Las noticias falsas son las otras: la disputa partidista sobre qué constituye desinformación.
Cómo cada sector del espectro político crea su propia definición de lo que constituye desinformación y su propia propuesta sobre cómo abordarla. Lea el estudio de Rodrigo Quinan, candidato a doctorado en la Universidad Federal Fluminense.
Por Rodrigo Quinan, estudiante de doctorado en PPGCOM-UFF, miembro de los grupos de la Red Conecta y de los grupos de investigación CiteLab-UFF y Lamide-UFF.
A mediados de la década de 2010, términos como posverdad, noticias falsas y desinformación se incorporaron al lenguaje cotidiano global, reflejando una enorme preocupación por un futuro donde la verdad se vería oscurecida por narrativas falsas difundidas en las redes sociales. Con la popularización de bulos peligrosos y teorías conspirativas sobre la vacunación y el calentamiento global, la OMS emitió varias advertencias en los últimos años sobre el aumento de casos de sarampión debido al movimiento antivacunas, e incluso sobre una infodemia potencialmente tan peligrosa como la pandemia. Incluso antes de que la COVID-19 agravara la situación, con la desinformación cobrándose miles de vidas a través de innumerables manifestaciones de negacionismo, la ansiedad en torno a la inesperada victoria de Donald Trump —quien sentó un precedente que Bolsonaro siguió en Brasil— impulsó el auge de fuentes alternativas que, en el ámbito digital, ahora podían rivalizar con la otrora dominante autoridad periodística.
El pánico ocultó un problema crucial: la definición de desinformación es vaga. Un término como "posverdad", palabra del año 2016 según el Diccionario Oxford, año de la victoria de Trump, no logra precisar cuándo se produjo el cambio en las jerarquías informativas, centrándose excesivamente en la victoria republicana en lugar de en los procesos de comunicación que se han desarrollado durante décadas. "Noticias falsas" es igualmente superficial, ya que cada grupo político proyecta sus percepciones, como lo demuestra el propio Trump, uno de los grandes popularizadores del término, al referirse a los medios estadounidenses como "medios de noticias falsas". Recurriendo a sus burbujas (las infames... cámaras de ecoEn tiempos de intensa polarización política, todos los componentes del espectro político admitieron que las "noticias falsas" son un problema grave de nuestra época, pero, reiterando la problemática naturaleza de términos como "populismo", es como un limón: solo es útil a ojos de los demás, donde cada grupo político se declara víctima y acusa a sus adversarios de desinformación.
Los intentos académicos populares de definir el término se han visto, por ejemplo, en la definición de los periodistas Claire Wardle y Hossein Derakhshan, en una introducción para la UNESCO, al tratar de crear tres frentes: desinformación (contenido engañoso) desinformación (contenido manipulado/fabricado) y desinformación (contenido difamatorio, con discurso de odio). En el ámbito psicológico, el académico Sebastiaan Rietjens introdujo el concepto de engaño («engaño»), lo que apunta a una elaborada táctica de desinformación donde se mantiene parte de la realidad del objetivo («disimulación») mientras se insertan fragmentos de una realidad falsa para crear sucesivamente desinformación («simulación»). El problema es: ¿cómo definir qué es intencional en un escenario nebuloso donde el origen de tanta información es difícil de rastrear?
Nuestro trabajo consiste en analizar cómo cada sector del espectro político crea su propia definición de desinformación y su propia propuesta sobre cómo abordarla. Mediante la recopilación de datos de sus páginas de Facebook, analizamos tanto los acuerdos como los desacuerdos de los distintos partidos políticos sobre el tema. Señalamos que el concepto de desinformación se ha politizado: si bien se presenta como un problema público, en realidad se convierte en una estrategia partidista para defenderse de los ataques y deslegitimar a los oponentes.
Metodología
Utilizando la herramienta Crowdtangle, seleccionamos Facebook para la extracción de datos debido a su mayor popularidad. Mediante métodos de análisis de contenido y análisis del discurso, elegimos las palabras clave «noticias falsas», «desinformación», «coronavirus», «Covid», «Covid-19» y «SARS-CoV-2», con el objetivo de identificar las preocupaciones recientes en torno a la pandemia. A partir de estas, se recopilaron 14 008 publicaciones realizadas entre el 11 de marzo y el 27 de septiembre de 2020. Posteriormente, realizamos una clasificación manual para identificar el origen de las publicaciones, como agencias de medios de comunicación, comprobación de hechos(Políticos, páginas de apoyo, páginas de gobiernos municipales, estatales o federales). Identificamos 300 actores políticos, de los cuales 25 fueron excluidos debido a que el contenido no estaba disponible al momento del análisis. Posteriormente, clasificamos a cada actor según su posición en el espectro político: extrema derecha, derecha, centroderecha, centro, centroizquierda e izquierda.
