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¿Qué tal si paralizamos el Congreso?

O Renan Calheiros y Henrique Eduardo Alves se presentan, o es mejor cerrar el parlamento brasileño.

Pocas cosas en Brasil son tan caras como el Congreso Nacional. Cada parlamentario brasileño cuesta 7,4 millones de dólares al año, lo que convierte al Poder Legislativo brasileño en el segundo más caro del mundo, solo por detrás de Estados Unidos, según un reciente estudio de las Naciones Unidas. Siendo así, no tiene sentido malgastar tanto tiempo y recursos en redactar leyes, trabajar en comisiones y votar en sesiones plenarias que, al final, valen lo mismo que un billete de tres dólares.

Un ejemplo es la ley sobre lealtad partidista, aprobada en la Cámara de Diputados y anulada por un solo magistrado del Tribunal Supremo antes incluso de ser considerada por el Senado Federal. En el Brasil actual, las minorías derrotadas en las sesiones plenarias han encontrado una vía rápida para eludir al Poder Legislativo. Simplemente cruzan la Plaza de los Tres Poderes y recurren al Poder Judicial. Derrotadas en votación, obtuvieron el apoyo no solo del magistrado Gilmar Mendes, sino también del fiscal general Roberto Gurgel, quien, este lunes, publicó su postura sobre el caso, alineada con la de quienes perdieron la votación.

Esto no se trata de negar a la Corte Suprema Federal el derecho a tener la llamada "última palabra" en asuntos constitucionales. Sin embargo, es evidente que ningún ministro de la Corte, ni la institución misma, tiene la facultad de controlar el proceso legislativo de antemano. Esto se debe a que el Congreso también cuenta con sus propios comités de Constitución y Justicia, y en el proceso de tramitación de cualquier proyecto de ley, este solo termina cuando se completa. Un magistrado de la Corte Suprema jamás conocerá la forma de una ley antes de que haya sido aprobada por ambas cámaras. Precisamente por esta razón, el control de la constitucionalidad se realiza a posteriori, no antes ni durante el proceso legislativo.

Este ha sido, hasta ahora, el argumento presentado por los presidentes de la Cámara de Diputados, Henrique Eduardo Alves (PMDB-RN), y del Senado, Renan Calheiros (PMDB-AL), quienes ya han acudido en dos ocasiones a la residencia del ministro Gilmar Mendes para intentar convencerlo de que, en la práctica, reabra el Congreso. Sin embargo, con un excesivo énfasis en la diplomacia, permitieron que el magistrado de la Corte Suprema marcara la pauta de la crisis que él mismo creó. Al remitir el caso a Gurgel, Gilmar ganó tiempo, y lo más probable es que, en algún momento, sea derrotado en el pleno.

Sin embargo, nada de esto habría sido necesario si los presidentes de ambas cámaras hubieran tenido la firmeza de desafiar una decisión ilegal de un ministro que se extralimitó en sus funciones. Si Alves y Renan no recapacitan y cambian su conducta ante la serie de abusos cometidos por el Poder Judicial, es mejor clausurar el Congreso. El costo de que sus decisiones sean revocadas con un simple decreto por ministros sin legitimidad popular es demasiado alto.