Segundo tiempo
Los cambios en el cuerpo técnico de Dilma están planeados, no forzados.
Para quienes seguían el partido desde las gradas, existía la sensación de que todos los cambios realizados en el equipo de la entrenadora Dilma se debían a circunstancias imprevistas. Una jugadora recibió una tarjeta roja, otra una tercera amarilla y algunas se fracturaron las piernas.
Esta es la llamada «reforma ministerial forzada», diagnosticada por algunos analistas políticos. Dilma, siempre sonriente y complaciente, nunca quiso modificar la estrategia ni el esquema táctico de su predecesor, Lula. Se vio obligada a realizar sustituciones, en contra de su voluntad y a raíz de las informaciones aparecidas en la prensa, debido a las circunstancias.
¿Pero es eso realmente cierto? Tomemos el ejemplo de Orlando Silva, del PCdoB (Partido Comunista de Brasil), quien aún se mantiene en el cargo, pero podría caer en cualquier momento. El expresidente de la UNE (Unión Nacional de Estudiantes) nunca fue la primera opción de Dilma para el Ministerio de Deportes; la presidenta prefería a la diputada de Rio Grande do Sul, Manuela D'Ávila, también del PCdoB, para el puesto, pero accedió a una petición especial de Lula. Nelson Jobim, quien tenía fuertes vínculos con los intereses franceses en el Ministerio de Defensa, también fue una exigencia de Lula, al igual que Alfredo Nascimento en Transportes y Antônio Palocci en la Cámara Civil. Los únicos, entre los reemplazados, que no fueron impuestos por Lula fueron Wagner Rossi y Pedro Novais; en sus casos, fueron auspiciados por el vicepresidente Michel Temer y el senador José Sarney.
En su "purga" ministerial, Dilma reemplazó a quienes nunca había previsto tener en su equipo, pero supo ponerle fin cuando los gritos del público comenzaron a dirigirse contra las figuras que ella misma había elegido, como Paulo Bernardo, Gleisi Hoffmann e Ideli Salvatti, todos del PT (Partido de los Trabajadores). Por lo tanto, nombró y reemplazó a quien quiso, y lo hizo con maestría. Despidió a los jugadores que la incomodaban sin enemistarse con Lula ni con la afición.
Lo cierto es que la segunda mitad del juego ya ha comenzado. No la segunda mitad del gobierno de Dilma, sino la del proyecto político que llegó al poder en 2003. Al diferenciarse sutilmente de su predecesor, la presidenta avanza hacia territorio de la oposición, manteniendo un control férreo sobre su base aliada y posicionándose para permanecer en el poder durante ocho años. Y si llega a 2014 con sus actuales niveles de popularidad, difícilmente la multitud coreará "¡Lula, vuelve!" desde las gradas.
