Los derrames de petróleo alertan a Brasil sobre las reservas de petróleo presalino.
En menos de tres meses, el país ha sido escenario de dos derrames de petróleo en su costa: uno de Chevron en noviembre y otro de Petrobras este martes; estos accidentes vuelven a suscitar interrogantes sobre los riesgos de la extracción del combustible, que requiere miles de millones de dólares y exige una intensa preparación por parte del sector.
247 En menos de tres meses, Brasil ha sido escenario de dos derrames de petróleo que generan gran preocupación en el sector petrolero nacional. El primero, ocurrido el 7 de noviembre y protagonizado por la multinacional estadounidense Chevron, provocó el derrame de 2.400 barriles de petróleo en la Cuenca de Campos, en Río de Janeiro, y puso de manifiesto el grado de negligencia al que puede llegar una empresa, sobre todo si las leyes locales no son lo suficientemente indulgentes como para castigar a los responsables.
El martes, Petrobras anunció otra fuga, mucho menor, que provocó el derrame de 160 barriles tras la ruptura de una sección de la columna de producción de la FPSO Dynamic Producer, a unos 300 kilómetros de São Paulo, en la capa presalina, a una profundidad de 2.140 metros. La plataforma flotante de producción, almacenamiento y descarga (FPSO) está realizando la prueba de larga duración Carioca Nordeste en la Cuenca de Santos, según un comunicado de la empresa estatal. Tras la ruptura, Petrobras anunció que el sistema de seguridad cerró automáticamente el pozo. Las causas del accidente aún se encuentran bajo investigación.
En el contexto de la exploración presalina de Brasil, los accidentes de Chevron y Petrobras, ocurridos en un lapso tan breve, resultan aún más preocupantes. Ya se ha cuestionado ampliamente la capacidad del país para extraer petróleo a profundidades de entre 4 y 7 kilómetros bajo la superficie del agua. La cantidad de tecnología de punta necesaria para este proceso es considerable y, según pruebas realizadas por la propia Petrobras, aún no se ha demostrado que Brasil haya superado este desafío.
Otro problema, que ya se había planteado incluso antes de los dos últimos derrames de petróleo en la costa brasileña, concierne a la conveniencia de invertir miles de millones —la cantidad exacta aún se desconoce, ya que los yacimientos no se comprenden del todo— en la extracción de un combustible finito y contaminante. Los incidentes recientes demuestran que Brasil tiene mucho margen de mejora, desde la legislación, que debe sancionar la posible irresponsabilidad, como en el caso de los derrames, hasta la adquisición (ya sea mediante desarrollo o importación) de tecnologías y procesos avanzados capaces de gestionar la extracción sin dejar huella en el país.
