Mientras Estados Unidos libraba guerras, China construía fábricas e infraestructura.
John Mearsheimer sostiene que la hegemonía estadounidense se está deteriorando a medida que China asciende y construye poder económico y estratégico.
247 - El declive de la hegemonía estadounidense y el ascenso de un orden multipolar fueron analizados por el politólogo Juan Mearsheimer, profesor de la Universidad de Chicago y uno de los teóricos más influyentes del realismo en Relaciones Internacionales. El análisis se presentó en el canal Geopulse en YouTube, donde Mearsheimer sostiene que Washington ha desperdiciado su ventaja histórica en guerras y proyectos de dominación global, mientras que China ha centrado sus esfuerzos en infraestructura, industria y tecnología.
Según Mearsheimer, tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, Estados Unidos creía haber alcanzado una posición de supremacía permanente. «Los responsables políticos de Washington imaginaron que la historia había terminado», afirma, refiriéndose a la ilusión de que el poder militar y los valores liberales garantizarían el control global. Sin embargo, para el profesor, esta unipolaridad era «una anomalía histórica, no un nuevo orden permanente».
Las guerras, la OTAN y el coste del exceso estratégico
Mearsheimer argumenta que Estados Unidos ha adoptado una política exterior basada en el exceso de confianza. La expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas, contrariamente a lo que se creía implícitamente tras el fin de la Guerra Fría, se vio agravada por intervenciones en los Balcanes, Oriente Medio, Afganistán e Irak. Estas acciones, argumenta, se justificaron en nombre de la democracia, pero provocaron inestabilidad, erosión geopolítica y pérdida de prestigio internacional.
Tras los atentados del 11 de septiembre, esta tendencia se intensificó. «Las guerras en Afganistán e Irak fueron proyectos de ingeniería social», observa. El resultado, afirma, fue «un fracaso estratégico, billones de dólares gastados, miles de muertes y la erosión de la autoridad estadounidense».
China siguió otro camino: fábricas, puertos y tecnología
Mientras tanto, China siguió una trayectoria opuesta. «Mientras Estados Unidos libraba guerras, China construía fábricas, puertos e infraestructura», afirma Mearsheimer. Cree que Pekín aprovechó la globalización generada por el propio Estados Unidos para industrializarse, modernizar su ejército y fortalecer su influencia internacional.
Con la Iniciativa de la Franja y la Ruta, China expandió su presencia en Asia, África, Europa y Latinoamérica mediante inversiones y proyectos logísticos. Simultáneamente, modernizó su poderío militar, especialmente en el Mar de China Meridional, desafiando la presencia naval estadounidense en la región.
Rusia, alianzas alternativas y la erosión del sistema liberal
El profesor señala que Rusia, tras el colapso soviético, se vio debilitada, pero se reorganizó política y militarmente. Las intervenciones en Georgia (2008), Crimea (2014) y Ucrania (2022) son, para Mearsheimer, respuestas a la expansión occidental en su esfera de influencia. «Las grandes potencias no aceptan alianzas militares hostiles en sus fronteras», argumenta.
El acercamiento entre Moscú y Pekín ha fortalecido mecanismos como BRICS e Organización de Cooperación de Shanghai, lo que indica la formación de un bloque de resistencia a la hegemonía estadounidense. Países como India, Turquía, Irán y Arabia Saudita comenzaron a adoptar diplomacias más autónomas, explorando la transición hacia un mundo multipolar.
El declive no es colapso, es pérdida de control
Mearsheimer argumenta que Estados Unidos sigue siendo una potencia militar y económica extraordinaria, pero ha perdido la capacidad de dictar unilateralmente el rumbo del planeta. Lo que está en marcha, argumenta, es el fin de la primacía indiscutible y el surgimiento de un sistema internacional competitivo basado en intereses nacionales y un equilibrio de poder.
La era de la dominación unipolar ha terminado. El mundo multipolar ya no es una predicción: es una realidad.
El profesor concluye que la historia es implacable con los imperios que confunden poder con destino. El principal reto para Estados Unidos es reconocer sus límites, adaptarse al nuevo equilibrio de poder y comprender que el liderazgo en el siglo XXI no provendrá de la coerción, sino de la capacidad de equilibrar intereses.


