Ahora te toca a ti, Zuckerberg.
El dueño de Facebook publicó en los medios su objetivo para 2011: comer solo lo que te mata.
«No hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti». Esta afirmación es un principio ético y metafísico presente en una serie de creencias que se extienden desde el mundo cada vez más globalizado hasta los rincones más recónditos (¿o quizás olvidados?) de la Tierra, y entre las personas que viven al margen de la sociedad. Sería una digresión pseudocientífica afirmar que se trata de una característica elemental de las sociedades, derivada de un mecanismo neurofisiológico, etc., pues no cuento con bibliografía ni laboratorio que lo confirmen. Sin embargo, lo cierto es que este fenómeno regulador trasciende contextos históricos y locales, encontrándose en los Diez Mandamientos bíblicos, en el concepto hindú de karma, en la teoría de la evolución espiritual de Kardec, e incluso en las divagaciones posmodernas que proclaman vagamente la existencia de una fuerza universal denominada «Ley de la Atracción». En resumen, estas creencias convergen en la idea de que toda acción tiene una reacción proporcional.
De una forma que al principio resulta confusa, tres anécdotas que aparecieron en mi muro de Facebook el pasado mes de mayo están relacionadas con esto. Cada una con su propio alcance, pero todas inmersas en el mismo tema, a veces explícito, a veces velado: la búsqueda de la reciprocidad. Las relataré en orden cronológico; en realidad, lo confieso, opté por enumerarlas según el criterio de conveniencia argumentativa... de eso viven quienes se dedican a las palabras, pero hagan como si no hubieran leído el guion.
En el primer caso, bajo una descripción muy objetiva y supuestamente imparcial, el video muestra a una cabra con una máscara (de Scream o una calavera) en la cabeza. Cuando la pobre se acerca a sus queridos amigos, colegas, familiares y conocidos, provoca desesperación en todos ellos (¿cómo se llama al grupo de cabras, por cierto?), quienes, en reacción automática, huyen despavoridos. La gente común, supuestamente sensible, diría que el animal sufrirá represalias de los demás animales o incluso que es humillante para la cabra. Seamos honestos, ¿el sufrimiento de la cabra se debe a la vergüenza, a la dificultad de demandar por sus derechos de imagen o a que fue víctima de acoso? Señores, no caigamos en este puritanismo políticamente correcto con algo que ni siquiera es político. ¡Caramba, el video es divertidísimo, punto! La cabra apenas entendió lo que pasó.
Otro incidente, de mayor impacto, fue la circulación de una foto donde se veía a unos hombres sonriendo junto a un gato muerto, despellejado. En todos los comentarios, las palabras «asco», «repugnancia» y «repulsión» evocaban un himno de solidaridad animal, al ponerse en el lugar del felino. Sin duda, lo veo como una actitud cruel, quizá resultado de una sociabilidad violenta, que posiblemente derive en una psicopatología, pero solo pienso así debido a las nociones culturales que he interiorizado. Ahora bien... pongámoslo en perspectiva: ¿qué impacto tendría para una persona de origen indio llegar a una fiesta brasileña y encontrarse con una barbacoa al estilo gaucho, donde el buey (en su velorio) se exhibe atado a una lanza —un pincho para nosotros, pero esta analogía requiere cierto dramatismo— casi ahogándose en su propia sangre? La respuesta, aunque los occidentales nos mostremos reacios a aceptarla, plantea lo obvio: la extrañeza de la actitud del otro, junto con la legitimación de la nuestra, se debe a su inserción en ciertos paradigmas y no a argumentos basados en hechos objetivos.
