Síntoma de madurez
Renunciar a algo imposible para perseguir algo posible requiere mucha madurez, porque lo imposible suele ser más atractivo. Véase Piovani.
«Un hombre maduro es aquel que renuncia a la virtud imposible para no perder la posible». Si prestas un mínimo de atención, habrás notado las comillas al principio del texto, lo que significa que la frase no es mía. La frase es de Luis Fernando Verissimo, quien, además de ser el mejor columnista del país, es el único autor de la palabra «proparoxítona» sin acento en portugués. Pero esta frase es verdaderamente emblemática porque nos muestra exactamente dónde empieza la verdadera madurez de un hombre. O de una mujer. O de un fan de Restart. En fin. Esta frase debería ser recitada por los niños judíos en su Bar Mitzvá, y entonces, sí, se convertirían en hombres de verdad.
Cambiar los videojuegos de aventuras por los de terror o dejar de usar anillo no son señales de madurez comparadas con la gran verdad expresada por el Maestro Verissimo. Renunciar a algo inalcanzable en pos de una meta más, digamos, tangible, es LA gran señal de madurez de un hombre. Precisamente porque no era tangible (al menos para mí) dejé de intentar salir con Piovanni. Abandoné una prometedora carrera futbolística, por ejemplo, debido a una cirugía de menisco. El hecho de que no tenga ninguna habilidad, que ni siquiera pueda hacer dos toques de balón y que siempre sea el último al que eligen en los partidos informales no tiene nada que ver con eso.
Renunciar a algo imposible para perseguir algo posible requiere mucha madurez, porque lo imposible suele ser más atractivo. Basta con ver el caso de Piovani. Es muy difícil renunciar a una meta que probablemente se ha cultivado y soñado durante mucho tiempo, en aras de algo más real y alcanzable. No es fácil para una generación de niños que soñaban con ser astronautas, pilotos de combate, vaqueros y paracaidistas tener que conformarse con ser abogados, ingenieros o periodistas. Es una decisión difícil de tomar, y aún más difícil de llevar a cabo con seriedad.
Pero es sin duda en este momento cuando nos convertimos en adultos. Cuando dejamos de ser futbolistas para estudiar derecho. Cuando dejamos de comprar una Harley Davidson para comprar un coche para la familia. O —¡Dios mío!— cuando dejamos de lado nuestra colección de revistas para adultos para empezar a suscribirnos a revistas de actualidad. Así es la vida adulta. Pero dichosos aquellos que logran, más adelante, retomar los sueños que abandonaron. Eso sí que es éxito. Yo, por ejemplo, lo estoy logrando. Ya soy escritor —un sueño de la infancia que dejé de lado para convertirme en ejecutivo de publicidad— y he retomado mi romance con Piovanni. Ella aún no lo sabe, pero no nos detengamos en los detalles.
