Verdades sobre la mentira
Debo confesar: no soy de mentir. Mi problema, que es estético, se remonta al principio: mentir es feo.
«Mentir es feo». Esta frase ha estado presente en los altibajos de mi vida, en diferentes etapas y lugares. Desde la infancia, con la alegoría de Pinocho, hasta mis años universitarios, con reflexiones sobre los medios y los fines. Todos mentimos, ya sea de forma descarada o sutil, en público o en privado. ¡Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra!
Resulta que ya no acepto que los conceptos tengan significados esenciales. Al fin y al cabo, las cosas no son lo que son, sino porque fueron construidas. Mi punto de inflexión fue una pregunta tan obvia como esencial para un buen pensador: ¿por qué no debería mentir? Francamente, señores, vi cómo casi todos los argumentos se desmoronaban ante mi desesperación consciente.
Todo aquello que prohíbe mentir lo hace únicamente para que las acciones sean predecibles y, por lo tanto, controlables. La verdad es una práctica de subordinación al orden. Esto se evidencia, por ejemplo, en la religión. Quien cree en Dios o en cualquier forma de fuerza metafísica evita mentir —porque eso implica hacer algo que no está permitido según sus propios preceptos— o se autoflagela mentalmente por temor al juicio divino.
De hecho, no hace falta ser tan hobbesianos. Las mentiras tienen un origen; no son meras ilusiones. Más allá del daño que pueden causar en el futuro, debo recalcar la perspectiva que prioriza el significado de la acción. En muchos casos, no mentimos porque estamos tan profundamente arraigados a lo que sustenta la verdad que, sin presión alguna, nos sentimos obligados a asumir todas las consecuencias que esta pueda acarrear.
Siempre he percibido un orden armonioso en la verdad. Reflexionemos: si, independientemente de los deseos, las acciones convergen, se fomenta la cohesión. Y las mentiras sirven, en primera instancia, a este propósito: no someterse por completo a nada, ni siquiera a lo colectivo.
Antes de sacar conclusiones precipitadas, quiero dejar algo claro: no estoy escribiendo una oda a la mentira, sino reflexionando sobre su naturaleza y sus posibles implicaciones. Yo miento. Ante todo, quiero distinguir entre los distintos tipos de mentiras.
En primer lugar, es erróneo separar categóricamente la mentira de la omisión. Porque el principio fundamental de la omisión es querer eludir la norma, ya sea institucional o incluso en una microrelación. Omitir es, ¿qué sino una forma velada de autoengañarse para creer que no se está ocultando la verdad?
El problema fundamental de mentir es el mismo que el de decir la verdad. Cuando las incorporamos sin cuestionarlas, normalizamos nuestro comportamiento. Y ahí radica un peligro devastador: empezar a creer nuestra propia mentira. Algunos detalles insignificantes no tienen mucha importancia en la vida diaria, como engañarnos a nosotros mismos sobre haber perdido unos kilos para sentirnos mejor con nosotros mismos. El problema surge cuando quedamos atrapados en una burbuja de ilusiones hasta el punto de alienarnos de la realidad, perder la capacidad de cambiarla y, peor aún, sufrir cuando estos mundos chocan.
Como hilo conductor de esta narrativa, planteo la pregunta: ¿puede la mentira ser un moderador? Creo que es algo cotidiano para cualquiera darse cuenta de que la vida estaría plagada de conflictos si nadie mintiera. Pero mi argumento no se basa en la utilidad, sino en la legitimidad. Cuando la verdad causa más sufrimiento que una mentira, para alguien que no tiene a dónde recurrir, su búsqueda se vuelve más imperativa que cualquier otra cosa. O, en otra circunstancia, ¿cómo se puede aceptar una verdad injusta, porque satisface una sumisión que el sujeto mismo no aprueba? Es decir, la famosa e indeseable situación de "tener que dar explicaciones". ¿Qué es más valioso: el significado de la mentira o sus causas y efectos?
No todas las mentiras son egoístas. A menudo, ocultar un detalle —por cualquier medio— puede evitar fricciones innecesarias e incluso demostrar solidaridad o afecto. Si soñaste con alguien o notaste una mirada maliciosa en el trabajo, quizá sea más prudente no contárselo a tu pareja, ya que esto no rompe ningún acuerdo tácito en vuestra relación.
Creo que la verdad debe ser un medio, no un fin. Es decir, en lugar de una búsqueda ininterrumpida e independiente, debe ser el pilar de la relación, no una mentira. En lo que a mí respecta, a pesar de todo este razonamiento, debo confesar: no soy de mentir, no porque sea esclavo de ninguna vigilancia religiosa, familiar o gubernamental. Mi obstáculo, por estético que sea, se remonta al principio: mentir es feo.
Marcel Albuquerque es columnista.
