Aniversario: Che Guevara fue una figura extraordinariamente humana y revolucionaria.
Descubre la nobleza de carácter y el humanismo que marcaron la vida del Che Guevara. Un homenaje en el que habría sido su 95º cumpleaños, el 14 de junio.
Freddy Pérez Cabrera, Granma - Muchos amigos, y especialmente muchos enemigos, suelen tachar al Comandante Ernesto Che Guevara de aventurero rudo y tosco, con quien era difícil entablar una relación amistosa. Sin embargo, la rectitud de su carácter y su fidelidad a los principios no deben confundirse con la nobleza y bondad que lo caracterizaban. El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, una de las personas más cercanas al Che y quien mejor captó la grandeza del héroe de la Batalla de Santa Clara, expresó con sus palabras el sentir de millones de personas en todo el mundo que supieron apreciar las verdaderas virtudes que distinguieron al líder de la Columna 8, Ciro Redondo: “Además, poseía otra cualidad, que no era intelectual, ni de voluntad, ni fruto de la experiencia o la lucha, sino una cualidad del corazón, ¡porque era un hombre extraordinariamente humano, extraordinariamente sensible!”. En relación a esto, el propio Guevara, en un artículo trascendental publicado en la revista Marcha poco antes de partir hacia territorio congoleño, afirmó: “Permítanme decirles, a riesgo de sonar ridículo, que el verdadero revolucionario se guía por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad”.
Su corta vida, de apenas 39 años, los diarios, cartas e innumerables documentos que legó a la posteridad corroboran la idea de que Guevara, lejos de ser una persona dura, fue un ser excepcional en todo sentido. Por ejemplo, cuando sufrió un golpe emocional tan duro como la pérdida de su abuela paterna en 1947, a quien cuidó en su lecho de muerte durante 17 días, abandonó la idea de estudiar ingeniería en Córdoba y se matriculó en la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Ese mismo sentimiento lo impulsó a tratar con humanidad y dignidad a los enfermos de las leproserías de Lima y São Paulo —una de ellas ubicada en la selva peruana— durante el viaje que realizó por Sudamérica con su amigo Alberto Granado, cuando aún era estudiante. En una carta a sus padres, reconoció el valor de esta experiencia: “La despedida que nos dieron los pacientes del Leprosorio de Lima es una de esas que nos animan a seguir adelante [...] Todo el cariño dependía de que fuéramos sin delantales ni guantes, los saludáramos con un apretón de manos como cualquier otra persona y nos sentáramos entre ellos a hablar de cualquier cosa o a jugar al fútbol con ellos”.
Esta filosofía de vida también lo impulsó, a los 24 años, cuando se graduó como Doctor en Medicina, a emprender un segundo viaje por Latinoamérica en lugar de ejercer la medicina en una clínica de Buenos Aires, junto a uno de los mejores alergólogos de su país natal. Sabía que en Guatemala se estaba gestando un proceso nacionalista liderado por el coronel Jacobo Arbenz. Su comportamiento, aparentemente extraño, generó incertidumbre entre sus compañeros, para quienes este acto era simplemente inexplicable, al igual que el grito con el que se despidió de todos desde la ventana del tren, que ya estaba en marcha: «¡Aquí va un soldado de América!». Era julio de 1953, y el joven médico se encaminaba hacia la historia. Más tarde, viajaría a México, donde tuvo su primera conversación con Raúl, Fidel y otros futuros miembros de la expedición, lo que propició su inmediata incorporación al movimiento revolucionario cubano. Sobre este importante encuentro, escribió más tarde: “Hablé con Fidel toda la noche y, al amanecer, ya era el médico de su expedición. En verdad, después de la experiencia que había adquirido viajando por Latinoamérica y con el resultado en Guatemala, no me costaba mucho animarme a participar en cualquier revolución contra un tirano, pero Fidel me impresionó como un hombre extraordinario”.
Tanto en Cuba como en Bolivia, como guerrillero, el humanismo del Che Guevara se manifestó innumerables veces. Durante la batalla de Alegría de Pío, se enfrentó al dilema de elegir entre dedicarse a la medicina o cumplir con su deber como soldado. En la Sierra Maestra, además de consolidarse como guerrillero, atendió a los enfermos y heridos de las tropas, incluidos los del enemigo, y ejerció como dentista y médico para los campesinos, entre quienes, según él, había «mujeres prematuramente envejecidas, sin dientes, niños con barrigas prominentes, parásitos, raquitismo y avitaminosis», entre otras enfermedades.
