El aislamiento social durante la pandemia alteró la percepción del tiempo.
Las emociones negativas hacen que los días sean largos y monótonos, lo que dificulta la formación de recuerdos.
Por Gabriela Cupani, de la Agencia Einstein - Para la mayoría, los días de miedo, aburrimiento y tristeza durante el período más crítico de la pandemia de Covid-19 se hicieron eternos. Pero para quienes se vieron abrumados por las tareas domésticas y el teletrabajo, esos días parecieron demasiado cortos. Confinados en sus hogares por el aislamiento social forzado, la misma cantidad de horas se percibía de forma diferente según el estado de ánimo de cada persona. Para muchos, fueron días interminables e idénticos, sin nada particularmente memorable. Por otro lado, es difícil olvidarlos.
De hecho, el aislamiento social ha alterado la percepción del paso del tiempo en todos, según revela una investigación realizada en colaboración por el Hospital Israelita Albert Einstein y la Universidad Federal de ABC. Los científicos siguieron a aproximadamente 900 personas durante cinco meses, quienes respondieron semanalmente a cuestionarios en línea sobre cómo se sentían, si podían realizar sus tareas diarias, si tenían tiempo para el ocio o el autocuidado, entre otras cosas.
Se sabe que la percepción del tiempo está ligada a las emociones. Por ejemplo, esto hace que las vacaciones pasen volando y que una reunión de trabajo aburrida parezca interminable. La forma en que percibimos un periodo de espera, a su vez, depende de dos factores: la importancia del evento y el grado de incertidumbre sobre la demora. Juntos, estos factores controlan la atención que le prestamos a ese momento. Cualquier aumento en cualquiera de ellos hace que la espera parezca más larga.
Entonces, ¿cómo se vivieron esos días monótonos, cuando todo parecía igual? "En general, los sentimientos negativos como la soledad, el miedo y la tristeza aumentaron la sensación de expansión del tiempo, lo que significa que los días se arrastraban, pareciendo más largos", dice Raymundo Neto, investigador del Instituto del Cerebro del Hospital Israelita Albert Einstein y uno de los autores del estudio.
Esta sensación disminuyó con el paso de las semanas, lo que sugiere una mejora en el bienestar y una adaptación a la nueva rutina. Por otro lado, si la persona manifestaba mayor estrés, debido, por ejemplo, a un exceso de tareas, experimentaba una mayor presión temporal, con la sensación de que las horas se le escapaban entre los dedos. Esto no hace sino reforzar la idea de que las emociones positivas se asocian con mejores mecanismos internos para afrontar situaciones difíciles.
Además de los cuestionarios, los voluntarios realizaron tareas como calcular la duración de unos segundos pulsando un botón. Con estos instrumentos, los investigadores pudieron evaluar las dos herramientas que tenemos los humanos para percibir el tiempo: una más subjetiva, que nos da pistas sobre si transcurre rápido o lento, y otra relacionada con la capacidad de estimar intervalos muy cortos, de milisegundos o segundos, que utilizamos, por ejemplo, para crear un ritmo musical. «En el estudio, las dos capacidades parecían disociadas; no había ninguna relación entre ellas», afirma Raymundo Neto.
Monotonía y recuerdos
Independientemente de la velocidad, el paso del tiempo deja huella porque está directamente relacionado con la atención y la memoria, lo que a su vez nos permite aprender cosas nuevas. «Sin embargo, la falta de marcadores temporales típicos, como cumpleaños, Carnaval y fiestas de junio, ha tenido un impacto negativo significativo porque la monotonía dificulta la formación de recuerdos», observa el investigador.
En un intento por aprovechar el tiempo, muchos lograron organizar eventos para celebrar ocasiones especiales o desarrollar nuevas habilidades. Pero aún es pronto para saber qué queda de esos días, largos o cortos, llenos o vacíos. Cómo recordaremos este tiempo y qué aprendimos de él, solo el tiempo lo dirá.
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