Los medios que tratan las noticias falsas sobre Pablo Marçal como un 'supuesto reportaje' son cómplices de sus crímenes electorales
El bandidaje de Pablo Marçal, lamentablemente, tiene socios en la prensa brasileña
Anoche, Brasil fue testigo de uno de los mayores crímenes de la historia política brasileña: Pablo Marçal, exentrenador, exgolpista y candidato desesperado por ganar visibilidad en el ámbito electoral, publicó un documento claramente falso para atacar a Guilherme Boulos (PSOL). El informe, que Marçal presentó como prueba de una supuesta hospitalización de Boulos por consumo de drogas, fue rápidamente desmentido. Pero lo impactante no es solo la acción criminal de Marçal, sino el hecho de que parte de los medios de comunicación trate este vil acto como la publicación de un "supuesto informe", suavizando lo que ya es más que evidente: una falsificación flagrante y criminal.
Al usar términos como "supuesto" y "presunto" para describir algo que ya se ha revelado como falso, los medios de comunicación se convierten en cómplices. Cuando un exempleado del médico mencionado en el informe se presenta y afirma categóricamente que la firma es falsa, ya no hay lugar para la relativización. La propia clínica mencionada en el documento, dirigida por un conocido de Marçal con antecedentes por falsificación de documentos, ya es objeto de sospecha. ¿Cómo, en este caso, se sigue hablando de un "presunto informe"? Es un informe criminal, un montaje desesperado y mal ejecutado. Cualquier otro tratamiento no es más que indulgencia.
Al tratar con tanta suavidad un fraude electoral tan flagrante, los medios de comunicación alimentan el caldo de cultivo para la desinformación. La táctica de Marçal es conocida: levantar sospechas infundadas, difundir una mentira y esperar a que se produzca el daño para que la verdad prevalezca. El mero hecho de que el documento circule y se debata ya es, para él, una victoria parcial. Y cuando los medios de comunicación tratan esta mentira como algo que debe considerarse o investigarse, la maquinaria del crimen electoral sigue girando.
En este caso, la acción necesaria es clara. Marçal no solo divulgó un documento falso; cometió un delito electoral que, según la legislación brasileña, debe ser sancionado con rigor. La falsificación de documentos y el uso de noticias falsas para influir en el proceso electoral constituyen ataques directos a la democracia, y la respuesta debe ser proporcionada. Marçal debe ser arrestado y su candidatura debe ser impugnada, como bien afirmó Boulos. No se trata de una mera disputa política, sino de una cuestión de justicia y de preservar la integridad de las elecciones.
La prensa, que debería ser la primera línea de defensa contra las mentiras, no puede ser cómplice. Al suavizar su lenguaje, los medios legitiman la duda y perpetúan el ciclo de desinformación. Es importante llamar a las cosas por su nombre. La noticia es falsa, la firma es falsa y Pablo Marçal está cometiendo un delito electoral. Tratar esta situación con un término distinto a "falsificación criminal" es condonar la distorsión de los hechos.
En este momento, es fundamental que el Tribunal Electoral y la prensa se alineen con un único objetivo: preservar la verdad y castigar, por ejemplo, a quienes intentan distorsionar los hechos para obtener beneficios políticos. La impunidad o la indulgencia con los delitos electorales no solo incentivan nuevos actos, sino que también erosionan la confianza de la sociedad en el proceso democrático. Marçal, con su estrategia deshonesta, debe rendir cuentas. Y los medios de comunicación, que aún insisten en eufemizar sus acciones, deben reflexionar seriamente sobre su papel en esta historia. Después de todo, la desinformación no se propaga sola; necesita medios cómplices para ganar fuerza.



