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Sin mucha ilusión y utopía, la revolución que comenzó el 26 de julio en Santiago de Cuba y Bayamo no habría existido.

Al conmemorar el 70 aniversario de los ataques a los cuarteles Moncada y Céspedes, liderados por Fidel Castro, es necesario resaltar ideas fundamentales.

El Cuartel Moncada, con las banderas de Cuba, del Movimiento 26 de Julio y un cartel de Fidel (Foto: Periódico Granma)

Por Wilkie Delgado Correa (*), 247 - Nuestra propia historia demuestra que las dificultades aparentemente insuperables tenían solución. 

Un acontecimiento histórico puede dejar una huella imborrable en la historia de un pueblo, pero puede o no trascenderla, dependiendo de si los esfuerzos de defensa posteriores logran realmente las transformaciones sociales necesarias y deseadas.

Al conmemorar el 70 aniversario de los asaltos a los cuarteles Moncada y Céspedes, respectivamente en Santiago de Cuba y Bayamo, liderados por Fidel Castro, es necesario resaltar ideas fundamentales que subyacen a un acontecimiento histórico único en el que la sangre derramada tras el fracaso de los objetivos de aquel glorioso día allanó el camino para la liberación de un pueblo.

Contrariamente a lo que algunos creen —aquellos que parecen haber visto el triunfo como una casualidad y que tal vez consideran la Revolución una obra del azar—, esta ha sido el resultado del trabajo visionario y constante de hombres que durante muchos años enfrentaron grandes y gigantescos obstáculos. Y es innegable que en Cuba hubo una revolución que trajo justicia, que estableció la igualdad y la dignidad para todos los ciudadanos, sin excepción.

Por lo tanto, es cierto que la revolución allanó el camino hacia la felicidad; la felicidad de haber demostrado de lo que es capaz el pueblo; dejando claro que la justicia era alcanzable. La satisfacción de convertir una utopía en realidad. La realidad cubana de hoy, y especialmente su colosal labor en numerosos ámbitos sociales, se fundamenta en las ideas esenciales de Martí, como autor intelectual del atentado contra el Moncada, tal como lo expresó Fidel, y en las propias ideas y convicciones de Fidel, cuando afirmó al final de su discurso «La historia me absolverá»: «Condénenme, no importa, la historia me absolverá».

Y toda la trayectoria de la revolución cubana durante estos 70 años, llena de dificultades pero también de victorias, ha estado marcada por las acciones e ideas de Fidel, quien, con golpes audaces, lúcidos y tenaces, forjó lo que antes parecía imposible.

Estas ideas son la brújula que nos guió ayer, la guía del presente y la dirección del futuro de nuestra nación. Y toda esta capacidad de soñar y perseverar siempre se ha sustentado en la fe en el pueblo.

En su Informe Central al Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, Fidel expresó:

Sin un poco de ensueño y utopía, no habría revolucionarios. A veces, los hombres se detienen porque consideran insuperables obstáculos que podrían superarse. Nuestra propia historia demuestra que las dificultades aparentemente insuperables tenían solución. Pero el revolucionario también tiene el deber de ser realista, de adaptar sus acciones a las leyes históricas y sociales, y de extraer de la inagotable fuente de la ciencia política y la experiencia universal el conocimiento indispensable para llevar a cabo los procesos revolucionarios. Debemos, además, saber aprender de los hechos y las realidades.

"Pero ninguna idea funciona tan fácilmente. Para que una idea tenga éxito, hay que empezar a pensarla detenidamente, hay que difundirla, hay que defenderla, hay que persuadir a mucha gente y, al final, la idea triunfa..."

Estas ideas coinciden con las expresadas por Hans Selye, quien logró sintetizar la esencia de este desafío para la humanidad. Al respecto, afirmó: «Para transformar un sueño en realidad, el primer requisito es la capacidad de soñar; y el segundo, la perseverancia, es decir, la fe en el sueño».

Esta frase se compone de tres ideas fundamentales. Primero, que los sueños, a pesar de su naturaleza ideal, no son una utopía pura, sino que pueden materializarse. Segundo, que para la realización de lo primero, es indispensable poseer la capacidad de soñar, la imaginación creativa de algo ideal que un día, inevitablemente, se convertirá en realidad. Tercero, que el camino que conduce a la realidad es la persistencia y la fidelidad al sueño; la convicción de que este sueño es verdadero y digno de amor y, además, que solo la acción, los esfuerzos y los sacrificios perseverantes de personas, naciones y generaciones, ya sea a lo largo de años o siglos, harán posible su génesis, su desarrollo y su encarnación en la realidad.

Con la misma fe en la victoria que nuestro pueblo ha demostrado a lo largo de su historia por la libertad y la independencia, desde aquel glorioso levantamiento del 10 de octubre de 1868; desde la persistencia en la guerra para perseguir el sueño en 1895 y los años siguientes; desde la agitación y los intentos contra el statu quo de la república neocolonial y las dictaduras; desde la lucha armada en las montañas y las ciudades desde el 2 de diciembre de 1956 hasta, finalmente, la victoria del 1 de enero de 1959 y en los años venideros, hoy, con esa misma fe en el triunfo, debemos continuar la marcha contra todos los enemigos que se interponen en el camino de los sueños que hemos de alcanzar.

(*) Doctor en Ciencias Médicas, Doctor Honoris Causa, Catedrático y Consultor. Profesor Emérito de la Universidad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba. Escritor y periodista.

Traducción: Rosa Lima