INICIO > Poder

"Lula me hizo amar Brasil", dice el ex primer ministro portugués.

En la dedicatoria de una carta enviada al expresidente, José Sócrates escribe: "A Lula, quien me hizo comprender y amar a Brasil. Brasil se escribe con S, como Silva. Lula da Silva. Saravá"

"Lula me hizo amar Brasil", dice el ex primer ministro portugués.

Del sitio web lula.com.br – En marzo, el ex primer ministro portugués José Sócrates concedió una entrevista al sitio web Migalhas, en la que comentó la llamada telefónica que Gilmar Mendes realizó a Lula tras la muerte de su nieto, Arthur Lula da Silva. Este relato se ha transformado ahora en una carta que será entregada al expresidente en la sede de la Policía Federal en Curitiba, donde se encuentra detenido como preso político. En la dedicatoria, José Sócrates escribe: «A Lula, quien me hizo comprender y amar Brasil. Brasil se escribe con S, como Silva. Lula da Silva. Saravá».

Lea el texto completo:

El nieto de Lula falleció y hoy se celebró su funeral. En medio de la tragedia y el silencio, un pequeño acontecimiento nos devuelve a la vida: los periódicos informan de una llamada de condolencia de Gilmar Mendes. La violencia y la crueldad han sido tan dominantes que cualquier gesto de humanidad, cualquier muestra de amabilidad entre dos hombres del mundo de la política (creo que puedo afirmarlo, aunque uno de ellos sea juez), nos sorprende. En el relato de la llamada, Gilmar ofrece sus condolencias; él también es abuelo, y junto con su esposa rezan por Lula, deseándole fortaleza. Lula le da las gracias, rompe a llorar y no puede decir nada más. Gilmar también llora. Visto desde lejos, parece un simple gesto de ternura; visto de cerca, quizá la llamada sea algo más que eso: una muestra de humanidad que, en sí misma, sería mucho en estos tiempos oscuros.

Lula llora y Gilmar llora. En esas lágrimas se percibe la brutalidad de lo sucedido. En esas lágrimas hay una protesta mutua y humana contra la injusticia y la desgracia de la vida: encarcelados, un nieto muerto... ¡Qué mundo este! Pero en ese llanto compulsivo parece haber algo más: dos hombres de política que se enfrentaron en el pasado y que hoy, en un momento de tanta aflicción, se abrazan y se susurran: ¿Cómo llegamos a esto?, ¿en qué nos hemos convertido?

Gilmar Mendes. Me obsesioné con este nombre mientras seguía la espectacular vida política brasileña. Presencié la increíble alianza entre la derecha moderada brasileña y el poder judicial para orquestar un golpe de Estado que derrocó a la presidenta Dilma Rousseff. Vi cómo sus figuras más respetables, consumidas por la ira y el resentimiento, decidieron ser cómplices de una aventura contra la democracia. Seguí el drama que traería de vuelta la violencia y el encarcelamiento al escenario político, y también vi cómo los principales artífices del golpe eran devorados por él. De esa derecha democrática, parece que no ha quedado nada en pie (lo que hace dudar de su existencia): lo que queda es lo que hay: grosería, salvajismo y vergüenza.

Pero también vi cuando Gilmar Mendes se opuso a las medidas coercitivas, el primer símbolo de la agresión y el abuso que se avecinaban. Fue, de hecho, entonces cuando empecé a prestarle atención. Tampoco pasé por alto sus discursos contra la corriente punitiva ni la valentía con la que se enfrentó al camino del autoritarismo penal. Presencié cómo se opuso a sus colegas nombrados por el PT (Partido de los Trabajadores), quienes supuestamente poseían una sólida cultura humanista (más allá, por supuesto, de la superioridad moral que siempre pregonaban); no la tenían, y si no la tenían, era porque nunca la habían tenido. Vi cómo se alineó con la defensa de los derechos individuales que constituyen la base de la legitimidad penal del Estado democrático, sabiendo que sin ellos no hay ni seguridad ni libertad. Sí, pude ver todo eso y los ataques que le lanzaron: la izquierda, que no le perdonó el episodio del nombramiento de Lula como Jefe de Gabinete en el gobierno de Dilma, y ​​la extrema derecha, que no le perdona sus posturas democráticas y lo amenaza con jeeps, cabos y soldados.

Volvamos al funeral del nieto de Lula. Lo que me pareció ver en la llamada de Gilmar Mendes, más allá de la simple decencia y humanidad, fue una escena conmovedora de dos personas llorando por un mundo que alguna vez compartieron y que ahora parece perdido. Un mundo construido mientras eran adversarios políticos y que, precisamente por eso, es también un mundo que los une. Un mundo que supo sobreponerse al trauma y la violencia de la dictadura, caracterizada precisamente por transformar a viejos enemigos en leales adversarios. Las lágrimas de Gilmar y Lula son por la democracia. Pero también es un grito que nos recuerda que existe. Después de todo, hay más en el mundo que este en el que vive Brasil.

Ericeira, marzo de 2019

José Sócrates