Ecuador no puede estar solo
Inglaterra recurre a la fuerza, pero la historia nos demuestra que la mejor manera de garantizar la propia soberanía con honor es respetar la soberanía y el honor de los demás.
(Artículo publicado originalmente en Jornal do Brasil)
Este es el momento para que la unidad sudamericana pase de la retórica a la realidad. Es responsabilidad del continente solidarizarse con el pueblo ecuatoriano en defensa de su soberanía política. La consolidación de UNASUR es imperativa y urgente. Ante la abierta amenaza del gobierno británico de invadir la Embajada de Ecuador en Londres, el gobierno de Quito, a través de su canciller, declaró que confirma el asilo concedido a Julián Assange en su territorio (que se extiende hasta las modestas instalaciones de su embajada en el Reino Unido). Los británicos, en alianza con Estados Unidos, aún se consideran amos del mundo. El creador de WikiLeaks está bajo la amenaza de ser entregado al gobierno estadounidense. Los estadounidenses buscan venganza porque Assange expuso sus intrigas y crímenes.
La nota del gobierno británico, entregada anteayer a la embajadora ecuatoriana, constituye una amenaza clara y brutal contra Ecuador. El documento, entregado a la embajadora Ana Albán, quien fue convocada al Ministerio de Asuntos Exteriores para recibirlo, es objetivo en su crudeza:
Debemos reiterar que consideramos el uso continuado de las instalaciones diplomáticas de esta manera incompatible con la Convención de Viena e insostenible, y que ya hemos dejado claras sus graves implicaciones para nuestras relaciones diplomáticas. Deben saber que existe un fundamento jurídico en el Reino Unido —la Ley de Instalaciones Diplomáticas y Consulares de 1987— que nos permitiría actuar para detener al Sr. Assange en las instalaciones actuales de la Embajada.
Debe quedar claro que la Convención de Viena de 1962 prohíbe expresamente esta invasión de instalaciones diplomáticas, tal como se establece en su artículo 22:
1. Las instalaciones de la Misión son inviolables. Los agentes del Estado acreditado no podrán entrar en ellas sin el consentimiento del Jefe de Misión.
2. El Estado receptor tiene la obligación especial de adoptar todas las medidas apropiadas para proteger las instalaciones de la Misión contra cualquier intrusión o daño, y para prevenir cualquier perturbación de la paz de la Misión o cualquier ofensa a su dignidad.
“3. Las instalaciones de la Misión, incluyendo el mobiliario y demás bienes que se encuentren en ellas, así como los medios de transporte de la Misión, no podrán ser objeto de registro, requisición, incautación ni medidas coercitivas.”
Ninguna ley interna de un país que se adhiere a una convención internacional de esta magnitud puede invalidar el Tratado. En sus 50 años de vigencia, esto jamás ha ocurrido. El gobierno ecuatoriano no tuvo otra opción, para salvaguardar su soberanía, que hacer válido de facto el asilo que le había concedido a Assange. Hay momentos en que todos los ciudadanos honorables de una nación se convierten en un solo hombre, aquel que, bajo su delegación, encabeza el Estado. La decisión de Rafael Correa, expresada por su canciller Ricardo Patiño, es la misma que tomaría cualquier país latinoamericano que se precie.
Tenemos una tradición histórica invariable en la concesión de asilo diplomático: no se cuestiona la conducta de la persona perseguida, sino su condición humana y el peligro, a juicio del país que concede el asilo, de que pueda ser sometida a tratos crueles o a la pena de muerte. Así fue como el gobierno democrático brasileño no dudó en conceder asilo al dictador Alfredo Stroessner en 1989, durante la presidencia de Sarney.
Si los brasileños no tuviéramos más motivos para albergar reservas sobre los ingleses, hay uno de peso. En su libro «Auge y caída del Imperio Británico» (Londres, 1995, pág. 5), el historiador británico Lawrence James relata, como uno de los primeros episodios del ascenso de su país al dominio mundial, el asalto perpetrado por George White de Dorset, propietario del velero Catherine, de 35 toneladas, armado con cinco cañones y valorado en 89 libras, según el autor. En 1590, White se apoderó en alta mar de tres barcos de carga brasileños desarmados, que enarbolaban la bandera española, y robó su cargamento, valorado en 3.600 libras. Animado por el resultado del robo, vendió el Catherine, compró un barco más poderoso y continuó saqueando embarcaciones brasileñas y caribeñas indefensas.
Inglaterra recurre a la fuerza, pero la historia nos demuestra que la mejor manera de garantizar la propia soberanía con honor es respetar la soberanía y el honor de los demás.
Mientras terminábamos de redactar estas notas, el ministro de Asuntos Exteriores británico, William Hague, declaró que su gobierno no invadiría la embajada ecuatoriana. Como se está haciendo evidente, la amenaza fue un acto de arrogancia contra un país desarmado.