Chile sufre la peor crisis ambiental en 16 años.
Santiago declara emergencia ambiental debido a las altísimas concentraciones de partículas finas (PM2,5) en el aire; la primera medida en 16 años. En la capital chilena, el 40% del parque automotor y aproximadamente 3 industrias están paralizadas; lea el informe de Frederico Füllgraf, en un artículo especial para 247.
Por Frederico Füllgraf
Desde Santiago de Chile, Especial para Brasil 247
Con la llegada del invierno, Chile, desde el desierto de Atacama hasta Tierra del Fuego, se ve envuelto en una densa capa de humo y hollín. Desde el domingo 21 de junio, Santiago, con sus 6,7 millones de habitantes, se encuentra en estado de emergencia ambiental o alerta máxima debido a la altísima concentración de partículas finas (PM2,5) en el aire. Esta es la primera medida de este tipo en 16 años, y la capital chilena ha paralizado el 40% de su parque vehicular y aproximadamente 3.000 industrias. A pesar de los 4 millones de vehículos que circulan en el país andino (1.6 millones solo en la capital), la principal fuente de contaminación no es el tráfico automotor, sino la leña, que —una obsolescencia del tan aclamado "modelo de desarrollo chileno"— representa el 20% de la matriz energética primaria y secundaria, explotada a costa de la devastación de los bosques nativos en el sur del país.
Santiago, una de las metrópolis con menor ventilación del planeta.
Santiago de Chile ostenta una estadística escalofriante: desde el comienzo del nuevo milenio, un promedio de 503 personas han muerto anualmente como consecuencia de la contaminación.
Las crónicas de la época colonial chilena, de hace trescientos años, que describían las deplorables condiciones sanitarias e higiénicas de la entonces capital del Virreinato, ya se quejaban de la "suciedad del aire", asociada al denso humo que emanaba de las chimeneas de las casas; suciedad agravada por hogueras, quemas controladas, incendios, basureros y polvo en suspensión, muy comunes en otras capitales de América bajo dominio español y portugués.
En comparación, desde su creación, la gran desventaja natural de Santiago ha sido su ubicación en la cuenca del río Maipo, encajonada contra la cordillera de los Andes, con escasa ventilación y dispersión del aire, lo que, desde la década de 1970, ha fomentado y agravado el fenómeno del smog —una yuxtaposición, en inglés, de las palabras humo y niebla—, un cóctel nefasto de gases tóxicos amalgamados con partículas gruesas (PM 10) y finas (PM 2,5), responsables de daños alarmantes al sistema respiratorio humano y altamente cancerígenos, un fenómeno que se ve exacerbado por los cambios climáticos que afectan a la capital chilena, donde no ha llovido durante meses.
Chile profundo: 97 estados de emergencia
Si bien la atención periodística se centra en Santiago —principal sede de la Copa América y puerta de entrada para miles de turistas al inicio de las vacaciones de invierno—, en 2012, el primer Informe (cuatrienal) sobre la Calidad del Medio Ambiente en Chile, presentado por la entonces ministra de Ambiente del Gobierno de Sebastián Piñera, María Ignacia Benítez, indicó que, desde el desierto de Atacama hasta Tierra del Fuego, al menos 10 millones de personas, casi el 60% de los 17 millones de habitantes del país andino, están expuestas a una concentración anual promedio de PM 2,5 superior a 20 microgramos por metro cúbico.
Desde Santiago hasta el sur del país, la situación es preocupante.
Un año después de la presentación del informe, en 2013 el diagnóstico empeoró, indicando que la contaminación atmosférica por leña había alcanzado niveles críticos en 30 ciudades de Chile. Las mediciones realizadas esta semana por el ministerio muestran nuevamente que, de las 10 ciudades medianas monitoreadas —entre ellas Curicó, Talca y Temuco— 9 presentan niveles de alerta ambiental.
El invierno de 2014 agravó aún más la calidad del aire en el interior, rompiendo todos los récords: en cinco meses, Temuco, Osorno y Coyhaique –capitales regionales de la Araucanía, la Región de los Lagos y Aysén– registraron 97 emergencias ambientales debido a altas concentraciones de PM 2,5, generadas por el humo de leña.
Utilizada en enormes cantidades debido a su bajo costo, comparado con el gas licuado y el queroseno, según datos del Ministerio del Ambiente, en tan solo un año las comunidades urbanas de la Región de los Lagos consumieron 1,139 millones de toneladas de leña, cifra que solo se reduce en ciudades de la Araucanía (842.606 toneladas) y la Región del Biobío (769.743), más al norte.
