Al igual que Marina, Aécio habla de un "Internet Mensalão" (un escándalo de corrupción política relacionado con los pagos mensuales a Internet).
Un senador de Minas Gerais critica lo que denomina un "ejército especializado en difundir mentiras y agresiones" en internet. "Este tipo de acciones cobardes son una cara de la moneda que, por otra, intenta controlar a la prensa, impedir la formación de nuevos partidos, defender la eliminación del derecho de investigación del Ministerio Público y la sumisión de las decisiones del Tribunal Supremo a la mayoría gubernamental en el Congreso", declaró el presidente del partido PSDB y candidato presidencial.
247 El senador Aécio Neves, de Minas Gerais, siguió los pasos de la exsenadora Marina Silva al criticar la existencia de un "verdadero ejército especializado en difundir mentiras y agresiones" en línea.
Lea el artículo publicado en Folha:
Tarifa mensual de Internet
El viernes pasado, en este mismo espacio, la exsenadora Marina Silva realizó una valiente declaración sobre un tema que conmociona a quienes frecuentan las redes sociales. Calificado por ella como "Mensalet" o "el mensalão de internet" (un importante escándalo de corrupción), se refiere a las actividades de una industria clandestina dedicada a difundir calumnias e intentar destruir reputaciones.
Nadie pone en duda los beneficios de internet, que alberga el sueño de un mundo más pluralista y democrático. Sin embargo, esta transformación exige un nuevo sentido de la ética y de la responsabilidad compartida.
Lamentablemente, tras estos horizontes recién descubiertos, existe en Brasil una zona gris donde se ha establecido un verdadero ejército especializado en difundir mentiras y agresiones. Fingiendo espontaneidad, perfiles falsos inundan las secciones de comentarios de sitios web y blogs con palabras clave predefinidas; se utilizan bots para inducir búsquedas con el claro objetivo de manipular los motores de búsqueda de contenido; la difamación se lanza de forma planificada y se replica exhaustivamente, pretendiendo parecer natural.
Acusaciones absurdas, falsas e infundadas, se publican y se republican a diario. La víctima puede ser un juez, un político o un ciudadano común. Puede ser un periodista, una actriz; da igual. El objetivo es avergonzar, fabricar sospechas, sembrar dudas y convertir una mentira repetida hasta la saciedad en verdad.
Lo más grave es que este discurso se repite para desacreditar a cualquiera que se atreva a defender ideas que se desvíen de los intereses de quienes mantienen conectada a esta verdadera pandilla virtual. Y cuando alguien recurre a los tribunales para defenderse de ataques infundados, se le acusa de ejercer censura, invirtiendo así los papeles. La víctima se convierte en el acusado.
Este tipo de acciones cobardes son una cara de la moneda que, por otra, intenta controlar a la prensa, impedir la formación de nuevos partidos, defender la supresión del derecho de investigación del Ministerio Público y la sumisión de las decisiones del Tribunal Supremo a la mayoría gubernamental en el Congreso Nacional.
La buena noticia es que este movimiento, cuyos orígenes y objetivos son cada vez más claros, está perdiendo cada vez más credibilidad, lo que provoca que ciertas villanías solo se enquisten en las trincheras de espacios ocupados, y finalmente financiados, por la mala fe.
Porque no solo el contenido de internet, la revolución más importante de nuestro tiempo, debería perdurar para siempre. El honor de las personas también.
La libertad de prensa, de información y de opinión son logros fundamentales de nuestra sociedad. La calumnia, la difamación y la injuria son delitos. Y así deben ser tratados.
