánticos, repetidas declaraciones de amor, estribillos familiares. Al final de la película, el público se marchó como si abandonara las gradas del mítico estadio Fonte Nova (o el santuario de Pituaçu). No eran, como quedó claro desde el principio, espectadores saliendo de una sala de proyección, sino hinchas apasionados y extasiados, muchos de ellos envueltos en la bandera del club, casi todos vestidos con los colores del equipo.
No voy a hablar de la película. Primero, porque ya se ha dicho mucho sobre el excelente trabajo de Marcio Cavalcante y su equipo. Segundo, porque quizás quieras verla tú mismo y no quiero arruinarte la sorpresa. Un consejo: si no te gusta Bahía, espera al lanzamiento del DVD. Es cierto que perderse la película es imperdonable, pero ¿estás dispuesto a pasar 100 minutos (un partido entero más diez minutos de prórroga) en la sección de hinchas de Bahía?...
