Una inflación descontrolada significa una economía sin dirección.
La familia es la primera en pagar el precio de esta política irresponsable y electoralista, porque no hay impuesto más perverso que la inflación.
El aumento de precios en mercados, ferias y farmacias de todo el país ya es alarmante, y la inflación ha vuelto a los titulares. Salvador tiene la canasta básica de alimentos más cara entre las 18 capitales del país, según Dieese. Entre abril del año pasado y marzo de este año, los productos alimenticios básicos aumentaron un 32,63 % en la capital. Nuestras personas más pobres ya están privando de lo esencial, y la mesa familiar se está empobreciendo cada vez más.
El "dragón" ha vuelto, hambriento y desafiante. A veces, impulsado por una política gubernamental dudosa e ineficaz que fomenta el consumismo mientras mantiene una de las tasas de interés más altas del planeta; a veces, apaciguado por declaraciones desafortunadas como la reciente de la presidenta Dilma en Sudáfrica: "No estoy de acuerdo con las políticas para combatir la inflación que abordan el problema de la reducción del crecimiento económico", textualmente.
Ya posicionada en la plataforma de campaña de 2014, orquestada por su mentor, el expresidente Lula, y basándose en los índices de popularidad que indicaban las encuestas, la presidenta pronunció un discurso anticuado y desconectado de la realidad. Tenemos una inflación que ya supera el 6,5%, mientras que nuestro crecimiento corresponde a un exiguo crecimiento del PIB, inferior al 1%. El discurso de Dilma refleja antiguas y conocidas posturas del PT (Partido de los Trabajadores), opuestas al Plan Real y a la Ley de Responsabilidad Fiscal, pilares de la estabilidad económica del país desde el gobierno de FHC (Fernando Henrique Cardoso).
El aumento de los precios de los alimentos básicos, que en algunos artículos ya supera el 34%, se debe más bien a la falta de control, la ausencia de una política agrícola relevante, la paralización o ralentización de las inversiones en infraestructuras —transporte, almacenamiento, puertos, ferrocarriles...—, un Estado gigantesco y endeudado con sus absurdos 39 ministerios inmanejables, y una política de gasto público con fines puramente electorales. Por ello, tenemos un crédito decreciente, inversores nacionales e internacionales demasiado cautelosos, una balanza comercial en contracción, un crecimiento magro y una alta inflación.
Preocupados únicamente por la reelección de Dilma, quienes deberían centrarse en la gestión del país y el futuro de la nación se centran en el futuro inmediato. Hablan de crecimiento como consecuencia del aumento del gasto, pero no ven, o no quieren ver, el evidente endeudamiento de la población. La tasa de morosidad aumentó un 15% en 2012 y sigue creciendo. La alta inflación afecta directa y gravemente a las familias de bajos ingresos, cuyo poder adquisitivo se está viendo erosionado.
Quienes pagan el precio de esta política irresponsable y electoralista son, en primer lugar, las familias, porque no hay impuesto más perverso que la inflación. Además, también están comprometiendo el futuro del país. El tren de la historia nos está dejando atrás. Con una alta inflación y un magro crecimiento del PIB, nos quedamos estancados en el camino.