La situación que ocupó las páginas de inicio de diversos sitios web y portadas de periódicos, y que constituye el núcleo de esta crónica, me recuerda una anécdota que debo presentar a modo de prólogo. En cierta ocasión, mientras trabajaba en un museo, conversaba con el señor Samuel, un narrador prosaico (que contaba las mismas historias de siempre, por supuesto), con una actitud a la vez antropológica y paciente, me esforzaba por comprenderlo sin imponer mi propia perspectiva. Entonces surgió el debate sobre el aborto. En medio de mi torpe (aunque confusa) presentación conceptual frente a las posturas tradicionales del caballero, apareció un expositor —uno de esos que, por ser artista, cree que su percepción de la realidad roza la sensibilidad— con una idea crucial: su oposición al aborto se basaba en la búsqueda de la reciprocidad. En sus propias palabras: «Si el feto no puede matarme, yo no puedo matarlo».
Durante largos segundos, me sentí el mayor hijo de puta de todos, ya que me considero alguien con sentido de la justicia y que intenta ser coherente en sus acciones, incluso al defender el aborto. Fue cuando el tipo ya bajaba las escaleras y se dirigía a las camelias del jardín que le grité: "¿Qué comiste hoy?". Él, con su tono indiferente congelado por la sorpresa, respondió como un pretencioso burgués, algo afeminado y con aspecto de ternera. Sonreí con ironía y repliqué: "¿Y luchaste a muerte con ese toro, ganaste, y por eso te lo comiste?". Irritado por ser contradicho entre sus pares, que olían a bourbon, y quedar en evidencia, intentó humillarme de alguna manera, y, debido a la extrema necesidad de ese trabajo, tuve que ceder.
Pero pasemos al tercer punto, antes de que se pierdan en el texto. Esta semana, el propio dueño y creador de Facebook publicó en los medios su peculiar objetivo para 2011, tal como yo le preguntaba al artista visual en el museo: Zuckerberg quiere comer solo animales que mueren. Si bien su dieta se ha vuelto vegetariana, ya que no es precisamente un cazador, ya ha comenzado su andadura enfrentándose a algunos animales. Y lo comparto con ustedes: me gustó.
No fue ninguna sorpresa que surgieran quejas. Lo que este tipo propone son relaciones —al menos en este aspecto— basadas en el principio de reciprocidad e incluso en el valor de los alimentos. Al fin y al cabo, es imposible, filosóficamente hablando, estar a favor de comer carne y en contra de matar a un animal, y más aún: estar a favor del aborto y ser vegetariano; ignorar esto contradice su vana filosofía. Pero, por desgracia, lo que sí abunda son individuos encerrados en una burbuja al estilo Manoel Carlos, al son de la bossa nova en una acera de Leblon, defendiendo la salvación de los animales (porque es culto y moderno), mientras se oponen a los derechos humanos y, cuando no están coreando consignas a favor de la pena de muerte, aceptan pasivamente la coerción violenta en las favelas.
Es evidente que en las historias anteriores existe una preocupación genuina tanto por la cabra como por el gato, lo que revela una hermosa identificación con los animales —un acto completamente válido y plausible— que podría derivar en veganismo y prácticas similares. Pero afrontemos la cruda realidad: si los seres son diferentes, es imposible lograr la reciprocidad, porque no hay forma de medir la proporcionalidad cuando se trata de términos cualitativos; al fin y al cabo, ¿cuántas caricias equivalen a un beso? Consideremos lo absurdo que sería no comer la carne de un animal porque él no come la nuestra y, siguiendo esta premisa, intentar corresponder a la fotosíntesis de los árboles.
Lo mejor que se puede lograr en cualquier relación es la búsqueda de la reciprocidad. Siempre un dar y recibir, no una relación unilateral. En otras palabras, un intercambio simbiótico con todo aquello con lo que nos relacionamos, donde cada uno aporta lo que puede aprovechar y ofrecer al otro, según su posición en el mundo, que define quiénes son.
A quienes todavía esperan reciprocidad y se autodenominan defensores de los derechos de los animales (como si no explotaran otras cosas), les reproduzco textualmente la respuesta no precisamente agradecida de la cabra: - ¡Beeeeee!
