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Nassif: la lógica detrás de los golpes de Estado siempre es la misma.

En todos estos casos se utiliza el mismo discurso. La deslegitimación de las elecciones populares se produce a través de la «reformitis», como denominé el discurso a favor de las reformas en el año 2000. La «reformitis» busca satisfacer dos demandas. La primera es suplir la incapacidad de quienes ostentan el poder para crear políticas públicas coherentes. La segunda es imponer cambios a la fuerza al poder legislativo, cambios que no serían validados por las elecciones, señala Nassif.

En todos estos casos se utiliza el mismo discurso. La deslegitimación de las elecciones populares se produce mediante la «reformitis», término que denominé en el año 2000 para referirme al discurso de las reformas. La «reformitis» busca satisfacer dos demandas. La primera es suplir la incapacidad de los gobernantes para crear políticas públicas coherentes. La segunda es imponer a la fuerza al poder legislativo cambios que no serían validados por las elecciones, señala Nassif (Foto: Leonardo Attuch).

Por Luis Nassif, en GGN – Estoy en la revisión final de la biografía de Walther Moreira Salles, cuyo lanzamiento está previsto para marzo. Algunos capítulos describen las crisis políticas de la década de 50. Los paralelismos con la situación actual son interesantes, incluyendo la identificación de los eslóganes utilizados históricamente por líderes de derecha.

La lógica siempre es la misma.

Todo el poder emana del pueblo. El pueblo elige al Presidente de la República y a los parlamentarios. Y existe un cuarto poder activo: los medios de comunicación. La contienda presidencial es impredecible; la parlamentaria, menos, ya que gira en torno a líderes regionales y caciques políticos.

Las elecciones pueden consagrar a un candidato popular, como el segundo gobierno de Vargas, a un desarrollista como JK o a un populista de derecha como Jânio. Y, tras la redemocratización, a perfiles tan distintos como Fernando Collor, FHC y Lula. El Parlamento, sin embargo, está estrechamente ligado a prácticas clientelistas y, en segundo lugar, a la presión mediática sobre su electorado.

Es la vieja dicotomía entre federalismo y centralismo la que se ha convertido en una de las fuerzas impulsoras de la crisis política brasileña.

Históricamente, el modelo estadounidense de democracia representativa se diseñó para permitir el control de las masas por parte de minorías supuestamente ilustradas. Todo el modelo se basa en la financiación privada. Y los procesos de inclusión son lentos y se asimilan fácilmente. Los momentos de cambio radical —grandes inclusiones sociales, urbanización acelerada— generan fricciones que son aprovechadas por los políticamente derrotados. Y ahí, junto a la coartada de la lucha contra la corrupción, yace la coartada de las reformas.

Anteriormente, cuando se perdía el control político, se recurría a la intervención militar.

En el periodo posterior a la redemocratización, América Latina experimentó dos tipos de golpes de Estado. El primero, el golpe parlamentario-mediático, que victimizó a Carlos Andrés Pérez en Venezuela y a Collor en Brasil. Tras perder su mayoría parlamentaria, los medios de comunicación desarrollaron una campaña permanente de acusaciones, ciertas o inventadas, legitimando así el golpe. En los últimos años, este modelo ha sido reemplazado por el golpe jurídico-mediático.

En todos estos casos se utiliza el mismo discurso. La deslegitimación de las elecciones populares se produce a través de la "reformitis" —como denominé en el año 2000 el discurso a favor de las reformas—.

La "reformitis" pretende abordar dos demandas. La primera es suplir la incapacidad de quienes ostentan el poder para crear políticas públicas coherentes. La segunda es imponer cambios a la fuerza en el poder legislativo que no serían validados por las elecciones. No generalicemos. Existen reformas necesarias para adaptar el país a los cambios sociales y tecnológicos, y hay ocasiones en que la inercia política genera grandes obstáculos que deben resolverse. Sin embargo, en la gran mayoría de los casos, se trata de meras promesas vacías enarboladas por líderes sin sustancia.

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