Similitudes
La desinformación es un "ataque político".
La primera similitud visible es la visión miope que considera la desinformación un fenómeno exclusivamente vinculado al ámbito político. Para todos ellos, la desinformación rara vez se analiza como un problema estructural que deba resolverse, capaz de causar daños más allá de la política partidista, sino más bien como algo que produce ataques de descrédito contra los respectivos agentes. El gobierno de Bolsonaro, por ejemplo, se defiende de las críticas acusando de fabricar la información de la oposición. En particular, durante la pandemia de la COVID-19, él mismo la acusó de exageración, con frecuentes acusaciones de sobreinformación. El negacionismo, de este modo, utiliza la apropiación de la definición de desinformación como arma. Las disputas entre Bolsonaro y João Doria sobre la vacunación y el uso de cloroquina evidencian una apropiación política de la verdad científica.
La centroderecha, al igual que partidos como el PSDB, también se defiende de los ataques digitales presentándose como víctima de la desinformación, si bien su postura más institucional la lleva a evitar mencionar a sus autores. La centroizquierda/izquierda, representada por partidos como el PT y el PSOL, apela a la concienciación individual sobre la desinformación, utilizándola también como defensa, como se observa en su denuncia de las crecientes teorías conspirativas antizquierdistas.
Necesidad de regulación Los partidos de todo el espectro político coinciden en la urgencia de regular el espacio digital. La centroizquierda/izquierda enfatiza la importancia del fortalecimiento institucional para la reconstrucción del país, destacando la necesidad fundamental de investigar la financiación de los sitios web de noticias falsas. Por su parte, el centro (representado por el PMDB y políticos como Marina Silva y Ciro Gomes) apoya firmemente el Proyecto de Ley contra las Noticias Falsas, abogando por identificar la intencionalidad detrás de la difusión de noticias y penalizarla. Políticos de diferentes partidos (Cidadania, PT, PDT, PSB) muestran simpatía por el proyecto, mientras que un acuerdo inesperado (entre Bolsonaro y el PSOL) evidencia problemas democráticos en la propuesta. La transparencia es necesaria. Desde el centro-derecha hasta la izquierda, los políticos también hacen un llamado a la concienciación individual, enfatizando en ocasiones la responsabilidad cívica de actuar con cautela al compartir noticias falsas. Políticos locales de gobiernos de partidos como PSDB, PDT, PT y PSOL buscan dar ejemplo haciendo su parte mediante la divulgación transparente de datos sobre la pandemia. Asimismo, se unen en su llamado a la credibilidad de la ciencia durante esta crisis.
Las diferencias
Bolsonaro destacó
La extrema derecha de Bolsonaro, como era de esperar, es la más desubicada: la lucha contra la desinformación rara vez menciona la ciencia, por ejemplo, centrándose más en proteger al gobierno del escrutinio de otros partidos y utilizando la retórica para legitimar posturas antiinstitucionales. Sus políticos acusan a las instituciones médicas y científicas de su propio país de exagerar los casos de COVID-19, recurriendo con frecuencia a teorías conspirativas que apuntan a la intencionalidad de ciertas fuerzas que buscan beneficiarse de la pandemia e incluso provocarla, como lo demuestra la avalancha de ataques sinófobos perpetrados por el gobierno, que culpa a China de la situación actual.
Consideraciones finales
En el debate público, la desinformación puede parecer un grave problema sistémico que debe corregirse en un ecosistema mediático donde los medios tradicionales ya no están solos, compitiendo por la atención y el espacio con los nuevos medios que dan voz y alcance a grupos previamente marginados. Un análisis más profundo revela que el debate partidista ha sido, de hecho, una politización y apropiación del término: la desinformación hoy se considera retórica defensiva en la estrategia política de partidos de todo el espectro político. Mientras que la extrema derecha de Bolsonaro la utiliza para deslegitimar la supervisión y legitimar acciones antidemocráticas, el bloque de centro aboga por una regulación punitiva para abordar el problema, mientras que la centroizquierda/izquierda enfatiza la importancia de fortalecer nuevamente las instituciones. La centroderecha, en partidos como el PSDB, intenta posicionarse como una tercera vía, con políticos que resaltan sus virtudes y la confianza en las autoridades. Excepto Bolsonaro, todos abogan por una mayor conciencia individual por parte del usuario al compartir noticias, apelando a la cautela.
En un país con instituciones desmoralizadas y una creciente desconfianza en su integridad, su restauración se considera esencial para cualquier futuro constructivo que Brasil aspire a alcanzar. Ante todo, es necesario fortalecer los medios de comunicación progresistas, como Diário do Centro do Mundo, Carta Capital, Revista Piauí y el propio Brasil247, para construir un futuro democrático que se oponga al caos y al autoritarismo que han caracterizado al país en los últimos años.