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Obama: una versión suave de Bush

A pesar de su barniz intelectual y de sus promesas de renovación, Barack Obama se revela como sus predecesores en materia de política internacional: quiere sanciones contra Irán y condena al Estado palestino; detrás de todo ello, un apoyo incondicional a Israel.

Cuando los estadounidenses eligieron a Barack Obama y al Partido Demócrata para asumir la presidencia, apostaban por una renovación. No se produjo tan rápido como hubieran deseado. Pero, tras la muerte de Osama Bin Laden, Obama enfrentó la presión de los congresistas y la opinión pública para cumplir sus promesas de campaña y acelerar la retirada de las tropas de Afganistán e Irak. En medio de una crisis económica, el alto coste de los conflictos, tanto financiero como en vidas humanas, fue el principal argumento de los críticos. El tan esperado anuncio se hizo este año.

Meses después, mientras ese asunto parecía casi resuelto, otro asunto ha cobrado protagonismo para poner a prueba las verdaderas intenciones de Barack Obama. En las últimas semanas, Irán ha provocado abiertamente a Estados Unidos con su negativa a detener la fabricación de su arma nuclear. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) publicó recientemente un informe que confirma las acusaciones de Israel sobre el programa nuclear de grado militar de Irán.

Parte de la comunidad internacional se ha opuesto a un inminente ataque estadounidense contra el país. Francia, Alemania, Rusia y China condenaron la acción. Aun así, la información publicada por periódicos británicos y estadounidenses afirma que es probable que se produzca una guerra antes de Navidad. Se informa que los portaaviones están alineados y que ya se han elaborado estrategias para la invasión armada.

Información que debería haber permanecido como secreto de Estado se filtró cuando Israel ignoró las peticiones de cautela de Estados Unidos. Cuando Obama pidió a su homólogo israelí garantías de que no se tomarían medidas contra Irán sin la aprobación de la Casa Blanca, este se mostró hostil. Con o sin Estados Unidos, Israel pasará a la ofensiva, dejando al presidente estadounidense en una posición extremadamente delicada. Su autoridad ha sido ignorada. Hace menos de dos semanas, Israel probó un misil de largo alcance capaz de alcanzar territorio iraní. A ojos del presidente israelí, el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, es un nuevo Hitler que pretende orquestar un nuevo holocausto contra los judíos.

Si Estados Unidos no declara su apoyo a Israel, se arriesga a perder a los judíos adinerados de Wall Street y también a quienes controlan los medios de comunicación estadounidenses. Por otro lado, si se enfrenta a la comunidad internacional, asumirá el papel de George W. Bush en vísperas de las elecciones presidenciales. Al apoyar la invasión de Libia con la vista puesta en el petróleo, Barack Obama ya ha demostrado que toda su retórica moralista contra la administración de su predecesor fue mera estrategia de campaña.

Queda por ver qué peso tendrá el nuevo tono de la política exterior estadounidense en las decisiones de los votantes. Una encuesta reciente de Gallup muestra que solo el 2% de los estadounidenses considera el terrorismo como el principal problema del país. Otro 2% cree que la guerra es el problema más importante, y el 3% cree que la inmigración. El 30% de los encuestados mencionó la economía y el desempleo.