Por: Luis Pellegrini
Últimamente, cuando tantos políticos en Brasil y en todo el mundo se comportan de manera claramente irracional, resurge una pregunta importante y muy antigua: ¿el poder enloquece a la gente? Este tema es el eje central de un artículo reciente publicado en la revista The Atlantic. Según esta importante publicación estadounidense, que analiza la actualidad política desde una perspectiva científica y tecnológica, el vínculo entre el poder y la pérdida de la lucidez dista mucho de ser un fenómeno meramente figurado.

Según Dacher Keltner, psicólogo de la Universidad de California, Berkeley, quien ha investigado el tema durante dos décadas, el poder puede tener las mismas consecuencias en el cerebro que una lesión traumática: mayor impulsividad, indiferencia ante el peligro e incapacidad para empatizar con los demás. Keltner denomina a este síndrome la «paradoja del poder»: una vez alcanzado un puesto de alto rango, se pierden las características que se activaron para lograrlo.
En el extranjero, los casos recientes del italiano Matteo Renzi (quien propuso un referéndum y perdió), David Cameron (quien desafió a los británicos, y estos votaron a favor del Brexit) y Theresa May (quien maniobró para adelantar las elecciones y así obtener una base electoral más amplia y sólida, con resultados desastrosos) son solo ejemplos que parecen confirmar cómo y hasta qué punto diversos políticos que llegan al poder comienzan a ignorar el peligro. En Brasil, ni siquiera es necesario mencionar nombres, pues son muchos los políticos que se ajustan a este patrón.
De repente, el político se vuelve miope.
Sukhvinder Obhi, neurocientífico de la Universidad McMaster en Ontario, Canadá, confirmó esta teoría a través de una serie de experimentos utilizando técnicas de imágenes cerebrales: el poder reduce la capacidad de "reflejar", es decir, de reflejar las acciones, expresiones y emociones de los demás, lo cual constituye la base misma de los procesos de empatía.

Esta pérdida se ha manifestado de diversas maneras a lo largo de los años. Un estudio de 2006 pidió a voluntarios que dibujaran la letra «E» en su frente para que otros pudieran leerla. Quienes se sentían poderosos dibujaron la E de frente, como si ellos mismos tuvieran que leerla. En este sentido, cabe recordar a George W. Bush, quien, en 2008, durante los Juegos Olímpicos, exhibió la bandera estadounidense al revés. Otros experimentos han revelado que quienes poseen mayor poder tienen más dificultades para identificar las emociones expresadas por las personas en fotografías.
Pérdida de referencias
El hecho de que instintivamente tendamos a imitar las expresiones de nuestros superiores no ayuda a resolver el dilema. Este mecanismo, que activamos inconscientemente, nos ayuda a ponernos en el lugar de los demás y a comprender sus sentimientos. Sin embargo, una vez que alcanzamos cierto nivel de poder, corremos el riesgo de no tener a nadie por encima de nosotros a quien imitar: esto puede conducir a una fatal falta de empatía.
Sukhvinder Obhi pidió a algunos voluntarios que vieran un vídeo en el que una persona apretaba una pelota. En las personas sin poder, se activaron las mismas áreas cerebrales esenciales para realizar la acción de la persona del vídeo. Pero en los voluntarios que ostentaban posiciones de poder, estas áreas parecían prácticamente inactivas. Este efecto suele ser reversible; pero cuando uno está rodeado de aduladores (o en situaciones donde siempre tiene razón), podría pensar que no lo es.

Clementine Churchill con su esposo. El día que Hitler entró en París, tuvo el valor de escribirle a Winston diciéndole que había notado un deterioro en su comportamiento, tanto en sus modales como en la forma en que se dirigía a sus colaboradores. Basta poco para poner en su sitio a la gente cuando el poder se les sube a la cabeza.
Recordando los propios orígenes
¿Existe un antídoto para quienes sucumben a la ilusión de poder? En cierto modo, sí. Un estudio de febrero de 2017 demostró que los gerentes y ejecutivos de grandes empresas que, durante su infancia, vivieron en lugares marcados por trágicos desastres naturales, tienen menos probabilidades de tomar decisiones que representen un riesgo para los demás.
Para algunas personas, rodearse de familiares y amigos que las mantengan con los pies en la tierra puede ser muy efectivo. Indra Nooyi, una mujer india que ocupó un alto cargo en la administración de PepsiCola, cuenta que cuando fue elegida para ese puesto en 2001, regresó a casa llena de orgullo, pero su madre, antes incluso de que pudiera decir nada, le pidió que saliera a comprar leche. Una hermosa —y útil— lección de humildad.
