Juzgar según la opinión pública pone en riesgo las garantías constitucionales, dice Gilmar.
El juez del Tribunal Supremo de Brasil, Gilmar Mendes, criticó la operación Lava Jato, afirmando que había adquirido un carácter ideológico. "Lo cierto es que todo el mundo se ha vuelto partidario de Lava Jato", afirmó. Para él, los tribunales que deciden basándose en la opinión pública ponen en riesgo los derechos y garantías constitucionales. "Hitler dijo que los tribunales nazis traducían el espíritu del pueblo... y eso fue lo que ocurrió".
Do conjur - El 30.º aniversario de la Constitución de la República se celebrará, según el ministro Gilmar Mendes del Supremo Tribunal Federal, en un escenario que describe como normal, pero con gran inestabilidad. Según él, existe tensión entre las fuerzas institucionales, entre la política, el Poder Judicial y el Ministerio Público, lo cual considera un problema.
Gilmar Mendes realizó una evaluación de la situación política brasileña en una entrevista concedida a Estadão. Entre los temas abordados se encuentran el surgimiento de la polarización política en el país, los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso y el PT (Partido de los Trabajadores), su propia trayectoria profesional y la Operación Lava Jato.
"Los fiscales adquirieron una notoriedad que de otro modo nunca habrían tenido y comenzaron a imaginarse que gobernarían el país", afirma el ministro. Para él, si bien la Operación Lava Jato tiene "grandes méritos", adquirió una relevancia "problemática". "La caída y el compromiso de prácticamente todas las fuerzas políticas, la indistinción; ya nadie distingue si se trata de fondos ilícitos o corrupción; todos van a parar al mismo pozo".
Según el ministro, "Lava Jato" ha adquirido un cariz ideológico. "Lo cierto es que todos se han vuelto partidarios de Lava Jato", afirmó. Siempre que surge un debate sobre los excesos del Poder Judicial o del Ministerio Público, se responde inmediatamente con la acusación de que se trata de un intento de debilitar la operación, afirmó el ministro.
Como ejemplo, cita la Ley de Abuso de Autoridad. Respecto a la discusión de las llamadas medidas anticorrupción, un conjunto de propuestas de los fiscales federales para reformar el Código de Procedimiento Penal, Gilmar afirma que algunas son "nazifascistas". Por ejemplo, las propuestas que permiten el uso de pruebas obtenidas ilegalmente, la que exige pruebas de integridad y las restricciones al otorgamiento de medidas cautelares en casos de hábeas corpus.
"Quien pensó en eso olvidó el estado de derecho. Una especie de apagón", comenta el ministro. Basándose en esta comprensión, afirma que comenzó a resistirse a este razonamiento. Al ser cuestionado sobre las críticas que recibe por liberar a muchos presos poderosos, Gilmar también se opone.
Para él, es una postura coherente con la que ha mantenido desde el inicio de su carrera jurídica. «He actuado de forma muy coherente y, creo, con base en la Constitución, que nos asigna un papel contramayoritario. No solo contramayoritario respecto al Parlamento, sino también respecto a la opinión pública», analiza.
Esto porque se enfrentó a la Operación Satiagraha, el acuerdo de delación entre el empresario Joesley Batista y el ex Procurador General de la República Rodrigo Janot, pero, antes, en el Consejo Nacional de Justicia, con los grupos de trabajo penitenciarios, el programa "Recomenzar", de reinserción de ex reclusos.
Según él, los tribunales que deciden basándose en la opinión pública ponen en riesgo los derechos y garantías constitucionales. «Hitler dijo que los tribunales nazis traducían el espíritu del pueblo... y eso fue lo que ocurrió. Cumplo este papel con gran tranquilidad y sé que estoy cumpliendo con mi misión institucional. Hoy les dije que no me preocupa crear grandes obras, sino evitar catástrofes».
La devaluación de la política es uno de los factores que menciona para explicar los llamados a la intervención militar, la cual rechaza por motivos de autoritarismo, abusos, violencia y corrupción. Para él, el clima de inestabilidad se viene gestando desde hace tiempo, con varias microrupturas.
Gilmar cita la oposición del PT (Partido de los Trabajadores) al gobierno de FHC (Fernando Henrique Cardoso) y, posteriormente, a la hegemonía del Partido de los Trabajadores. "Quizás esto intensificó aún más el proceso de división, el 'nosotros y ellos', la demonización de ciertas figuras", evaluó. Entre estas figuras, la del propio Fernando Henrique, con una oposición que califica de intolerante y desleal.
"Ves, por ejemplo, que el propio gobierno de Fernando Henrique —y puedo decir esto porque estuve allí y participé desde 1996, en asesoría legal y demás— era un gobierno centrado en cuestiones sociales, pero quedó caricaturizado en la narrativa como si fuera un gobierno tecnocrático, preocupado únicamente por las privatizaciones y los asuntos financieros, indiferente a la sensibilidad moral (en este punto habla riendo) del pueblo."