En combate, demostró una profunda humanidad, como quedó patente durante el enfrentamiento con las fuerzas del sanguinario Sánchez Mosquera en la zona de Mar Verde. Allí, fiel a ese principio que reflejaba su camaradería, no dudó en arriesgar su vida para rescatar el cuerpo herido de Joel Iglesias, ante la mirada atónita de tres soldados enemigos que, sorprendidos por su audacia, no lograron dispararle. Con sus subordinados, la relación personal adquiría un carácter especial. Podía ser severo e inflexible ante la indisciplina, pero también era un camarada. Un periodista que visitó a su tropa lo describió así: «Todo el campamento rodeaba su camino con una especie de afecto, un afecto que no necesitaba demostraciones: no había órdenes, reverencias ni protocolos militares; la guerrilla de La Mesa irradiaba una disciplina más íntima, derivada de los hombres en sus líderes. Fidel, Che y los demás vivían en los mismos lugares, comían lo mismo y, en el momento de la batalla, disparaban desde la misma línea que ellos».
En Bolivia, también demostró su extraordinaria sensibilidad. Durante su última batalla, en Quebrada del Yuro, Bolivia, el 8 de octubre de 1967, Che continuó luchando para facilitar la huida de los miembros enfermos e incapacitados de su pequeño grupo guerrillero, quienes se encontraban rodeados. Al leer su diario de campaña, se percibe en sus escritos el profundo dolor que sentía por la muerte de sus compañeros, como sucedió cuando Eliseo Reyes y Carlos Coello cayeron en la selva boliviana, por mencionar solo algunos casos. Además, en sus páginas se aprecia que la solidaridad de Che Guevara con sus hermanos de armas no conocía límites. Fue su deseo de aliviar la difícil situación del combatiente Octavio de la Concepción y de la Pedraja, quien sufría de lumbalgia, lo que lo motivó a no desviarse del camino más fácil que había estado siguiendo durante varios días, para poder montar en mula, aun siendo plenamente consciente del peligro que esto representaba, debido a las altas probabilidades de caer en una emboscada, lo cual, de hecho, ocurrió. El respeto que siempre tuvo por la vida humana era legendario, y esto se manifestó claramente en el trato humano que brindó no solo a los prisioneros, sino también a sus enemigos. El 26 de junio de 1967, comenzó a escribir en su diario: «Un día oscuro para mí». Estaba conmocionado por la muerte de Carlos Coelló. Ese mismo día, casualmente, dos espías fueron capturados y, una vez identificados, liberados. No hubo ejecución, maltrato ni ningún delito que denotara venganza por el camarada caído. Es más, cuando, debido a una mala interpretación de su orden de retirar cualquier objeto de utilidad, los dos prisioneros fueron liberados en ropa interior, la reacción del Che Guevara fue de indignación. Además, el Che Guevara fue una persona que, a lo largo de su vida, sintió un profundo amor por la naturaleza y los animales. De niño, no dudó en reprender a su abuela por cocinar las palomas que criaban, y arriesgó su vida para salvar a un gorrión atrapado en el alero de la casa. Como padre, fue un ejemplo de hombre amoroso, dedicado a sus hijos en el poco tiempo libre del que disponía. Cuando partió a cumplir sus misiones internacionalistas, les pidió que crecieran para ser buenos revolucionarios, que estudiaran con ahínco y les recordó que la Revolución era lo más importante, que debían ser capaces de sentir profundamente cualquier injusticia cometida contra cualquier persona en cualquier lugar del mundo. También fue el esposo que, entre las innumerables tareas de preparación para la nueva lucha por la liberación, encontró tiempo para escribir una carta de amor y gratitud a su esposa, Aleida March, a quien dejaba en Cuba. En esa carta, le expresó su amor, su confianza en que ella continuaría luchando por el pueblo cubano y su agradecimiento por todo el apoyo y la comprensión que siempre le había brindado.
En resumen, Che Guevara fue un hombre extraordinariamente humano, sensible y bondadoso. Su noble carácter y su dedicación a los principios revolucionarios no eran incompatibles con su profunda compasión por los demás. Su vida y sus acciones reflejaron un compromiso inquebrantable con la justicia social, la igualdad y la libertad. Che sigue siendo una figura inspiradora para muchas personas en todo el mundo, quienes reconocen no solo su papel como revolucionario, sino también su humanidad y empatía.