El interrogatorio dirigido por el general es una injerencia militar en las elecciones.
“El realismo dinámico, que entiende la historia como un proceso, anticipa las consecuencias de esta aceptación de la injerencia militar en las elecciones y cree necesario oponerse a ella”, opina el politólogo y profesor Luis Felipe Miguel, sobre las reuniones que el general Villas Boas ha estado manteniendo con candidatos presidenciales.
Por Luis Felipe Miguel, en su FacebookManuela d'Ávila publicó una foto junto al comandante del Ejército, informando que había aceptado la invitación para hablar con él en su calidad de precandidata a la Presidencia. Muchos criticaron la facilidad con la que se aceptó la intervención de un general en activo en el proceso electoral, pero otros defendieron a Manuela y también a Haddad, quien previamente había respondido al llamado desde los cuarteles, al igual que Gilberto Maringoni, cuyos análisis políticos, aquí en esta página de Facebook y en otros medios, respeto y admiro.
Pero creo que los argumentos en defensa de Manuela d'Ávila son insostenibles. No se trata de moralismo ni prejuicios, ni de vetar las conversaciones con ciertos sectores. Se trata de negar a un líder militar el derecho a citar a candidatos para interrogarlos. En el mejor de los casos, se trata de cabildeo corporativo, algo que las Fuerzas Armadas, por su naturaleza de ejecutoras del monopolio del uso de la violencia, deberían abstenerse de realizar. En el peor de los casos, están señalando límites al ejercicio del poder civil. La hipótesis de que las conversaciones ocurren solo para ilustrar y entretener al general es pura fantasía.
El argumento del realismo político también es débil. El "realismo" que acepta el mundo político tal como es, sin cuestionarlo, es el de quienes quieren que el golpe se considere inevitable. Pero el realismo dinámico, que entiende la historia como un proceso, anticipa las consecuencias de esta aceptación de la interferencia militar en las elecciones y cree que es necesario oponerse a ella.
Finalmente, se defiende el "legalismo" del general Villas Boas. Tengo mis dudas; el legalismo, en esencia, no justifica un golpe de Estado. Existe un gran deseo de ver en el general un gran defensor de la Constitución. Este rasgo se busca tras cada declaración ambigua o incluso, increíblemente, en el hecho de que, tras haber convocado solo a candidatos de derecha a sus debates, decidió —¿por espíritu republicano?— convocar también a los de izquierda.
Parece que la izquierda brasileña, en su eterno retorno a las mismas viejas ilusiones, espera ahora al próximo Mariscal Lott. Pero eso también pertenece al mundo de la fantasía.