El lobby de los invernaderos y las "4 muertes prematuras"
El caso de Talca, capital de la Región del Maule –cuna en el siglo XVI de la tradición vitivinícola centenaria en los Andes– es particularmente emblemático: el 80% de las fuentes de contaminación del aire son invernaderos domésticos, que en Chile –y dependiendo de su capacidad de carga, medida en kg– pueden costar entre R$1.000,00 y R$3.000,00.
En 2012, se estimó que había 1,2 millones de invernaderos domésticos instalados en el país, con 100.000 nuevas unidades añadidas anualmente, todos ellos alimentados con leña.
Tan solo en Santiago, se estima que hay entre 100.000 y 150.000 invernaderos domésticos en funcionamiento. Según expertos ambientales, apenas el 10% de ellos —entre 10.000 y 15.000 invernaderos— generan el mismo volumen de contaminantes que todo el parque automotor de la metrópolis chilena.
Por lo tanto, más que alarmante, el mencionado Primer Informe Cuatrienal sobre Calidad Ambiental fue un macabro certificado de defunción colectiva, que advertía que, a nivel nacional, la contaminación del aire en Chile es responsable de – al menos – 4.000 muertes prematuras al año.
En 2011, el ingeniero bioquímico Marcelo Mena Carrasco —entonces profesor de la Facultad de Ingeniería Ambiental de la Universidad Católica de Valparaíso e investigador postdoctoral del Centro para el Cambio Global del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT)— advirtió en su página web que «las emisiones de las estufas de leña son entre 500 y 5.000 veces más contaminantes que las de gas y queroseno». Y concluyó: «Un automóvil emite 0.0013 g/km según las normas Euro III y Euro IV. Con base en esto, se estimó que un automóvil recorre 30 km/día, lo que significa que su escape emite 0.039 g/día. Este valor de 60/0.039 nos da 1.538 automóviles por invernadero. Esta comparación se puede repetir con la norma de 2.5 g/h que entrará en vigor en 2012…, y aún así tendríamos 375 automóviles por invernadero».
En 2013, entrevistado por el diario digital "El Dínamo" (25 de junio de 2013: "El lobby que encendió el negocio de los invernaderos de leña y congeló su regulación"), el entonces viceministro de Medio Ambiente del gobierno de Michelle Bachelet, Marcelo Mena, denunció un poderoso lobby que, durante ocho años consecutivos, saboteó la adopción de normas ambientales más estrictas, esbozadas durante el gobierno de Ricardo Lagos y finalmente debilitadas durante el gobierno de Sebastián Piñera.
Durante tres años, de 2003 a 2005, los fabricantes chilenos de las marcas Bosca y Amesti obstaculizaron las discusiones sobre el borrador preliminar en el Poder Ejecutivo. En 2006, el borrador se sometió a consulta pública, cuyos resultados se postergaron durante seis años, hasta 2012, cuando la entonces ministra María Ignacia Benítez promulgó el decreto-ley sobre el funcionamiento de estufas de leña; una ley que, según el viceministro Mena, excluía de su ámbito de aplicación las normas más estrictas de calidad del aire. Un detalle: antes de asumir el cargo, la ministra Benítez había trabajado para Gestión Ambiental Consultores, propiedad del empresario Ricardo Katz, quien también fue miembro del antiguo consejo asesor del Ministerio del Ambiente y, además, un asesor para grandes grupos económicos, como las familias Angelini y Luksic (las más ricas de Chile), como bien señaló el sitio web Poderopedia.
El programa del “1 por ciento”
Para contrarrestar el dramático legado ambiental de su predecesor, como medida de emergencia en sus primeros 100 días en el cargo, en mayo de 2014 la recién elegida presidenta Michelle Bachelet presentó, vía transmisión televisiva nacional, su “Estrategia Nacional de Descontaminación”, con un programa para la sustitución subvencionada de estufas obsoletas por una nueva generación, que utilizaban leña o gas, que después de un año de su implementación, en 2015, en todo el territorio nacional logró entregar no más de 5.500 unidades a usuarios, en su mayoría personas de bajos ingresos.
Resulta asombroso que, en una ciudad como Los Ángeles —capital de la provincia del Biobío, con 180.000 habitantes y 50 estufas de leña domésticas, considerada además una “zona de saturación”— el programa de sustitución haya limitado la entrega de calefactores menos contaminantes a tan solo 400 familias, lo que representa aproximadamente el 0,8% del parque de estufas a reciclar. Un resultado ridículo, cuyas limitaciones fueron justificadas por la secretaría regional del Ministerio del Ambiente como una “iniciativa para seguir avanzando”.
Con el gobierno de Bachelet en crisis y el programa de reemplazo paralizado, lo que avanza es la contaminación y, con ella, el espectro de graves enfermedades respiratorias y la muerte; un hecho que en Chile exige una solución a muy corto plazo.