INICIO > Poder

Resistencia al cambio

En el ámbito político, esta resistencia al cambio puede causar grandes daños y muchas dificultades para el pleno ejercicio de la vida democrática.

Los seres humanos, las cosas y el entorno están en constante cambio. Aunque todos nos resistimos al cambio, a pesar de lo que algunos puedan insistir, las personas suelen ser bastante conservadoras. A veces, incluso aceptan ciertos cambios cuando les conviene. Esto les permite dar una imagen de modernidad, de estar al día con la última tecnología, siguiendo las noticias diarias publicadas en periódicos y revistas, o viendo documentales en televisión. De lo contrario, podrían pensar que estamos anclados en el pasado por no adaptarnos a las transformaciones, e incluso podrían tacharnos de provincianos.

¿Y qué hay de la política? ¿Admitimos que el cambio es posible? Todos se apresuran a decir que sí… Pero es precisamente en este tema donde nos mostramos más resistentes. Nos decimos demócratas solo para complacer a quienes podrían considerarnos conservadores o reaccionarios. Pero esta resistencia al cambio en el ámbito político puede causar graves daños y muchas dificultades al pleno ejercicio de la vida democrática. La alternancia en el poder es un principio fundamental de la democracia.

Se habla muy poco de alternancia en el poder cuando se está en él, y mucho cuando se está fuera. Quienes se han acostumbrado a estar en el poder durante cinco, diez, quince o veinte años evitan la palabra alternancia como el diablo evita el agua bendita, y pueden, según las circunstancias, recurrir al menos a uno de estos tres usos generales que hacemos del poder:

1. El poder sobre, que es el poder utilizado para hacer que otra persona actúe de cierta manera, también se llama dominación;
2. El poder para, que da a otros los medios para actuar con mayor libertad por sí mismos, lo que también se denomina empoderamiento;
3. El poder de protegernos del poder de los demás, que también se llama resistencia.

Con el tiempo, los intereses, la complicidad, algunas amistades y ciertas simpatías se consolidan gradualmente, creando vínculos. Cuando llevamos mucho tiempo en un lugar, terminamos considerándolo nuestro. Creemos que podemos usarlo sin siquiera escuchar las opiniones de los demás ni pedir permiso a nadie. Entonces recurrimos a las artimañas más estúpidas para intentar eludir la democracia, la legalidad y el poder legítimo. Es muy vergonzoso observar cómo algunos pretenden ignorar estos cambios efectivos que legitiman el poder que, al fin y al cabo, «es otorgado por el pueblo y debe ejercerse en su nombre».

¿Qué tiene de malo pertenecer a una minoría? Pero ¿cómo podemos aceptar con humildad ciertas contingencias políticas para intentar, cuando sea necesario y por medios democráticos, cambiar la situación actual? Todos, en algún momento, hemos sido, somos o seremos parte de algún tipo de minoría. Ya sea política, religiosa, estética, filosófica o incluso un grupo de aficionados a un deporte. A veces, pertenecer a una minoría es mucho más valioso. Al fin y al cabo, ¿quién puede afirmar que las mayorías siempre tienen razón?

José Carlos Alcântara es colaborador de Periódico Primera Hora, de Río de Janeiro, y consultor de empresas